Charla de Quilting

Me invitaron a hablar de la teoría del color (y terminé hablando de mí)

Hace poco recibí una invitación curiosa: querían que diera una charla para estudiantes de arquitectura de primer ingreso. Yo, con gusto, acepté. Pero antes de emocionarme mucho, pregunté: “¿Sobre qué quieren que hable?”. Y la respuesta llegó clara y directa: la teoría del color.

Yo pensé: “Caramba… ¿la teoría del color?”.

Claro, como entre las cosas que soy, soy artista plástico —y eso ya suena suficientemente académico—, alguien debió pensar que sería buena idea que yo explicara la teoría del color a un grupo de muchachos que apenas empezaban su camino por la arquitectura. Suena lógico. Tiene sentido. Pero había un pequeño detalle: yo no tenía ni idea de cómo hablarles de eso.

No me malinterpreten. En algún momento la estudié. Seguro que sí. Probablemente durante algún curso de arte, o en esos libros que uno devora cuando empieza a descubrir que el color tiene reglas, ciclos, armonías, temperaturas. Pero con el tiempo, la teoría dejó de ser teoría. Se volvió práctica. Se volvió intuición. Se volvió algo que ya no pienso: simplemente siento. Así que estaba atrapado. Porque eso que alguna vez supe de forma técnica, ahora vive dentro de mí, pero sin manual de instrucciones.

Entonces, ¿qué hice? Lo más honesto que podía hacer: me fui a Google. Puse “teoría del color” y ¡ahí estaba todo! Completo, bien explicado, con gráficos, con ruedas cromáticas, con ejemplos de combinaciones, con armonías análogas, complementarias, triádicas… Todo estaba ahí. Toda la información que yo debía llevarles, ya estaba publicada, gratuita, ordenada.

Aun así, me presenté. Llegué a la universidad, me paré frente a ese grupo de jóvenes brillantes y entusiastas y les dije con toda la sinceridad del mundo:

—Me invitaron como artista plástico para hablarles de la teoría del color. Pero tengo que confesarles algo: yo no tengo idea. Eso quedó archivado en alguna parte de mi memoria hace años. Y como ya no me acordaba, me fui a Google… y ahí estaba todo. Así que mi primera recomendación para ustedes es: vayan a Google. Pongan “teoría del color”. Ahí está. Y no me hagan perder el tiempo hablando de algo que está en línea.

Hubo un silencio corto. Algunos se rieron. Otros se miraron entre ellos. Y entonces añadí:

—Pero ya que estoy aquí, quiero hablarles de otra cosa.

Y empecé mi charla.

Una charla sobre quilting… que no fue sobre quilting

Estaba en una de las clases de arte que imparto en mi casa, rodeado de papel, pinceles, colores, silencios concentrados y carcajadas espontáneas, cuando Teresa se me acercó con esa mezcla de dulzura y decisión que solo tienen las mujeres que han hecho muchas colchas y muchos vínculos a mano. Me dijo que quería invitarme a dar una charla para un grupo de señoras —y señores, pero sobre todo señoras— que se dedican al quilting.

Yo, como siempre, dije que sí. Porque uno dice que sí cuando lo invitan con cariño. Y porque no suelo pensar demasiado antes de aceptar una oportunidad de hablar con gente creativa.

Pero ya de regreso en casa, en ese silencio que aparece cuando se apagan las luces del taller y quedan solo las tazas con restos de café, me cayó la pregunta: “¿Y qué sé yo de quilting?”

La respuesta fue inmediata: “Nada.”

Y entonces me reí, porque la historia se repetía. Como artista plástico y artesano —y como alguien que ha tocado casi todo lo que tenga color, textura y manos— la gente suele asumir que uno sabe todo. Pero no. Yo nunca he hecho un quilt. Nunca he enhebrado una aguja para unir retazos con sentido. Nunca he calculado cómo casar una esquina con otra, ni he medido la distancia perfecta entre las puntadas invisibles del revés.

Otra vez me estaban invitando a hablar de algo que yo no conocía.

Pero otra vez decidí ir.

Porque si algo he aprendido, es que uno no siempre está llamado a enseñar lo que sabe. A veces, uno está llamado a compartir lo que es.

