Cuando los adjetivos intentan pensar por ti

Esta mañana me encontré con un artículo de don Víctor Manuel Guillén Elizondo, a quien no conozco y nunca antes había leído, en el que habla de la señora Presidenta y de doña Patricia Solano, magistrada de la Sala Constitucional. Y más allá de las figuras públicas involucradas, hubo algo que me llamó profundamente la atención: la facilidad con la que una misma situación puede ser presentada desde perspectivas completamente distintas, incluso opuestas, y aun así lograr influir emocionalmente en quienes la leen.

Porque sí, todos tenemos derecho a tener opiniones. Todos interpretamos la realidad desde nuestros filtros, nuestras emociones, nuestras simpatías y nuestras experiencias. Hasta ahí, nada extraño. Lo preocupante empieza cuando el objetivo deja de ser compartir una interpretación y pasa a ser inducir emocionalmente al lector hacia una conclusión específica desde el primer párrafo, utilizando adjetivos tan cargados que prácticamente le dicen al subconsciente cómo debe sentirse antes incluso de entender lo ocurrido.

Y ahí es donde honestamente creo que estamos viviendo una parte importante del problema que hoy atraviesa nuestra sociedad.

Porque cuando uno intenta presentar un tema sin empujar emocionalmente a los demás hacia una conclusión específica, normalmente trata de cuidar el lenguaje. Trata de no llenar el texto de adjetivos grandilocuentes, absolutos, emocionalmente explosivos. Trata de permitir que el lector llegue a sus propias conclusiones sin sentir que alguien ya le escribió el guion emocional desde el primer párrafo. Pero aquí ocurre exactamente lo contrario. Y tal vez por eso el texto resulta tan interesante de observar.

Porque más que un análisis, parece una construcción emocional cuidadosamente dirigida hacia el subconsciente del lector. Casi como si estuviera narrado desde ciertas estructuras de lenguaje hipnótico o persuasivo que buscan instalar percepciones antes que abrir preguntas. Y no lo digo necesariamente como una acusación individual contra el autor, sino como una práctica que se ha vuelto cada vez más común en la comunicación política moderna.

Ahí es donde incluso uno empieza a recordar cómo funcionan ciertos mecanismos de persuasión profunda, ciertos patrones utilizados en comunicación emocional, en programación neurolingüística o incluso en estructuras narrativas que, utilizadas de determinada manera, terminan “fumigando” lentamente la percepción colectiva sin que muchas personas siquiera lo noten conscientemente. Y quizá precisamente por eso hoy estamos como estamos.

Porque llevamos años expuestos a discursos que ya no intentan únicamente informar o argumentar, sino provocar estados emocionales específicos. Admiración extrema. Rechazo extremo. Idolatría. Desprecio. Miedo. Euforia. Y cuando una sociedad permanece demasiado tiempo respirando ese tipo de lenguaje polarizado, eventualmente empieza a convivir desde ahí también.

El artículo inicia con una frase que no deja espacio para la neutralidad: “La sublimidad de la Presidenta y la petulancia de Patricia Solano”. En una sola línea ya quedó definido quién representa lo admirable y quién representa lo despreciable. El lector ni siquiera ha llegado a los hechos y ya fue emocionalmente direccionado. Y para reforzarlo todavía más, remata inmediatamente con otra frase: “De lo sublime a lo detestable”.

Ahí ya no estamos frente a un análisis. Estamos frente a una construcción emocional. Y eso merece ser observado con cuidado, porque este tipo de redacción no solo informa: condiciona. Utiliza palabras que no describen únicamente una conducta, sino que buscan instalar una sensación. “Sublime”. “Petulante”. “Detestable”. “Indecente”. “Mal educada”. “Impresentable”. Son términos tan emocionalmente cargados que prácticamente eliminan la posibilidad de que el lector llegue solo a sus propias conclusiones.

