
30 de junio de 2025
¡Amigos!
Mañana tengo cirugía de catarata. Agradezco sus oraciones, buenas vibras y buenos deseos.
1 de julio 2025
MENSAJE DICTADO: disculpen las faltas
Lo que pasó hoy con la cirugía de cataratas
Hace algún tiempo, la doctora me dijo que tenía cataratas en los dos ojos y que había que esperar a que maduraran. Lo dijo con esa calma que tienen los médicos cuando no quieren asustarte, pero que igual uno sabe que en algún momento se viene algo. Yo lo acepté tranquilo. Después de todo, ver borroso no era lo peor que podía pasarme.
Pero lo curioso es que maduraron muy rápido. Casi de un día para otro noté la diferencia. Estábamos en San José, todo estaba bien. Cogimos un vuelo y, al aterrizar en nuestro destino, fue como si el mundo se hubiera vuelto de neón. Los postes parecían ruedas de Chicago, con un halo de colores bailando a su alrededor. Como si alguien hubiera encendido una feria detrás de cada luz. En ese momento supe que ya estaban listos. Que el momento había llegado.
Al regresar, y al poco tiempo, fui de nuevo a consulta. La doctora me volvió a revisar y me dijo que sí, que ya estaban de operar, que cuando yo quisiera. Y lo programamos. Sabíamos que venían semanas con muchas actividades importantes, viajes, salidas, cosas que no se pueden postergar. Así que elegimos la primera fecha disponible.
Hoy fue el día.
Llegamos a la clínica con todo claro: las instrucciones preoperatorias, las posoperatorias, y una mezcla rara de tranquilidad y expectativa. Me pasaron a una salita, me pidieron que me pusiera esa bata hospitalaria que nadie se ve bien con ella —ni George Clooney en urgencias— y me senté a esperar. (¡Mentira! George sí)
En ese momento llegó mi doctora a saludar. Me volvió a explicar, con la misma paciencia y ternura, lo que ya me había dicho antes. Que iba a estar despierto todo el tiempo. Que me pegaría el párpado arriba para poder trabajar mejor. Que iba a sentir algunas cosas, cosquilleos, presiones leves. Que nada sería demasiado molesto. Que se apoyaría en mi frente y en mis mejillas. Que lavaría constantemente el ojo, así que sentiría el agua bajando por mi cuello. Que tratara de mantener la mirada fija en una luz mientras ella trabajaba. Y que me iría dando indicaciones durante el proceso.
La escuché con atención, como si cada palabra suya fuera parte del tratamiento. Y respiré hondo. Porque ya estábamos en eso.
Una vez que la doctora me dio todas las instrucciones y se fue, vino una enfermera —tranquila, amable— y me llevó a la sala de operaciones. Caminamos por un pasillo que no recuerdo bien, porque iba más pendiente de mi respiración que del entorno. Entramos. Me pidió que me recostara en una camilla, obviamente boca arriba, y lo hice con cuidado, como quien empieza un viaje raro, interno, silencioso.
Me pusieron una cobija encima. Era delgada, pero daba una sensación de contención. Luego comenzaron a conectar las cosas. Un medidor de presión en el brazo, un medidor de oxígeno en un dedo, tapones en el torso para medir el ritmo cardiaco, y luego la parte que más me cuesta: la vía. Me la colocaron en la muñeca, y sí, dolió. Esas agujas gruesas nunca pasan desapercibidas. Apretás los dientes, fingís que no duele tanto, pero sí duele. Y después otra en el brazo, por si hacía falta otra entrada. Yo respiraba lento. No estaba nervioso, pero sí estaba alerta. Como cuando estás a punto de algo importante.
Ya recostado, rodeado de esas pequeñas atenciones clínicas, escuché que la puerta se abría. Era ella. Mi doctora. Llegó preguntando si todo estaba listo. Una presencia firme, serena, que me tranquilizó con solo verla. Uno de los asistentes respondió: “solo falta una gota”.
Esa gota era para mí.
Me pusieron unas gotas en el ojo derecho, las últimas antes de empezar. Y entonces él dijo: “ya están listos”.
Se suponía que yo tenía que estar atento. Que debía seguir instrucciones. Que cuando la doctora me dijera que moviera el ojo, que mirara hacia la luz, que no parpadeara o que me quedara muy quieto, yo respondería con precisión. Así lo habíamos conversado. Ella me lo había explicado con mucho detalle: que sentiría agua cayendo, que podría notarla apoyada en mi frente, sus dedos firmes en mis mejillas, que escucharía voces, ruidos del procedimiento. Que estaría presente en todo momento. Y yo lo entendí. Estaba preparado para estar ahí, completamente consciente.
