Cuando la política todavía se parece a la vida real

Conversando con Kathia Calvo Cruz, diputada 2026-2030 del Partido Pueblo Soberano
Hay entrevistas políticas que uno termina sintiendo como si estuviera escuchando un discurso aprendido. Respuestas correctas. Frases perfectamente calculadas. Declaraciones que parecen diseñadas para sobrevivir a titulares, redes sociales y recortes de video. Pero de vez en cuando aparece alguien que todavía responde desde otro lugar. Desde la experiencia. Desde la vida real. Desde la memoria de haber trabajado duro mucho antes de llegar a una oficina con aire acondicionado o a un curul legislativo.
Eso fue lo que sentí conversando con Kathia Calvo Cruz, diputada electa para el período 2026-2030 por el Partido Pueblo Soberano. Más allá de las posiciones políticas que cada persona pueda tener, hay algo profundamente humano en escuchar a alguien que todavía parece sorprendido por el lugar en el que está. Y honestamente, en tiempos donde la política muchas veces parece haberse convertido en una guerra permanente de egos, encontrarse con una voz que todavía habla de gratitud, responsabilidad y humildad, llama la atención.
Kathia describe su llegada a la Asamblea Legislativa como una mezcla de emoción, estrés, felicidad y aterrizaje emocional. Cuenta que, estando ya sentada en el curul, entendió verdaderamente el peso de la responsabilidad que ahora carga sobre los hombros. Habla del Congreso no como un escenario de poder glamoroso, sino como un espacio donde se define el rumbo del país y donde las decisiones terminan afectando la vida cotidiana de millones de personas. Y hay algo interesante en cómo lo expresa, porque no lo dice desde la grandilocuencia típica del político que quiere sonar histórico, sino desde alguien que parece todavía procesando internamente lo que significa estar ahí.
Una de las cosas que más me llamó la atención fue escucharla hablar sobre la dinámica interna del plenario. Le sorprende la cantidad de tiempo que se invierte en discursos incluso cuando varias fracciones están de acuerdo en apoyar un proyecto. Y aunque puede parecer un detalle pequeño, en realidad revela algo importante: la mirada de alguien que todavía llega desde afuera de la lógica política tradicional. Kathia observa ciertas costumbres legislativas casi como quien entra a una maquinaria antigua y se pregunta si realmente todas las piezas siguen teniendo sentido. No lo dice desde el irrespeto ni desde la confrontación, sino desde una lógica muy humana y práctica: si ya existe consenso, ¿por qué no avanzar más rápido y aprovechar mejor el tiempo? Esa pregunta, aparentemente simple, también deja ver a una mujer que todavía no ha normalizado completamente la teatralidad política que muchas veces domina los parlamentos.
Pero quizá una de las partes más reveladoras de la conversación aparece cuando habla del trato que recibe ahora como diputada. Kathia insiste varias veces en que es una mujer sencilla, una mujer que trabajó desde muy joven y que viene de las bases. Cuenta que ha sido educadora, oficial de policía, asesora, guarda de seguridad y que incluso limpió casas para salir adelante. No lo menciona como recurso dramático ni como estrategia populista evidente. Lo dice con naturalidad, casi como quien está tratando de explicarse a sí misma cómo terminó entrando a un mundo tan distinto al que conocía. Porque precisamente eso es lo que más parece impresionarle: el cambio abrupto entre la vida común y la vida institucional. Las atenciones constantes. La formalidad. Las facilidades. El hecho de que todo el mundo diga “jefa”. Ese contraste humano resulta interesante porque muchas veces el poder empieza a transformar a las personas precisamente cuando dejan de notar esas diferencias. Y en Kathia, al menos por ahora, pareciera existir todavía una conciencia bastante clara de que los privilegios no son para la persona… sino para la silla que ocupa.
Y honestamente, esa quizá fue la frase que más me hizo detenerme a pensar. Porque no es común escuchar a un político hablar tan abiertamente sobre el riesgo de despegarse del suelo. Kathia dice algo profundamente cierto: que muchas de las atenciones, halagos y cuidados que recibe no son necesariamente hacia ella como ser humano, sino hacia el cargo que representa. Y entender eso requiere cierto nivel de humildad emocional que no siempre aparece fácilmente cuando alguien entra en espacios de poder. Ella misma reconoce que necesita mantenerse aterrizada, recordar constantemente de dónde viene y no permitir que ese “mundo aparte” termine desconectándola de la realidad cotidiana de la gente. En una época donde muchas figuras públicas parecen convencerse rápidamente de su propia importancia histórica, escuchar a alguien decir que dentro de cuatro años esa silla simplemente será ocupada por otra persona, resulta refrescante.
También hay algo profundamente humano cuando habla de su familia. No responde desde el libreto frío del político tradicional que menciona “el núcleo familiar” como concepto abstracto. Habla como madre, como hija, como hermana mayor. Habla de cuidar a su mamá, de sus hermanas, de sus hijos, de sus nietos, de los amigos que considera familia escogida. Y aunque podría parecer una parte menor de la entrevista, en realidad dice muchísimo sobre la forma en que una persona entiende el poder. Porque hay políticos que llegan al cargo queriendo conquistar espacios. Otros llegan queriendo dejar huella. Y hay quienes parecieran llegar todavía conectados con la necesidad básica de proteger a los suyos y responderle con dignidad a quienes confiaron en ellos.
No sé cómo será Kathia Calvo dentro de cuatro años. Honestamente nadie lo sabe. El poder cambia personas. La exposición pública cambia personas. La presión política cambia personas. La Asamblea Legislativa es probablemente uno de los ambientes más complejos emocionalmente del país, porque mezcla ego, tensión, cámaras, ataques, negociaciones, cálculo político y desgaste constante. Pero precisamente por eso me pareció valioso capturar este momento. El instante donde todavía existe sorpresa. Donde todavía existe gratitud visible. Donde todavía existe cierta inocencia política mezclada con experiencia de vida. Porque quizá una de las cosas más interesantes de observar en la política no es solamente lo que las personas prometen hacer, sino cómo se sienten mientras están comenzando el camino.
Y en medio de una Costa Rica agotada de gritos, polarización y peleas permanentes, honestamente se agradece escuchar a alguien que todavía habla de respeto, cordialidad y esperanza sin necesidad de sonar artificial. Tal vez después la realidad política golpee más duro. Tal vez algunas ilusiones cambien. Tal vez el sistema termine absorbiendo ciertas cosas. O tal vez no. Pero mientras tanto, hay algo valioso en detenerse a observar estos primeros pasos humanos antes de que la maquinaria política termine de moldear completamente a quienes llegan a ella. Porque a veces, en medio de tanto análisis ideológico y tanta confrontación partidaria, olvidamos que detrás de cada curul sigue sentándose un ser humano tratando de entender el tamaño real de la silla que acaba de ocupar.