El criterio propio

Hay frases que, aunque intentan transmitir tranquilidad, terminan abriendo preguntas mucho más profundas de las que probablemente pretendían responder. Y eso fue exactamente lo que ocurrió cuando el futuro ministro de Justicia afirmó que tiene criterio propio, pero que antes de expresarlo debía conversar con la presidenta electa… y también con el presidente saliente. Y ahí, inevitablemente, algo se mueve.

Porque una cosa es reconocer jerarquías, mostrar respeto institucional o entender que los gobiernos funcionan en equipo. Eso es completamente normal. Nadie espera que un ministro llegue a actuar como una isla desconectada del resto del gabinete. Pero otra cosa muy distinta es cuando la afirmación del “criterio propio” viene acompañada, casi inmediatamente, de la necesidad de validarlo previamente con quienes ocupan el poder político.

Entonces aparece una pregunta incómoda, pero legítima: ¿eso sigue siendo criterio propio… o es simplemente una forma elegante de comunicar que hay límites claros sobre cuándo puede ejercerse?

Y la pregunta se vuelve todavía más interesante cuando aparece la figura del presidente saliente dentro de la ecuación. Porque si el nuevo gobierno ya fue electo, si existe una nueva presidenta, si se supone que inicia una nueva administración con identidad propia, ¿por qué la necesidad de consultar también al mandatario que deja el poder? ¿Es continuidad política? ¿Es coordinación? ¿Es lealtad? ¿O es una señal involuntaria de dónde sigue concentrándose realmente una parte importante de la toma de decisiones?

Tal vez el problema no está en consultar. Consultar no tiene nada de malo. De hecho, las personas prudentes suelen escuchar antes de actuar. El problema aparece cuando la consulta empieza a sentirse menos como intercambio de criterio… y más como autorización previa. Porque entonces la frase cambia de significado.

Y esto no se trata de atacar a una persona específica. Sería demasiado simple reducirlo a eso. Lo verdaderamente importante aquí es lo que este tipo de declaraciones revela sobre la cultura del poder. Sobre la manera en que muchas veces se entiende la autonomía dentro de los gobiernos, donde algunos cargos parecen tener voz propia… pero solo dentro de márgenes previamente aceptados.

Hay una diferencia muy grande entre trabajar en equipo y depender políticamente de una aprobación constante. Y a veces esa diferencia no se nota en las decisiones grandes, sino en frases pequeñas, dichas casi sin pensar, que terminan mostrando mucho más de lo que intentaban ocultar.

Tal vez por eso este tipo de momentos generan tanto ruido interno en quienes observan. Porque todos entendemos, en el fondo, que un ministro no debería ser un actor completamente independiente. Pero también esperamos que exista un espacio real para el criterio personal, especialmente en puestos donde las decisiones afectan temas delicados, humanos y complejos.

Y quizá ahí es donde vale la pena detenerse un momento, no para reaccionar de inmediato, sino para observar algo más profundo: cómo el poder, incluso antes de empezar oficialmente un gobierno, ya deja ver sus dinámicas, sus lealtades y sus centros de gravedad.

Al final, las democracias no solo se construyen con nombramientos. También se construyen con la capacidad de quienes ocupan cargos públicos de pensar, disentir y sostener una posición sin sentir que primero deben mirar hacia arriba para saber si pueden decirla.

Y cuando eso empieza a volverse difuso, lo importante no es indignarse automáticamente… sino mantener viva la capacidad de observarlo con claridad.

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