Pero mi cuerpo tenía otros planes.
Desde hace años sé que tengo una particularidad con la anestesia: mi cuerpo la absorbe con rapidez inusual. No es tolerancia. Es otra cosa. La dentista que me ha atendido durante mucho tiempo ya lo sabe bien: mientras a un paciente promedio le basta una sola dosis, a mí me tiene que aplicar tres o cuatro en un solo procedimiento. Un día, ella misma me sugirió que siempre informara de esto a cualquier anestesista antes de cualquier intervención. Lo tomé como una instrucción vital.
Y así lo hice esta vez.
Cuando llegamos a la clínica, me aseguré de hablar con el anestesista. Le conté mi condición. Le dije con claridad: mi cuerpo absorbe muy rápido la anestesia, me despierto con facilidad. Al principio me miró con una ceja arqueada y me preguntó: “¿Qué quiere decir? ¿Que con poquita le hace?” No, no era eso. Le expliqué de nuevo. Necesito que sepa que mi cuerpo neutraliza muy rápido cualquier intento de dormirme. Para que esté preparado. Y aunque por un momento me pareció que no le dio importancia, algo en su reacción posterior me tranquilizó. Creo que sí lo tomó en serio, porque además la doctora, en mi presencia, también se lo dijo. Y seguramente él aplicó tanto a estos 66 kilitos, que me rulearon por completo. ¡Qué bendición!
Y bueno, vuelvo al momento clave. Me recosté en la camilla. Me pusieron la cobija, el monitor de presión, las vías. Escuché que alguien dijo “ya está listo”. Me pusieron la última gota en el ojo.
Y ahí se detiene mi memoria.
Lo próximo que recuerdo fue cuando me estaban ayudando a subirme a una silla de ruedas. Como si se hubiera cortado la película y me hubieran sacado de la sala de edición. No recuerdo voces, luces, indicaciones, ni sensaciones. Nada. Absolutamente nada. No sentí el agua cayendo por mi cuello, no escuché instrumentos, no percibí la mano de la doctora apoyada en mi frente. La cirugía entera se fue en un vacío profundo, como una noche sin sueños. Me durmieron profundamente, eso está claro.
Salimos del quirófano y me llevaron al vestidor. Luis Fer me ayudó a vestirme. Salimos de la clínica, llegamos al carro. Y luego, finalmente, a casa.
Norma, mi querida amiga, me tenía lista una sopa de carne. Humeante, generosa, esperándome con papas, arroz y cariño. No me dio carne —“mejor no todavía, después del ayuno”, dijo ella— pero el caldo y las papas sabían a hogar. A premio. A que todo había salido bien. Me comí aquello con gusto, con un hambre mansa, como quien vuelve del otro lado con agradecimiento.
Después me acosté a dormir un rato más. Cerré el ojo operado y el que no, y descansé.
Todo salió bien. Todo salió perfecto. Y mañana, a las nueve en punto, tendré la cita de revisión con la doctora. Ahí veremos con más claridad —literal y simbólicamente— cómo quedó todo.
2 de julio de 2025
Día 1 después de la cirugía
La noche fue tranquila.
No hubo dolor, ni molestias, ni sensaciones extrañas. Ninguna secreción, ninguna alarma. Dormí bien, con una paz que no esperaba tener tan pronto después de una cirugía. Lo único que noté fue que este ojo, el derecho —el que fue intervenido— es el que más me llora. Muy poquito, pero más que el izquierdo. Tal vez sea normal. Tal vez sea simplemente que ahora está más despierto.
Durante la noche, en un par de ocasiones, sentí que me había tocado el parche. Ese escudo plástico cóncavo, rígido, que cubre el ojo como si fuera una burbuja protectora. Y sí, me di cuenta de algo importante: el parche cumple su función. Porque si no lo hubiera tenido, probablemente me habría rascado o tocado el ojo sin querer. Dormir con él es incómodo, pero claramente necesario.
Esta mañana, al despertar, sentí el ojo más despejado. Me quité el parche con cuidado, y la primera sorpresa fue con el ojo izquierdo —el que aún no ha sido operado—: está viendo bastante bien. Tal vez mejor que en días anteriores. Pero lo verdaderamente impresionante fue el ojo derecho. Ese sí ve súper bien. Nítido. Claro. Como si me hubieran limpiado una ventana que llevaba tiempo empañada.
Eso sí, mientras tengo puesto el parche, la visión se distorsiona. Porque este plástico con huequitos, que refleja la luz, me interfiere con lo que intento ver. Y sí, a ratos pienso que es incómodo andar así. Pero cuando lo comparo con la magnitud del procedimiento por el que acabo de pasar —que me abrieran el ojo, trabajaran dentro de él, y hoy esté viendo así de bien—, solo puedo quedarme en silencio ante el asombro. La medicina y la tecnología, en serio, son impresionantes.