Y aquí quiero detenerme un momento, porque esto va mucho más allá de una magistrada o de una presidenta. Cuando una sociedad empieza a comunicarse únicamente desde la exaltación emocional, desde la humillación del otro o desde la glorificación exagerada de figuras políticas, el debate deja de ser debate y empieza a parecerse más a un proceso de programación emocional colectiva. Y probablemente ahí está parte del deterioro que hoy vivimos en redes sociales, en la política y hasta en las conversaciones cotidianas. Porque una cosa es admirar a alguien.

Y otra muy distinta es construirle un pedestal literario mientras destruyes humanamente a quien piensa distinto o simplemente protagonizó un momento incómodo.

Yo no conozco personalmente ni a la señora Presidenta ni a la magistrada Patricia Solano. Y precisamente por eso intento observar con un poco más de distancia emocional. No creo que una persona sea sublime por ocupar un cargo político, especialmente a pocas semanas de asumirlo. La admiración verdadera normalmente se gana con el tiempo, con resultados, con profundidad humana, con coherencia sostenida. Y tampoco creo que una magistrada merezca ser descrita como “detestable”, “indecente” o “de aspecto físico impresentable” simplemente porque alguien no comparte su comportamiento en una reunión institucional.

Y aquí hay un punto todavía más delicado. El artículo no se limita a cuestionar conductas. En varios momentos cruza hacia la humillación personal. Hablar del aspecto físico de una magistrada, ridiculizar su presencia o insinuar que alguien “vegeta” en su puesto no eleva el debate democrático. Lo degrada. Y cuando el lenguaje público se degrada, tarde o temprano la convivencia también se degrada con él.

De hecho, hubo una frase que me hizo detenerme particularmente. El autor escribe: “Admirable estuvo la reunión Poder Ejecutivo – Poder Judicial”. Y honestamente, ahí me pregunté si estábamos viendo la misma transmisión. Porque yo no vi una reunión admirable. Vi tensión. Vi confrontación. Vi momentos incómodos. Vi poderes de la República midiéndose públicamente. Y eso no necesariamente convierte el encuentro en bueno o malo, pero sí demuestra algo importante: la realidad puede interpretarse desde lugares profundamente distintos.

También llama a doña Laura “doña admirada y querida”. Y tal vez así sea para él. Tal vez la admire sinceramente. Tal vez incluso la conozca personalmente mucho más de lo que yo podría conocerla. Y no desestimo su derecho a sentir eso. Pero yo no la conozco y todavía no he visto elementos suficientes para otorgarle el título de “admirada”, al menos no todavía, a pocas semanas de asumir el cargo. Sí tengo esperanza. Sí tengo fe en que pueda llegar a ganarse ese lugar con el tiempo, con resultados y con liderazgo. Pero una cosa es tener esperanza… y otra muy distinta es convertir la admiración en un punto de partida obligatorio para todos los demás.

Y justamente por eso deberíamos ser todavía más cuidadosos con el lenguaje.

Porque cuando alguien escribe utilizando permanentemente adjetivos absolutos y emocionalmente explosivos, deja menos espacio para que el lector piense y más espacio para que simplemente reaccione. Y si algo necesita Costa Rica hoy, desesperadamente, es volver a pensar un poco más… y reaccionar un poco menos.

No estoy diciendo que no se pueda criticar a Patricia Solano. Claro que se puede. Tampoco digo que no se pueda admirar a Laura Fernández. Por supuesto que alguien puede hacerlo. El problema no está en la posición que cada quien tenga. El problema aparece cuando el lenguaje se convierte en un mecanismo de manipulación emocional más que en una herramienta de reflexión.

Y tal vez ahí está la gran pregunta de fondo que deberíamos empezar a hacernos todos, independientemente del partido político que apoyemos: ¿Estamos leyendo análisis… o estamos consumiendo emociones diseñadas para dirigir nuestra percepción?

Porque cuando el lenguaje deja de buscar comprensión y empieza a buscar obediencia emocional, la democracia se vuelve cada vez más frágil. Y quizá por eso hoy estamos como estamos. No solo por quienes gobiernan. Sino también por la forma en la que aprendimos a hablarnos unos a otros.

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