
Durante la campaña electoral insistí muchísimo en una idea que para mí era importante sostener con claridad: Apacigua no existía para alimentar la polarización, sino para intentar bajarle un poco el volumen al país. Y eso incluía tanto a quienes querían continuidad política como a quienes no la querían. Mi posición personal era claramente anticontinuismo, y nunca lo escondí. Pero también tenía claro que una cosa era mi posición política personal… y otra muy distinta era convertir el espacio de Apacigua en una trinchera emocional permanente.
Por eso, una vez que las elecciones fueron certificadas por el Tribunal Supremo de Elecciones, dejé atrás la lógica electoral y me convertí simplemente en lo que soy: un costarricense demócrata que acepta los resultados aunque no necesariamente coincidan con sus preferencias personales. Porque esa es justamente la diferencia entre vivir la política como participación ciudadana… o vivirla como fanatismo.
Durante la campaña jamás dije públicamente por quién iba a votar. Me reuní con muchísimos candidatos presidenciales. Conversé con personas de prácticamente todas las corrientes políticas. Entrevisté diputados de diferentes fracciones. Y también defendí públicamente a personas de partidos distintos cuando sentí que estaban siendo atacadas injustamente. No tengo color político como identidad emocional permanente. Tengo pensamiento, criterio, afinidades, desacuerdos y una preferencia de voto que ejercí en privado como cualquier otro ciudadano. Pero siempre entendí que votar por alguien no significa entregarle la totalidad de tu identidad.
Y digo todo esto porque algunas personas intentan leer cada una de mis relaciones personales como si fueran una declaración partidaria.
Por ejemplo, mis visitas periódicas a la casa de don Óscar Arias.
Hay quienes ven eso y automáticamente concluyen que soy liberacionista. Y honestamente, me parece curioso cómo a veces reducimos las relaciones humanas a etiquetas políticas tan pequeñas. Porque si almuerzo con Juan Carlos Hidalgo, entonces algunos asumirán que soy del PUSC. Si comparto conversaciones o una copa de vino con Eugenia Alna o Virginia Calzada, otros asumirán otra cosa distinta. Y así sucesivamente. Como si conversar con alguien automáticamente implicara obedecerle ideológicamente.
La realidad es muchísimo más humana que eso.
Mi relación con don Óscar Arias es profundamente personal. Hay una afinidad genuina, una amistad real y una admiración humana que no depende exclusivamente de partidos políticos. Y lo digo con absoluta claridad y transparencia.
Me parece un costarricense sobresaliente.
Y no hablo aquí únicamente del expresidente o del premio Nobel. Hablo también de la persona. De alguien brillante, extraordinariamente inteligente, simpático, rápido para conversar, profundamente culto y con una capacidad de análisis que sigue impresionándome.
Entrar a esa casa siempre me genera una sensación muy particular. Es casi como entrar simultáneamente al pasado y al futuro. Al pasado, porque ahí están acumulados pedazos enormes de la historia contemporánea de Costa Rica: los premios, los reconocimientos, las fotografías, los libros, los doctorados, el Premio Príncipe de Asturias, el Nobel de la Paz, las conversaciones internacionales, los recuerdos de una época donde Costa Rica logró convertirse en referente mundial en temas de pacificación y desarme.
Pero también es una entrada al futuro.
Porque en medio de tantas discusiones superficiales que hoy dominan la política moderna, sentarse a conversar sobre paz, diplomacia, pensamiento, cultura, democracia y visión de país sigue siendo una experiencia profundamente vigente. Y honestamente, espero que nunca pase de moda hablar de esas cosas.
Mi amistad con don Óscar es cercana. Nos apreciamos muchísimo. Conversamos sobre política, actualidad, experiencias personales, historia, preocupaciones del país y temas cotidianos. Y quizá por eso me parece importante decir esto con naturalidad: admirar a una persona no significa convertirse automáticamente en una extensión política de ella. A veces la admiración nace simplemente de reconocer ciertas capacidades humanas que trascienden los partidos.
Porque más allá de que alguien esté o no de acuerdo con sus posiciones políticas, hay figuras que terminan ocupando un lugar importante dentro de la memoria emocional de un país. Y creo sinceramente que don Óscar Arias es una de ellas.
No por perfección. Ningún ser humano la tiene.
Sino porque hay personas cuya presencia deja huella en la historia… y también en quienes terminan encontrándose con ellas en el camino.