Ahora me toca quitarme el parche para bañarme. Cerrar los ojos, hacerlo con cuidado, sin apuros. Y luego nos iremos donde la doctora. Quiero contarle todo esto. Y quiero que vea lo bien que estoy. Porque lo estoy.
Cita con la Dra. Iris Chin
Esta mañana tuve la primera cita de control postoperatorio con la Dra. Iris Chin. Me revisaron el ojo en dos máquinas distintas, con esas luces intensas que uno apenas puede mirar fijamente sin entrecerrar los párpados, y según la doctora, todo está perfecto. No “bien”, no “aceptable”. Perfecto. Esa fue la palabra que usó, y me la guardo como quien guarda una medalla en el pecho.
Me explicó que la herida que dejó la cirugía es mínima: apenas 2.5 mm. Sin embargo, cuando ella siente que una herida no ha cerrado exactamente como quiere, prefiere asegurarse y colocar un punto de sutura. En mi caso, eso hizo. Ese pequeño punto será retirado en dos o tres semanas, dependiendo de cómo evolucione.
Reforzó las recomendaciones que ya conocía: evitar el polvo, no mojar el ojo, no hacer esfuerzos físicos, y usar anteojos oscuros cuando salga a la calle, no tanto por el sol, sino para proteger del viento y el polvo. Los anteojos deben ser sin aumento. En unas cuatro o cinco semanas, después de operado el segundo ojo, podremos hacer la medición para saber si voy a necesitar lentes para leer o si, con suerte, quedará todo perfectamente corregido.
Me dio permiso para hacer vida normal —dentro de los límites, claro—. Puedo usar la computadora, el teléfono, puedo pintar, especialmente si lo hago desde la segunda mesa, viendo hacia abajo, sin ningún problema.
Después de la cita, fuimos a la óptica. Tomé mis anteojos de siempre y les pedimos que quitaran el lente derecho. Ahora, el lente izquierdo sigue igual que siempre, mientras que el ojo derecho va descubriendo su nueva manera de ver el mundo. A veces siento como si dentro de mi cabeza una lente de cámara estuviera ajustándose, moviéndose hacia adelante, buscando el mejor encuadre. Mi pobre cerebro está haciendo malabares para encontrar un equilibrio entre la vida vieja y esta nueva visión que se abre paso.
Y claro… cuando me operen el otro ojo, dejaré de usar anteojos. No crean que voy a ser tan tonto como para pedir que me quiten el segundo lente y andar por ahí con los aros vacíos. Jaja.
La siguiente operación será el próximo martes. Y el miércoles tendré nuevamente la cita con la doctora. Seguimos el proceso.
Cuando escribí en redes sobre la cirugía, lo hice con la esperanza de que mis amigos me enviaran buena vibra, oraciones, pensamientos positivos. Y así fue. Muchos “me gusta”, muchos mensajes de apoyo. Aunque no estaba nervioso, yo sí necesitaba esa energía: paz, tranquilidad, esperanza. Pero con el tiempo me di cuenta de que no todo se trataba de mí.
Dos amigos me escribieron. Ambos tendrán procedimientos similares dentro de poco. Y me contaron que lo que he compartido les ha ayudado a estar más tranquilos, a saber qué esperar, a perder un poco el miedo. Así que seguiré escribiendo, aunque sea en textos más cortos, este día a día visual. Porque si puede servirle a alguien más, entonces vale doble.
Esto también irá para el blog. Y para mí. Porque esta historia no es solo de ojos: es de luz.
Hoy, en medio de la revisión con la doctora Iris Chin, le comenté algo que me pareció importante: que a una amiga mía le iban a hacer la cirugía de cataratas en ambos ojos el mismo día. Le pregunté qué pensaba ella de eso. Si lo recomendaba. Y su respuesta fue clara: no. Me dijo que ella no lo hace, que no lo recomienda y que, de hecho, ella nunca se lo haría a sí misma. Fue enfática. Solo opera los dos ojos en el mismo día en casos muy específicos o extremos, como por ejemplo en personas con síndrome de Down, donde es preferible hacer todo en una sola intervención bajo anestesia general, para no exponer al paciente a dos situaciones de estrés, incomodidad o riesgo.
A mí me gustó escuchar eso. Me dio confianza saber que no estaba frente a una doctora que hace las cosas por rapidez o conveniencia, sino con criterio, con cuidado, y pensando en la experiencia del paciente desde la empatía.