Y entonces, me preparé para esa charla. No leyendo sobre quilting, no viendo tutoriales de YouTube, no investigando la historia de las colchas ni las diferencias entre patchwork y appliqué. No. Me preparé mirando hacia adentro, como lo hago antes de pintar. Recordando momentos. Buscando historias. Afinando el corazón.

Pensé en mi sobrino Santiago. Tiene 19 años, es más alto que yo, va al gimnasio con una disciplina que nunca tuve, y tiene una ternura que me desarma. Cuando era pequeño, de unos 7 u 8 años, tenía una costumbre deliciosa: si le dabas un regalo, antes de abrirlo se acercaba y decía: “Venga, le doy un beso y un abrazo… por si cuando lo abra no me gusta”.

Esa frase se me quedó grabada. Me pareció brillante, precavida, poética. Él encontraba el modo de agradecer incluso antes de saber si le ibas a fallar. Siempre me gustó esa idea. Nunca la he puesto en práctica yo, pero esta mañana, mientras me bañaba para ir a la charla, pensé: qué bonito sería decirle al público, apenas llegar:

—¿Y si mejor me aplauden desde ya? Por si después no les gusta la charla… o por si se tienen que ir antes. Así, dejamos eso resuelto de una vez.

Y claro, eso me elevaría el amor propio y podría hablar con más soltura, como si el cariño ya estuviera asegurado. Pero esas cosas no se hacen en el mundo real. No están en el protocolo. No hay campo en el cronograma para pedir un aplauso por anticipado.

Así que no lo dije.

Entré. Saludé. Sonreí. Y empecé:

—Buenas tardes. Yo soy artista plástico, soy artesano, y hago muchas cosas. Pero nunca he hecho quilting. Así que, nuevamente, estoy aquí para hablarles de algo que ustedes conocen perfectamente… y yo no.

Y eso, para mí, ya era un punto de partida. Porque donde no hay conocimientos técnicos, puede haber humanidad. Donde no hay teoría, puede haber experiencia. Donde no hay definiciones, puede haber historia.

Y eso fue lo que llevé.

Una vida hecha de pedazos

En mi vida he sido muchas cosas. Y no lo digo con arrogancia ni con falsa modestia. Lo digo con asombro. Con una especie de reverencia ante el tiempo que ha pasado y las vueltas que me ha dado el alma para llegar hasta aquí.

Creo que soy escritor desde que puedo escribir. Desde que las palabras se me escapaban por los dedos sin que yo supiera muy bien qué hacer con ellas. Soy acuarelista desde hace cuarenta años. Cuarenta años… Es decir, desde antes de ser muchas de las otras cosas que ahora también soy.

Diseñador. Empresario. Tengo una marca de ropa. Una fábrica. Un negocio de uniformes que lleva más de treinta años latiendo. Soy coach de vida. Coach personal. Facilitador en procesos de desarrollo humano. Llevo más de dos décadas viendo lágrimas y luces en los ojos de la gente cuando se da cuenta de algo que ya sabía, pero que no había querido mirar.

He sido muchas cosas. Y durante mucho tiempo, todas esas partes vivieron separadas.

Era como una gran mesa cubierta de cuadros de tela. Algunos coloridos, otros sobrios. Algunos suaves, otros rugosos. Yo podía disfrutar de cada uno por separado. Tocaba uno y me sentía escritor. Tocaba otro y era pintor. Tocaba otro y era empresario. Otro y era facilitador de un proceso de cambio. Y todos esos trozos —retazos, pedazos, como le llamen ustedes— eran míos. Me gustaban. Me hacían sentido. Pero no estaban unidos.

No eran una sobrecama. No eran un mantel. No eran un camino de mesa. No eran un quilt.

Eran solo partes. Bonitas, sí. Útiles, también. Verdaderas, absolutamente. Pero sin costuras. Sin hilo que las amarrara. Sin puntadas de afecto. Sin ese sentido de conjunto que te hace mirar tu vida y decir: “Aquí está mi obra”.

Y lo más curioso es que por años ni me di cuenta. Yo seguía moviéndome entre mis múltiples yoes sin cuestionarlos. No era que me negara ninguna parte, pero tampoco tenía la intención de unirlas. Y si soy sincero, ni siquiera sabía que estaban separadas.

Hasta que un día empecé a notarlo.

Fue como mirar un tapiz desde más lejos. Como tomar distancia de mí y ver que todas mis piezas eran hermosas, pero estaban sueltas. Y ahí comenzó un proceso que aún no termina. El proceso de convertirme en un quilt. De coser mis partes. De reconciliar mis versiones.

