
Hay momentos políticos que terminan revelando cosas mucho más profundas que una simple reorganización de cargos. Momentos donde, silenciosamente, empiezan a cambiar los símbolos, las formas de dirigirse a alguien, los protocolos emocionales y hasta los títulos que una sociedad decide sostener… o dejar caer. Y creo que eso es exactamente lo que estamos viendo ahora. Tradicionalmente, en Costa Rica, quienes ocuparon la Presidencia de la República conservan una especie de dignidad protocolaria que sobrevive al paso del tiempo. Aunque ya no gobiernen, aunque ya no tengan poder ejecutivo real, aunque incluso pasen años alejados de la vida pública, el país suele seguir llamándolos “señor expresidente”. No solamente como un formalismo político, sino como una forma de reconocimiento histórico al hecho de haber ocupado el máximo cargo de la nación. Es un título curioso, porque no depende únicamente de la ley. Depende también de la cultura, de la costumbre y del respeto simbólico que la sociedad decide mantener.
Sin embargo, hoy nos encontramos frente a una coyuntura distinta. Particular. Casi inédita en la forma en que se está viviendo emocionalmente. Porque acabamos de ver salir del poder a quien gobernó el país durante cuatro años… para inmediatamente asumir un puesto como ministro dentro del nuevo gobierno. Y ahí, de pronto, los títulos empiezan a moverse. O más bien… empiezan a caer. Porque ya no se le llama “señor presidente”. Eso terminó constitucionalmente al dejar el cargo. Pero tampoco pareciera existir un uso particularmente fuerte o voluntario del “señor expresidente” dentro del discurso cotidiano actual. Y entonces ocurre algo muy interesante: muchas personas empiezan simplemente a llamarle “ministro”. Ni siquiera “señor ministro”. Solo ministro.
Y quizá eso revela algo mucho más humano de lo que parece a simple vista. Porque los títulos honorarios y los tratamientos de respeto no funcionan únicamente como normas protocolarias automáticas. También son expresiones emocionales y sociales. Cada persona, consciente o inconscientemente, decide cuánto peso simbólico le da a un título y cuánto desea usarlo. Hay quienes seguirán llamándolo “señor expresidente” por respeto institucional, por costumbre o por admiración personal. Y hay quienes, por razones políticas, emocionales o simplemente culturales, preferirán reducirlo a su cargo actual. Ninguna de las dos cosas cambia la realidad constitucional. Pero sí cambia el ambiente simbólico alrededor de la figura. Y honestamente, resulta fascinante observar cómo una decisión política puede alterar incluso la manera en que un país se refiere a alguien.
Porque al aceptar convertirse en ministro, de alguna manera también abandonó parcialmente esa distancia histórica que suele rodear a los expresidentes. Dejó de ser exclusivamente una figura del pasado político para volver a entrar activamente al juego cotidiano del poder. Y cuando alguien vuelve al terreno de la política activa, también vuelve al desgaste, a la confrontación y a la pérdida de cierta solemnidad simbólica que normalmente acompaña a quienes ya salieron del escenario principal. Tal vez por eso los títulos empiezan a sentirse más frágiles. Como hojas en otoño. No porque desaparezcan legalmente, sino porque el lenguaje social empieza a transformarlos según el momento político, emocional y cultural que vive el país.
Y quizá ahí aparece algo todavía más interesante: los títulos nunca pertenecen completamente a quien los ostenta. En cierta forma, pertenecen también a quienes deciden pronunciarlos. Porque el respeto protocolario puede escribirse en documentos… pero el respeto simbólico siempre termina siendo una decisión profundamente humana.