Y hablando de anestesia, le conté que yo no recordaba absolutamente nada de la cirugía. Nada. Cero. Como si me hubieran apagado un switch y encendido otro después. Ella me explicó que eso también es parte del efecto de la anestesia: produce amnesia, tanto antes como después del procedimiento. No siempre, pero sí es común. En mi caso, como le habíamos advertido al anestesista que mi cuerpo absorbe la anestesia muy rápido, probablemente él decidió poner una dosis un poco más alta. Y eso hizo que no solo estuviera relajado, sino completamente dormido durante toda la cirugía.
Lo cierto es que esa “amnesia anestésica” fue, en mi caso, una bendición. Dormí profundamente. Y hoy, literalmente, amanecí viendo mejor.
También le comenté a la doctora algo que me había llamado la atención: que a una amiga le habían pedido que escogiera el tipo de lente intraocular que le iban a poner. Que si multifocal, monofocal, con filtro de no sé qué, con corrección para cerca o para lejos, y un montón de opciones más. A mí, en cambio, nadie me preguntó nada. Nadie me dio un catálogo ni me habló de elecciones. Solo me operaron.
Y se lo dije. No como queja, sino como curiosidad.
Ella sonrió —como solo sonríe alguien que sabe lo que está haciendo— y me explicó que ella escoge el mejor lente, de una vez. Que no hace falta marear al paciente con opciones técnicas que muchas veces no entiende o que lo angustian más de lo que ayudan. Ella sabe qué necesita cada ojo, cada persona, y simplemente lo hace. Me lo dijo con la misma naturalidad con la que alguien te prepara un café sabiendo exactamente cómo te gusta.
Y claro, eso tiene aún más sentido conmigo. Porque yo la conozco desde que era una niña. La he visto crecer, estudiar, formarse, convertirse en la mujer y profesional que es hoy. Así que entre nosotros, esa confianza no se negocia. Es un acuerdo silencioso, viejo, profundo. Yo, en términos oftalmológicos, hago lo que ella diga que es mejor para mí. Punto.
No necesito escoger. No necesito entender todas las variables. Necesito confiar. Y lo hago.
8 de julio de 2025
La segunda cirugía
Mis ojitos
Mis ojitos. Mis dos pequeños testigos. Callados, constantes, pacientes. Se han pasado la vida observando el mundo como quien escucha un cuento sin interrumpir. A veces me han visto llorar, a veces se han llenado de luz. Y otras veces —como ahora— han tenido que cerrar un rato para sanar. Uno de ellos, herido por el tiempo, ha sido abierto, limpiado, iluminado por manos sabias. El otro, aún espera. Aún duda. Y yo los abrazo a los dos. Les hablo. Les agradezco. Porque gracias a ellos veo. Pero también, gracias a ellos, recuerdo, dibujo, sueño.
Mis ojitos
El martes de la semana pasada, prepararon a mi ojito derecho. Mientras yo estaba absolutamente anestesiado —en cuerpo, en mente, en todo—, unas manos cuidadosas hicieron su magia. Lo abrieron, lo limpiaron, lo sanaron. Como quien levanta el polvo del cristal de una fotografía muy querida. Yo no supe nada. Me fui por completo. Y cuando volví, él ya estaba distinto.
Al día siguiente, miércoles, fuimos donde la doctora. Me revisó con esas máquinas que parecen faros luminosos y me dijo que todo estaba bien. Que el ojito había respondido como debía. Que podíamos seguir adelante. Y eso hicimos.
De camino a casa, pasamos por la óptica. Y tomamos una decisión sencilla, pero simbólica: quitamos el lente derecho de mis anteojos. Dejamos solo el izquierdo, intacto, firme. Así, el ojo derecho podría empezar a acostumbrarse a su nueva vida, a esta claridad repentina que se parece tanto a un milagro. El izquierdo, mientras tanto, seguiría siendo lo que ha sido por algún tiempo: una constante, una especie de punto de referencia mientras todo cambia.
Y así pasé los días siguientes: con un ojo viendo el presente nítido y el otro todavía instalado en el pasado. Como si uno ya hubiera cruzado la frontera y el otro aún estuviera haciendo maletas. Como si uno ya supiera el secreto y el otro estuviera a punto de descubrirlo.
Mis ojitos
La semana ha transcurrido con absoluta normalidad. Una normalidad cuidadosamente cuidada. No ha habido sobresaltos, pero sí una vigilancia constante, silenciosa, amorosa. Como si todo mi cuerpo estuviera al servicio de ese ojito recién renacido.
He evitado el polvo con disciplina monástica. No he entrado a las bodegas, aunque sé que hay cosas que quiero ordenar, revisar, tocar. Pero no. He preferido quedarme afuera. Como si supiera que entrar ahí sería traicionar el pacto de calma que hice con mi cuerpo esta semana.