Hoy, en esta sala, frente a ustedes que sí saben de costuras, de bordes, de uniones, me doy cuenta de que mi vida entera ha sido un quilt en proceso. Tal vez no con tela, pero sí con alma.

Y tal vez por eso estoy aquí.

Yo quiero jugar con ustedes

Estábamos, mi pareja y yo, navegando por el Nilo. Y ya con esa frase podríamos cerrar este capítulo, porque suena a película. Pero no era ficción. Era uno de esos momentos que parecen soñados y que sin embargo son reales. En un barco pequeño, sencillo, al final de la tarde. Un atardecer africano. Todo se veía naranja. El aire era cálido y calmo. El sol, grandioso. Esa clase de sol que no se apaga, sino que camina lento, como despidiéndose, cerca del Mediterráneo.

Yo estaba sentado arriba, en lo que yo —sin saber cómo se llama realmente— llamaría la azotea del barco. Desde ahí podía ver cómo el sol caminaba sobre el agua. Mi pareja conversaba con un turista. Hablaban sobre el propósito de vida. Un tema que yo ya conocía. Un tema que me sonaba a fórmula, a esas preguntas que se repiten en muchos cursos de desarrollo personal. Así que decidí no intervenir. No por desinterés, sino porque era su conversación, y yo ya me sabía el guion.

Pero las palabras empezaron a viajar hasta mí con la brisa:

—¿Para qué fuiste hecho?

—¿Por qué estás en esta tierra?

—¿Cuál va a ser tu legado?

—¿Cuál es la huella que querés dejar?

Y mientras el sol se despedía del cielo y convertía todo en una postal naranja y lenta, esas preguntas se metieron en mi cabeza como quien rasura el alma. Como quien corta justo al borde de donde empieza la costura.

Yo ya me las sabía. Pero nunca me las había hecho ahí.

¿Para qué fui hecho yo?

¿Cuál es mi propósito?

¿Cuál va a ser mi legado?

¿Cuál es la huella que quiero dejar en el mundo?

Seguimos el viaje. Cambiamos de país. Volvimos a casa. Y las preguntas seguían conmigo, como una tela que no encontrás cómo guardar. Entonces decidí que era hora. Hora de unir mis partes. De mirar todo eso que yo era —y que había vivido por años como cosas separadas— y empezar a coserlo.

Seguí estudiando. Me gradué como coach. Empecé a trabajar con personas. A acompañarlas. A escucharlas desde un lugar nuevo. Y algo empezó a cambiar. Porque ya no era solo el escritor, ni solo el coach. Ahora eran dos cuadros de tela que se tocaban, que se miraban, que se hablaban.

Y ahí empecé a escribir libros que no eran solo cuentos o novelas. Eran libros de desarrollo personal. Entonces, A y B, que antes vivían en casas separadas, ahora hacían algo juntos. Y eso ya no era solo la suma. Era una alquimia nueva.

Pero faltaba alguien.

El artista plástico que vivía en mí —el que ha estado ahí desde hace cuarenta años— levantó la mano. Se acercó con la timidez de un niño y dijo: Yo también quiero jugar con ustedes.

Y entonces se unieron tres cuadros. Tres pedazos de tela. Tres partes de mí.

Y con eso ya no era solo escritor, ni solo coach, ni solo artista plástico. Era alguien que empezaba a entender su propio diseño interior. Un diseño que no venía de ninguna teoría. Un quilt viviente. Y cada puntada que daba hacia afuera, también era una puntada que se cosía hacia adentro.

¿Soy un camino de mesa? ¿O soy un quilt?

Un poco más adelante en el tiempo, ya no era solo dos cuadros cosidos. Ahora tenía tres partes unidas. Y pensé —por un instante— que tal vez eso no funcionaba en el quilting. Que los números impares, quizás, no calzaban. Pero me corregí. No es cierto. En el quilting los números impares sí pueden funcionar. Uno puede hacer un cuadrado con nueve trozos, puede hacer una línea, puede hacer lo que quiera. Todo depende del patrón. De la intención. De la belleza oculta en el desorden aparente.

Ya ven cómo se nota que no sé de quilting.

