
Sin respaldo democrático
Llega el 8 de mayo del 2026. Costa Rica recibe delegaciones extranjeras, representantes internacionales, figuras diplomáticas, invitados especiales y observadores del mundo político internacional. Como ocurre en todo traspaso presidencial, el escenario busca transmitir continuidad democrática, estabilidad institucional y legitimidad republicana.
Pero en medio de toda esa ceremonia, aparece un vacío imposible de ignorar. Los ocho expresidentes democráticos y constitucionales vivos de Costa Rica declinaron la invitación.
Y eso, independientemente de las posiciones políticas de cada persona, tiene un peso simbólico enorme.
Porque no estamos hablando de una sola figura aislada. No se trata de un exmandatario resentido, incómodo o distanciado. Estamos hablando de la ausencia colectiva de quienes, durante décadas, ocuparon la máxima silla del poder democrático costarricense bajo gobiernos constitucionales distintos, ideologías distintas y momentos históricos completamente diferentes.
Cada uno tendrá sus razones. Algunas probablemente políticas. Otras personales. Otras tal vez relacionadas con diferencias profundas sobre el rumbo que tomó el país en estos últimos cuatro años o sobre la idea de continuidad que hoy inicia una nueva etapa. Tal vez nunca conoceremos todas las razones reales. Pero la imagen que deja esa ausencia conjunta es demasiado fuerte como para no observarla.
Porque los actos oficiales también comunican. Y a veces comunican más por quienes no llegan… que por quienes sí están presentes.
Más aún cuando entre esas figuras ausentes aparecen nombres que, más allá de simpatías o críticas, han acumulado reconocimiento internacional durante décadas: un Premio Nobel de la Paz, un Premio Príncipe de Asturias, exsecretarios generales de organismos internacionales, graduados de instituciones militares y académicas de enorme prestigio, doctores honoris causa y figuras con presencia histórica dentro de la política latinoamericana y mundial.
Y no, esto no significa automáticamente que todos tengan razón. Tampoco convierte sus ausencias en una condena definitiva sobre el gobierno saliente o el entrante. Pero sí deja una escena incómoda.
Porque mientras el acto intenta proyectar legitimidad histórica y continuidad democrática, la ausencia total de quienes antes ocuparon la Presidencia inevitablemente proyecta otra narrativa paralela: la de un liderazgo que termina su mandato sin el respaldo simbólico de quienes, antes que él, también condujeron la República.
Y eso, ante los ojos del mundo, tiene significado.
Especialmente en una democracia como la costarricense, donde durante décadas existió una especie de tradición no escrita de respeto institucional entre expresidentes, aun en medio de profundas diferencias políticas.
Tal vez por eso esta ausencia conjunta no se siente simplemente protocolaria. Se siente histórica. Y quizá el verdadero mensaje de este 8 de mayo no esté únicamente en la tarima, en los discursos o en las cámaras internacionales. Tal vez también esté en las sillas vacías.