Me he bañado cada día con los ojos cerrados. Cada gota de agua ha sido un acto de confianza. Como si aprendiera de nuevo a navegar mi propia piel sin mirar.
He aplicado las gotas en el ojo derecho con la devoción de quien cuida un bonsái, una herida sagrada, una semilla de luz. Y desde el domingo, también he empezado a preparar al izquierdo. Ese que esta tarde pasará por el mismo ritual, por la misma transformación.
No ha habido dolor. Ni una sola punzada. No ha habido molestias. Solo una sensación creciente de claridad. De nitidez. El mundo se va volviendo más nítido. Más visible. Como si ese ojito derecho —mi primer pionero— estuviera enseñándome de nuevo cómo se ve lo simple: una hoja, una sombra, una letra, un rostro.
Y mientras tanto, el izquierdo espera. Tranquilo. En silencio. Como si supiera que su turno está por llegar. Que también le toca ver mejor.
Martes antes de la segunda cirugía
Hoy es martes. Estoy desayunando a las siete de la mañana. Es el límite. No puedo pasarme. El ayuno tiene su propio reloj y su propia lógica. Y aunque me tomé mi tiempo escribiéndoles, ahora tengo que volver al desayuno, a terminarlo todo, porque a este cuerpecito lo llevarán esta tarde hasta la sala de cirugía. Otra vez.
Hoy le tocará al ojo izquierdo. Ese que ha estado esperando con paciencia, con respeto, mientras el derecho aprendía a ver de nuevo. Hoy le cambiarán el lente. Le abrirán su pequeña ventana al mundo. Y con eso, quizá podré decirle adiós a los anteojos. Tal vez solo por un tiempo. Tal vez para siempre. En unas semanas sabremos si necesito ayuda para leer, o si los dos ojos lograron quedar al cien.
La semana pasada estaba más asustado. Era nuevo, era incierto. Hoy no. Hoy hay más confianza. No porque sepa lo que va a pasar, sino porque ya pasé por ahí. Porque ya un ojo volvió de ese viaje. Y volvió mejor.
Solo espero que el anestesista —o anestesiólogo, como prefieran— haya dormido bien, que recuerde mi condición, que no subestime lo que le dijimos. Que me escuche. Y que haga su parte con la misma maestría con la que yo haré la mía: entregarme. Cerrar los ojos. Confiar.
El anestesista
¿Por qué es tan importante el trabajo del anestesista?
Por razones obvias, claro. Es quien se encarga de quitar el dolor, de dar paz, de brindar ese estado de suspensión en el que el cuerpo puede ser intervenido sin sufrir. Pero más allá de lo obvio, hay algo profundamente humano en lo que hace.
El anestesista —o anestesiólogo, según prefieran— es el guardián del umbral. No corta, no sutura, no extrae nada. Pero sin él, nadie podría entrar con confianza en la sala de cirugía. Es el que prepara el terreno emocional y físico para que todo fluya.
En mi caso particular, su rol es aún más delicado. Mi cuerpo metaboliza la anestesia con una rapidez inusual. No es que resista. Es que la disuelve. Como si la absorbiera con ansias, y luego la dejara ir demasiado pronto. Eso hace que sea fundamental que el anestesista lo sepa y lo tenga en cuenta.
La vez pasada, lo supo. Y me durmió por completo. Tan profundamente, que no recuerdo absolutamente nada de lo que pasó en sala. Ni luces, ni sonidos, ni palabras. Nada. Solo un apagón suave y luego el regreso a la claridad.
Hoy espero lo mismo. Voy a volver a decírselo esta mañana, o esta tarde, cuando lo vea. Voy a anotarlo también en la hoja de autorización, por si acaso, por si en medio del ritmo de la clínica alguien olvida ese detalle que para mí es tan grande.
No es una exageración. Es tremendamente importante para mí.
Porque no se trata solo de evitar el dolor. Se trata de poder entregarme con tranquilidad. Confiar. Saber que mientras mis ojitos están siendo tocados, cuidados, reparados… alguien más está velando por mi descanso. Y eso, para mí, no es poca cosa.
El ayuno antes de la cirugía.
¿Por qué es tan importante el ayuno?
Antes de la primera operación, la verdad, me parecía un poco majadero. Seis horas sin comer ni beber antes de una cirugía que, en teoría, dura media hora, es ambulatoria y con anestesia local. Pensé que tal vez era para evitar ganas de ir al baño en medio del procedimiento, para que no hubiera incomodidades o contratiempos prácticos. Pero no entendía por qué tanta rigurosidad.
Sin embargo, investigando antes de la cirugía del primer ojo, me di cuenta de que la razón es mucho más seria —y mucho más importante— de lo que imaginaba.