Pero tenía tres partes claras: el escritor, el coach y el artista plástico. Y aunque no supiera cómo acomodarlos visualmente, esos tres ya estaban juntos. Y eso cambió las cosas.

El escritor seguía escribiendo. El coach había encontrado su voz en los libros. El artista, que se había unido a la conversación, pidió espacio y empezó a inspirar textos nuevos. Y entonces nació El diario de un artista, una serie de libros que mezclaban arte y desarrollo personal. Tres cuadros cosidos, tres voces en armonía.

Y todo iba bien… hasta que se asomó el cuarto.

Ese cuarto personaje que había estado siempre ahí, como un pilar silencioso. El que pagaba las cuentas. El que calculaba márgenes. El que sabía de proveedores, de telas, de producción, de uniformes, de inventario. Ese tipo serio y práctico que había sostenido todo lo demás. El empresario textil.

Y un día, el empresario dijo: Yo también quiero jugar.

Y entonces los otros tres —el escritor, el coach, el artista— se miraron y le abrieron espacio. Porque sin él, ninguna de las otras partes podía respirar con libertad. Así que se unieron los cuatro.

Y esa fue una nueva etapa. Una etapa de integración creativa. De alquimia real.

El empresario trajo su experiencia en costos, en logística, en diseño de producto. El artista plástico puso las acuarelas. El coach les dio un propósito. El escritor las narró. Y entonces nacieron las mascarillas de arte, en plena pandemia. Mascarillas con alma. Mascarillas con historia. Mascarillas con belleza. Cada una era un trozo de tela con una pintura, un mensaje y una intención. Una pieza útil que también era poética. Una pieza cotidiana convertida en símbolo.

Y así nació la tienda en línea: viniciojarquin.com. Una tienda de productos de artista… creada por un artista múltiple.

Ahora, viéndolo en retrospectiva, me doy cuenta: ya no era una persona con cuadros sueltos. Ya era una colcha.

Cuatro partes. Cuatro cuadros. Podía poner dos y dos y hacer un cuadrado. Podía alinearlos y hacer un camino de mesa. Podía jugar con el diseño de mi propia vida.

Y entonces me pregunto, aquí, frente a ustedes, que sí saben de quilting:

¿Soy un camino de mesa?

¿Soy una colcha?

¿Soy un cobertor?

¿O simplemente… soy un quilt?

Lo cosí con amor

Unir las partes no es solo acomodarlas. No es solo ponerlas juntas, ni ordenarlas por color, por función, por tiempo. Unir las partes requiere algo más profundo. Requiere coser.

Y cuando llegó el momento de hacerlo —cuando decidí coser mis propias piezas, esos cuadros de tela que eran mis identidades, mis oficios, mis pasiones— elegí coser con amor.

Ese fue mi hilo.

Decidí que todo lo que hiciera, lo haría con amor. Que si iba a escribir un libro, lo haría pensando: ¿cómo lo escribo con amor para que quien lo lea, lo sienta? Que si iba a dar una sesión de coaching, pondría todo de mí para que la persona frente a mí sintiera que es lo más importante en ese instante. Que si iba a pintar una obra, lo haría por amor: amor al arte, al papel, a quien la reciba, a quien la mire. Que si iba a atender a un cliente, lo haría con amor, aunque fuera una consulta rápida o un pedido urgente. Y que si me invitaban a una charla —como esta— hablaría desde ese lugar.

La verdad es que no sabía qué decirles. No sabía si iba a caer bien. No sabía si iban a encontrar útil lo que traía, si iba a resultar aburrido, si resonaría con ustedes. Me pregunté incluso qué me iba a poner. Si les iba a parecer suficiente lo que tengo para ofrecer.

Pero hay algo que comprendí y que me trajo mucha paz: Nada de eso está en mi control.

No puedo controlar si a alguien le gusta lo que digo.

No puedo controlar si tengo la voz ideal.

No puedo moverme más de lo que me muevo.

No puedo ser otro.

Lo que sí puedo hacer —lo que sí está completamente en mis manos— es hacer esto con amor.

Y desde que me invitaron, desde que Teresa me dijo “vení a contarnos algo”, desde que me senté a pensar cómo hilar mi vida para que hiciera sentido frente a ustedes… todo lo he hecho con amor.

Así que si lo que conté hoy te sirve o no te sirve, eso ya no depende de mí. Pero sí quiero que sepas que lo dije desde el alma.

