El día después de Rodrigo Chaves

Hoy, 8 de mayo del 2026, don Rodrigo Chaves entrega la banda presidencial a doña Laura Fernández, la nueva presidenta constitucional de la República. Y aunque el acto es el mismo para todos, emocionalmente Costa Rica lo vive desde lugares completamente distintos. Para muchísimas personas este no es solamente un día democrático o protocolario. Es un día profundamente festivo. Celebran el cierre de un gobierno con el que se sintieron identificados, respaldados y emocionalmente conectados. Y además celebran que quien asume el poder sea precisamente la persona que representa la continuidad de ese proyecto político que apoyaron durante años.

Pero al mismo tiempo, para otra parte importante del país, este día tiene un sabor completamente diferente. No porque no valoren la democracia o el traspaso pacífico del poder, sino porque durante años esperaron la salida de Rodrigo Chaves como una necesidad política y emocional. Y dentro de esa misma lógica, observan con preocupación que quien asume la presidencia sea precisamente la figura que prometió continuidad y cercanía con la administración saliente. Y ahí aparece una realidad que resulta interesante observar.

Porque más allá de las emociones intensas que generan los cambios de gobierno, tanto quienes apoyaron al presidente Chaves como quienes lo adversaron terminan colocando, de una u otra forma, sus expectativas sobre doña Laura Fernández. Todos esperan algo de ella, aunque sea distinto. Unos esperan continuidad de lo que consideran bueno. Otros esperan correcciones profundas sobre aquello que perciben como errores graves de la administración anterior. Pero ambos sectores, incluso sin admitirlo del todo, terminan deseando que el país mejore.

Porque al final, cuando se apagan las campañas, cuando termina el enfrentamiento electoral y cuando las emociones empiezan a bajar de intensidad, lo que queda es Costa Rica. Un país que sigue enfrentando problemas reales relacionados con seguridad, educación, salud, infraestructura, costo de vida y convivencia social. Y si las críticas hechas durante estos años son correctas, si efectivamente existieron malos manejos, debilitamiento institucional o acuerdos poco convenientes para el país, entonces la nueva administración tendrá el enorme reto de demostrar que aprendió de todo eso. No solamente políticamente. Sino históricamente.

Porque ahora empieza algo que muchas veces pesa más que el ejercicio mismo del poder: la valoración del tiempo. Esa etapa donde las administraciones dejan de analizarse desde la emoción inmediata y empiezan a ser observadas desde los resultados, desde las cifras, desde las consecuencias acumuladas. Y personalmente creo que ahí es donde el gobierno de Rodrigo Chaves enfrentará sus cuestionamientos más fuertes.

No necesariamente hoy. Tal vez ni siquiera este año. Pero sí conforme el país vaya revisando con más distancia lo que realmente ocurrió durante estos cuatro años.

Y ahí probablemente aparecerá otro fenómeno inevitable: el choque emocional de sus seguidores frente a las valoraciones negativas que puedan surgir. Porque cuando una figura política logra niveles tan altos de identificación emocional, sus resultados dejan de sentirse solamente como datos técnicos y empiezan a vivirse casi como ataques personales. Entonces vendrán discusiones, intentos de relativizar cifras, esfuerzos por desvalorizar ciertos indicadores o explicaciones que tratarán de proteger la imagen del líder que muchos admiraron profundamente. Y eso también es humano.

Porque nadie quiere aceptar fácilmente que aquello en lo que creyó pudo haber dejado resultados peores de los esperados.

Sin embargo, más allá de las emociones políticas, los números terminan siendo lo que son. No perfectos. No absolutos. Pero sí referencias importantes para entender el estado real de un país. Y será precisamente esa valoración histórica —más fría, más técnica y menos emocional— la que probablemente termine definiendo el lugar que ocupará Rodrigo Chaves dentro de la memoria política costarricense.

Mientras tanto, Costa Rica sigue adelante. Con esperanza para algunos. Con preocupación para otros. Pero con una nueva administración que, guste o no, ya tiene sobre sus hombros el peso completo de la nación.

Y tal vez, en medio de todo eso, lo más sensato no sea quedarse atrapado en la celebración absoluta ni en el pesimismo absoluto, sino observar con claridad lo que viene. Porque los países no se construyen únicamente desde la emoción del momento, sino desde la capacidad de aprender —o no aprender— de sus propios ciclos.

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