Cuando uno está anestesiado —aunque sea de forma local— ciertos reflejos naturales del cuerpo se vuelven más lentos o se apagan temporalmente. Por ejemplo, el reflejo de deglución, el de tos o el cierre automático de la tráquea si algo intenta pasar donde no debe. Esto significa que si tenés comida o líquido en el estómago, puede devolverse por el esófago, y en lugar de salir por la boca, terminar aspirado hacia los pulmones.
Y eso puede ser gravísimo.
Ese contenido gástrico, al entrar a los pulmones, puede causar una condición llamada neumonitis por aspiración, o algo peor: una asfixia química. Y sí, aunque la cirugía sea pequeña y la anestesia sea local, el riesgo sigue existiendo. Uno podría morirse por no haber respetado esas horas de ayuno. Así de simple.
Así que ahora lo entiendo. Ya no me parece un capricho, ni un formalismo médico. Me parece un acto de cuidado. De respeto por el cuerpo. De prevención silenciosa pero vital.
Hoy desayuné exactamente a las 7:00 a.m., ni un minuto más. Porque esta tarde, mis ojitos pasarán por su segunda transformación. Y quiero que todo esté alineado para que ese momento sea, otra vez, seguro, limpio y lleno de luz.
Epílogo – La despedida
Y así, sin más ni más, queridos amigos, amigas, testigos silenciosos de esta historia, hace sesenta años, estos ojitos se abrieron al mundo.
Vieron por primera vez el rostro de mi madre. Vieron la luz tibia de una mañana cualquiera. Vieron los colores antes de que supiera nombrarlos. Vieron el movimiento de las sombras, el temblor de las cortinas, el cielo de mi infancia.
Con ellos aprendí a mirar, a entender, a descubrir. Me vieron crecer, estudiar, vivir. Vieron mis primeros trazos, mis primeros libros, mis primeros viajes. Vieron todos los amores, los paisajes, las calles. Vieron lágrimas y risas. Vieron despedidas que nunca quise. Y milagros que nunca esperé.
Han visto tantas cosas. Muchas que me gustaría contar. Y muchas que prefiero callar.
Hoy, sesenta años después de abrirlos al mundo, me despido de ellos. No con tristeza. Con una gratitud tan honda, que no cabe en estas líneas.
Hoy, simbólicamente, cambiamos de ojos. No son los mismos. Estos nuevos lentes, transparentes, modernos, sin historia aún, llegan para reemplazar los filtros envejecidos por el tiempo. Ellos no tienen memoria. No saben nada de lo que mis antiguos ojos vieron.
Pero mi cerebro sigue siendo el mismo. El mismo de aquel niño curioso, de aquel joven idealista, de este hombre que sigue pintando la vida con asombro.
El cuerpo también es el mismo —maravilloso, leal, sabio—. Solo que ahora, la luz llega sin obstáculos. El mundo empieza a verse distinto. Probablemente como lo veía hace treinta años. Nítido. Vivo. Inmenso.
En las próximas semanas, todo se irá ajustando. Los colores serán nuevos. Las texturas más precisas. La sombra más sombra. La luz más luz.
Hoy me despido de los dos ojitos enfermitos que abrí hace sesenta años. Y les digo gracias. Gracias por mostrarme tanto. Gracias por no fallarme. Gracias por llevarme hasta aquí.
Y ahora, que descansen. Ya cumplieron. Ahora me toca seguir… con estos nuevos ojos. Y con el mismo corazón.
Nota de autor
Estas dos acuarelas que hoy presento no son simplemente dos obras más. Son las últimas dos que pinté con los ojos que abrí hace sesenta años.
Con ellos vi por primera vez la luz del mundo, los colores de mi infancia, el rostro de mi madre. Con ellos aprendí a mirar, a imaginar, a crear. Con ellos lloré, soñé, viajé, me enamoré. Y con ellos, ayer, pinté por última vez.
Hoy me cambian el lente de mi segundo ojo. Y aunque tal vez no pinte hoy, ni mañana, la próxima acuarela que salga de mis manos será hecha con ojos nuevos. Nuevos no porque olviden, sino porque verán el mundo con otra claridad. Sin el velo del tiempo. Sin la opacidad del desgaste. Verán como no veía desde hace décadas. Y eso lo cambia todo.
Estas dos acuarelas, entonces, no son solo imágenes sobre papel. Son una despedida callada. Una carta de amor a mis ojos viejos. Un adiós agradecido a los dos testigos fieles de toda mi vida. No son perfectas. No quieren serlo. Solo quieren decir: estuvimos aquí. Hasta el final. Pintando.