Y ahora, me gustaría que el foco cambie. No más sobre mí. Sino sobre vos.

Quiero invitarte —sí, a vos que estás leyendo esto— a que te preguntés:

¿Cuáles partes tenés en tu vida?

¿Cuáles cuadros de tela están sobre tu mesa?

¿Cuáles trozos te gustan, pero no sabés cómo unir?

Ahí había una señora que hace pan para vivir… y quilting por placer. ¿Y si esas cosas pueden hablarse entre ellas? Hay quien tiene un negocio en una mano, y la familia en la otra. Amigos en una esquina, trabajo en la otra. ¿Cuál es el hilo que podría unirlo todo?

Yo no tengo la respuesta para eso. No es mi vida. Es la tuya. Pero sí puedo decirte que buscar esa unión es un acto de amor.

Ser integral —y no solo íntegro— significa que lo que soy, lo que creo que soy y lo que los demás ven… coinciden. Que ya no hay una vida partida, sino una sola vida. Una colcha que me abriga entera.

Una colcha que, sin importar su forma o su patrón, fue cosida con amor.

Antes de hablar de quilting, tenía que hablar de mí

Durante mucho tiempo, cuando terminaba una pintura, lo primero que hacía —a veces incluso antes de firmarla— era tomarle una foto. Esperaba a que secara, o al menos que no brillara demasiado con el agua todavía fresca. Y esa imagen la subía a las redes sociales.

Me encantaba hacerlo. Y me encantaban los comentarios. Las felicitaciones, los “¡qué dicha!” y los “¡qué belleza de obra!” llenaban algo en mí. Alimentaban mi amor propio, como el pan que sube en el horno cuando tiene buena levadura.
Y claro, los que no opinaban, simplemente no decían nada. Así que el pastel de los halagos quedaba casi intacto.

Pero hubo un momento en el que entendí que eso no era suficiente. Que el arte —  yo— necesitábamos estar más integrados. Que no podía pintar solo para el mundo. Que no podía seguir creando solo para subir algo a Instagram.

Entonces empecé a cambiar. Pintaba, dejaba secar. Y luego, en vez de guardarla o subirla al instante, la ponía en el refrigerador. Sí, leíste bien: en el refri. Ahí, pegada con un imán. O en una mesa de la sala. O en el caballete, donde pudiera verla todos los días.

Y ahí, sin un público, sin likes, sin comentarios, me detenía a mirarla. A disfrutarla. A decirme: “Qué lindo esto que hiciste”. A aplaudirme en silencio. A apapacharme.

Descubrí que también se puede pintar para uno. Que no es egoísmo. Es nutrición. Y que esa nutrición viene de adentro, no solo de afuera.

Eso me trajo una nueva práctica: la gratitud. Pero no una gratitud puntual, de checklist. No la que dice “gracias por esta pintura” o “gracias por este día”.

No. Una gratitud como trance. Como estado. Como modo de vida.

Es estar agradecido sin saber exactamente por qué. Es vivir con esa sensación de que todo —lo logrado y lo que aún no llega— tiene un valor. Es una forma de mirar. Una forma de respirar.

Y así, poco a poco, muchas cosas cambiaron. Ya no soy solo partes. Ya soy un quilt. Ya estoy integrado. Ya soy integral.

Y aunque todo en mí —y tal vez en ustedes— podría decir que aquí termina la charla, que este es el cierre perfecto, que ya nos podemos ir a casa con el corazón calientito, dichosa o lamentablemente tengo que decirles…

…que a partir de ahora, voy a hablar de lo que Teresa quería que les hablara.

Sí, señoras y señores: ahora sí vamos a hablar del quilting.

El papelito del testigo

No se asusten. Ahora sí vamos a hablar del quilting. Bueno… casi.

Les voy a hablar del testigo. Pero primero, dos notas introductorias.

Mucho se dice que la vida da lecciones. Y cuando la gente lo dice, lo dice como si la vida golpeara. Como si cada lección tuviera que venir envuelta en dolor, pérdida o tragedia. Pero no. Las lecciones no siempre son dramáticas. A veces la vida te enseña que una tijera no sirve, simplemente porque no corta. Y si no aprendés de eso, la vida tiene que volver a enseñarte. Otra vez la misma marca, el mismo error, el mismo corte mal hecho.

