Durante estos días se ha criticado muchísimo la decisión de la presidenta electa de otorgarle determinados espacios, funciones o cercanías políticas al presidente saliente. Las redes sociales se llenaron de molestia, decepción, análisis y sospechas. Y honestamente, parte de esa reacción nace de algo profundamente humano: muchas personas querían que ocurriera otra cosa. Querían que, una vez terminada la campaña electoral, apareciera una ruptura más clara, una separación más visible, una especie de nuevo comienzo que marcara distancia con el gobierno anterior y que enviara una señal distinta hacia el país.
Pero ahí es donde aparece una pregunta incómoda que vale la pena hacerse con serenidad, incluso si la respuesta no nos gusta demasiado: ¿realmente ella engañó a alguien?
Porque, si somos honestos, no parece que haya sido así.
Ella ganó hablando de continuidad. Nunca fue un secreto. No fue una candidata que prometiera desmontar el modelo político de Rodrigo Chaves ni tomar una ruta opuesta a la administración saliente. Más bien ocurrió lo contrario. Gran parte de su fuerza electoral nació precisamente de representar la continuidad de un sector importante de la población que estaba satisfecho con el rumbo del gobierno anterior. Muchísimas personas votaron exactamente por eso. Votaron para que ciertas líneas políticas continuaran, para que no hubiera un cambio brusco, para mantener una sensación de dirección conocida en medio de un contexto internacional y nacional cada vez más incierto.
Entonces, aunque a muchos sectores de oposición les incomode —y aunque incluso algunos hubiéramos esperado que, una vez electa, tomara mayor distancia—, lo cierto es que ella está haciendo algo que, al menos en términos políticos, sí había sido anunciado desde antes de las elecciones. Y eso genera una paradoja interesante, porque históricamente en democracia siempre hemos exigido que los presidentes cumplan aquello que prometieron en campaña. Nos molestamos cuando alguien llega al poder y hace exactamente lo contrario de lo que ofreció. Criticamos cuando un candidato utiliza un discurso para obtener votos y luego gobierna desde una lógica completamente distinta.
Pero esta vez ocurrió algo curioso. Algunos sectores parecían esperar precisamente eso: que cambiara rápidamente de posición después de ganar. Que se desmarcara casi de inmediato. Que apareciera una especie de arrepentimiento político que rompiera con el discurso de continuidad utilizado durante toda la campaña electoral. Y visto con un poco más de calma, tampoco parece completamente razonable exigirle a alguien que abandone, apenas llega al poder, justamente aquello que millones de personas respaldaron en las urnas.
Porque la coherencia democrática también implica aceptar que un gobernante cumpla aquello para lo que fue electo, incluso cuando no era nuestra opción política. La democracia no funciona únicamente cuando gana quien nosotros queríamos que ganara. También implica reconocer que existe un mandato electoral que debe ser respetado, aunque no nos genere tranquilidad o aunque hubiéramos preferido otro rumbo para el país.
Eso, por supuesto, no significa que no se pueda cuestionar. Claro que se puede. La crítica política es sana. La vigilancia ciudadana es necesaria. La preocupación por los excesos de poder siempre será válida dentro de una democracia madura. Pero una cosa es cuestionar decisiones específicas y otra muy distinta es sorprenderse porque una presidenta que ganó prometiendo continuidad… gobierne desde la continuidad.
Eso era exactamente lo anunciado.
Ahora bien, ahí es donde empieza la segunda parte de esta historia. Porque cumplir una promesa de continuidad no puede limitarse únicamente a conservar figuras políticas, sostener cercanías de poder o mantener estructuras similares a las anteriores. También implica cumplir las promesas concretas que se hicieron al país. Y ahí es donde comienza realmente la evaluación seria de cualquier administración.
Costa Rica necesita resultados reales en temas demasiado delicados como para convertirlos únicamente en slogans de campaña o en discusiones de redes sociales. Seguridad. Educación. Empleo. Infraestructura. Salud mental. Violencia. Narcotráfico. Crisis educativa. Polarización social. Todo eso sigue esperando respuestas concretas, sostenibles y humanas.
Y probablemente ahí estará la verdadera prueba de esta administración.
No en si mantiene cercanía con Rodrigo Chaves, porque eso, en realidad, ya estaba bastante claro desde antes de las elecciones.
La verdadera prueba será si logra convertir esa continuidad política en soluciones reales para la vida cotidiana de los costarricenses. Porque una campaña puede ganarse desde la emoción, desde el liderazgo fuerte o desde una narrativa política bien construida. Pero gobernar un país requiere algo mucho más complejo, mucho más difícil y mucho menos emocional: resultados.
Y como ya lo he dicho antes, un gobierno de continuidad también debería garantizarnos algo importante: que el tsunami internacional que se empieza a sentir en distintas áreas no nos golpee con demasiada fuerza. Esta administración ha tenido tiempo para prepararse, tiempo para observar, tiempo para entender los riesgos que vienen hacia adelante. Y probablemente esa será la verdadera prueba de fuego para la nueva presidenta.
No la continuidad en sí misma.
Sino lo que logre hacer con ella.