La segunda cirugía
(martes 8 de julio de 2025)
Ayer fue martes. El martes de la segunda cirugía.
Habíamos sido citados para las doce y media, aunque las cirugías estaban previstas para comenzar a la una. Todo fue bastante puntual. No recuerdo con exactitud la hora en que entré a quirófano, ni la hora en que volví a casa, pero debió ser alrededor de las cuatro de la tarde cuando abrí la puerta con la mirada entornada y el cuerpo aún suave, en ese estado intermedio entre el sueño y el regreso.
En la sala de recepción de la clínica, todo parecía repetirse con un aire de déjà vu. El mismo silencio tenue de los consultorios, las mismas sillas discretas, la misma puntualidad costarricense que por una vez no falló. Vi entrar a la doctora, rápida, precisa, centrada, como siempre. La enfermera se acercó y puso una gota en mi ojo izquierdo, el que sería operado esta vez. Unos minutos después vino con otra. Y otra. Así fueron cayendo las gotas sobre mi pupila como diminutas advertencias de lo que vendría.
Llené el formulario de ingreso, como la vez anterior. Pero me aseguré de advertirles que en el formulario original ya había dejado constancia: metabolizo muy rápido la anestesia. El anestesista debía saberlo. No era un capricho, era una advertencia con la que uno entra a ese territorio tan frágil donde los médicos deciden todo y uno solo quiere confiar, cerrar los ojos y entregarse.
Me pasaron entonces a una de esas salas intermedias, donde te ponés esa bata espantosa, arrugada, verde quirófano, que no le queda bien a nadie. Por fortuna, debajo de la fealdad hospitalaria, yo llevaba unos calzoncillos hermosos —sí, hermosos— y unas medias rosadas con amarillo, un destello de dignidad y belleza entre tanta tela que parecía diseñada para apagar el alma.
Me quedé solo ahí un rato, como en la vez anterior. Pero esta vez no fue tan inmediato el paso al quirófano. La enfermera me preguntó si quería una cobija. Le pregunté cuánto iba a tardar esto. Me dijo que estaban esperando al anestesista. Entonces, sin dudarlo, pedí la cobija. El frío de esas salas no es metáfora. Es físico, quirúrgico, clínico. Supongo que es para evitar bacterias, virus o simplemente el calor humano, que en esos espacios parece estar en cuarentena.
La doctora entró, y entre el murmullo de pasos y suspiros bajos, me recordó que había visto el video que le mandé: la despedida de los ojos. Me pidió que lo viéramos juntos. Ahí mismo, frente a mí, lo puso en su teléfono. Y mientras se reproducía el video, hablamos de cosas importantes y pequeñas: de la vista blanca del mundo después de la primera cirugía, de cómo me había ido con la anestesia anterior, de lo dulce que fue dormir así, sin dolor, sin conciencia, solo como flotando en un paréntesis. Me dijo que le comentaría al anestesista.
Poco después llegó él. El mismo anestesista. La vez pasada me había puesto la vía dentro de la sala de cirugía. Esta vez llegó directo a esa salita donde yo lo esperaba, con todo su equipo, y ahí mismo me instaló la vía. Ni lo sentí. Ni un pinchazo. No sé si mi cuerpo estaba distinto, o si él, por segunda vez, ya me había tomado cariño y lo hizo con más cuidado.
Mientras preparaba todo, le dije medio en broma que me pusiera un shot. Y él, sin dejar de sonreír, contestó que sin bocas, como un trago sin aperitivos. Me reí. Le dije que ojalá fuera un chifrijo. Y él, entre risas, respondió que ya tenía el suyo ahí. Le dije: «¡Qué grosero! Yo tengo seis horas de estar en ayunas». Nos reímos. Fue un momento humano, ligero, cómplice, justo antes de que el quirófano volviera a ser protagonista.
Minutos después, me pasaron a la sala de cirugía.
Acabo de recordar que lo último que tengo presente de esa tarde, antes de dormirme, fue mientras las enfermeras me colocaban los sensores: esos pequeños tapones adhesivos que miden el ritmo cardíaco en el pecho, y la faja elástica para la presión arterial en el brazo. Yo, todavía con humor, les comenté lo del anestesista y su chifrijo. Entonces una de las enfermeras dijo:
—Ah, lo pueden compartir.
Y él, sin pensarlo, respondió:
—No, con él no lo voy a compartir. Tiene seis horas de ayuno y probablemente me dejaría sin nada. Todos reímos. Y esa risa fue lo último que recuerdo. Después, todo se volvió blanco. Silencio. Nada.