La clave no está en evitar los errores, sino en aprender rápido. Tomar nota. Dejar registro. Avanzar.

Volver a vivir la misma lección es como repetir Matemática 1: no tiene sentido si podés pasar a Matemática 2. Por eso, en mis talleres de arte, yo le doy a cada estudiante un papelito. Un trocito de papel, para que prueben colores, mezclas, pinceladas. Para que anoten algo. Ese papel no es la obra. Pero es testigo de ella. Y muchas veces, ese papelito tiene tanta belleza como el cuadro terminado.

Y ahí les va una historia personal.

Mi abuelita nació en 1915 en Tierra Blanca de Cartago. En una época donde a las mujeres no se les pedía soñar muy alto. Terminó la escuela, pero no fue al colegio. Nadie se lo impidió. Pero nadie se lo esperaba. Se casó con mi abuelito, un hombre bueno, y tuvo cinco hijos. Y estuvo al lado de ellos toda la vida. Ella no fue a la universidad, pero sus hijos sí. Uno estudió medicina. Otro derecho. Otro arte. Otro agronomía. Otro administración. Y mi abuelita, a la par de cada uno, aprendió con ellos. Cuando cumplió 100 años, sabía de todo… aunque no tuviera ningún título.

Ella fue el testigo.

Ellos eran las grandes obras. Pero ella… era el papelito donde se probaron todos los colores.

Y por eso hoy, yo les propongo algo. Tengan su propio papelito del testigo. No en el sentido literal —aunque si quieren, también— sino en la forma simbólica. Tengan un cuaderno. Un diario. Un lugar donde anotar lo que la vida les enseña.

Cuando empiecen un proyecto, anoten cómo se sienten. Si están cansadas. Si están ilusionadas. Si algo las frustra. Si algo las enamora. Cómo evolucionan los sentimientos. Qué cosas funcionaron. Qué no. Qué les gustaría repetir.

Y si ese proyecto es un regalo para alguien, algún día pueden hacer un resumen de esas anotaciones y entregarlo junto a la colcha. No como un manual. Sino como una carta de amor.

Porque ese diario no es para los demás. Es para ustedes. Es para honrar su propio proceso. Para disfrutar sus sobras. Para evidenciar su amor.

Y desde ese lugar —de testigo amoroso de ustedes mismas— pueden empezar a vivir con más conciencia, más presencia, más gratitud.

Desde la primera puntada, pregúntense: ¿Cómo hago esto con amor?

¿Qué evidencia dejo? ¿Y para quién? Para mí.

No para gustarle a nadie.

No para colgarlo en redes.

No para recibir aplausos.


Sino para saber que cada cosa que hicieron… fue cosida con amor.

Y eso también es parte de ser integral. De ser una sola pieza. De ser una colcha.
De ser un quilt.

No les voy a contar de la manguera embrujada

Y bueno… Creo que ya les he dicho más de lo que esperaba decirles. Y muchísimo más de lo que Teresa esperaba que yo les dijera.

Así que, como ya las he entretenido bastante —y como hay que saber cuándo terminar— no les voy a contar de la manguera embrujada. Esa historia se queda para otro día, si alguna vez nos volvemos a encontrar.

Gracias.

Gracias por estar.

Gracias por escuchar.

Gracias por soportarme —sí, lo dije en voz alta— y gracias por acompañarme en este paseo que empezó con una charla sobre quilting y terminó siendo una charla sobre la vida… mía, pero también suya.

Yo soy Vinicio Jarquín. Y ayer, mientras revisaba los puntos de los que iba a hablarles —porque aunque no parezca, no vengo a improvisar—, los preparé con amor. Me senté a escribirlos. A darles forma. A tejerlos con palabras.

Y el texto me quedó lindísimo. Así que decidí publicarlo.

Si alguna parte de lo que escucharon hoy les resonó, les sirvió, les tocó el alma —o les generó una pequeña curiosidad que no supieron bien de dónde vino—, pueden visitar mi blog. Ahí está todo. Todo lo que dije… y mucho más. Escrito con el mismo hilo con el que he cosido esta charla: amor.

Gracias por invitarme. Gracias por su tiempo. Gracias por sus corazones abiertos. Y si alguien quiere acercarse a hablarme ahora, yo encantado.

Yo soy Vinicio Jarquín. Punto com. Chao y pura vida.

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