Lo siguiente fue despertarme ya vestido, en esa salita post-operatoria. Recuerdo vagamente estar en la silla de ruedas, a medio dormir, a medio despertar, con la sensación de flotar entre el sueño y la conciencia. En un momento, me tapé el ojo nuevo y llamé la atención del Ruiz. Cuando él me vio, quité lentamente la mano y le dije:
—Ah… quería que vos fueras la primera persona que yo viera con el ojo nuevo.
Después de eso tengo apenas fragmentos. Me monté al carro. Cerré los ojos. Recuerdo que al llegar a casa vi, entreabiertos, los portones del garaje abriéndose, y al fondo, como una bendición cálida, estaba Norma. Mi querida amiga Norma. Que cuida de mí con esa intensidad serena de quien no necesita demostrar nada. Ella había preparado una sopa de carne deliciosa, un caldo con papas y ternura. Me comí dos tandas. Y en ese instante pensé, medio en broma, medio en serio, que prefería infinitamente ese caldo casero, a cualquier chifrijo recalentado que tal vez el anestesista se comería esa noche.
Después de comer, fui a mi cama, agradecido, y me dormí profundamente. Hasta que Luis Cer vino a despertarme para ponerme las primeras gotas.
Me cambiaron las luces
(Entrada para el diario visual)
Hay un detalle del que me había dado cuenta, pero no había caído en cuenta —que no es lo mismo— hasta ayer, mientras esperábamos al anestesista.
La doctora me miró, sonriendo, como si ya supiera la respuesta, y me preguntó:
—¿Y qué? ¿Estás viendo más blanco?
Y ahí fue. En ese instante lo entendí. Lo había sentido, sí, pero no lo había comprendido del todo.
Antes de las operaciones, yo creía que veía normal. Con mis anteojos, claro. Con las dificultades nocturnas, con los reflejos molestos de las luces por la catarata, sí… pero en general, veía. El mundo tenía un tono, una luz, una forma de ser… que asumí como cierta. Como lo real. Como la verdad.
Pero después de que me operaron el primer ojo, pasó algo notable.
Si tapaba el ojo nuevo y miraba con el antiguo, todo era como siempre. Amarillo. Cálido. Un poco opaco. Como una fotografía vieja que sigue siendo bella. Pero si tapaba el ojo viejo y miraba con el nuevo… todo se volvía blanco.
No gris, no lavado. Blanco. Como si alguien le hubiera cambiado los bombillos a la vida. Como si hubiera pasado de un carro viejo a luces LED. Más claridad. Más contraste. Y una blancura que no sabía que me faltaba.
Yo pensaba que el blanco era el blanco que veía. Pero resulta que estaba viendo un blanco gastado. Un blanco desteñido por los años.
Hoy, con los dos ojos ya operados, el cambio es total.
Hoy, el mundo es blanco.
Los verdes son verdes de verdad. El verde claro es más intenso. Las paredes ya no tienen ese velo amarillento. La luz entra distinta. El día se ve más iluminado, como si alguien hubiera levantado la cortina completa.
No solo me cambiaron los lentes.
Me cambiaron las luces.
Y por eso, esta mañana, cuando miro… siento que no solo veo mejor. Siento que estoy viendo distinto. Como si el mundo fuera nuevo. O, tal vez, como si fuera yo quien ha vuelto a ver por primera vez.
Querido Dr. Ibañez:
En mi vida, he procurado estar despierto en los momentos más significativos: nacimientos, viajes, grabaciones, estudios… Esos instantes donde uno celebra poder ver, estar, vivir, y recordar.
Pero con usted, las cosas son distintas.
Me alegra profundamente saber que usted ha estado presente en momentos clave de mi historia. Y aunque suene paradójico, me hace aún más feliz saber que en su compañía, yo puedo estar profundamente dormido.
Esto no es una grosería, es un elogio. Un agradecimiento sincero. Porque usted fue quien cuidó mi anestesia en ambas cirugías de ojos. Quien prestó atención al detalle —ese que le compartí sobre lo rápido que metabolizo— y quien me sumió, con delicadeza y precisión, en un sueño seguro y profundo.
Dormí confiado. Y al despertar, en ambas ocasiones, lo supe: había sido usted quien cuidó de mí.
Gracias por su profesionalismo, su humanidad, y —no me cabe duda— también su cariño.
Espero sinceramente que haya disfrutado su chiflijo.
Con gratitud despierta, Vinicio Jarquin
Vinicio.
Me has aclarado muchas dudas, y seguro tu doctora tiene razón al decir que al paciente no hay que marearlo pues había muchas cosas que una no entendía cuando me explicaron mi cirugía.
Tenés mucha suerte de tener una doctora amiga que te haya hecho el procedimiento y como vos decís, sabe muy bien lo que necesitabas.
Seguiré leyéndote para ver «literalmente» como nos va a ir.
Un abrazo