
Cuenta la historia que, en los primeros días de la nueva Asamblea Legislativa, la diputada Abril Gordienko estaba interviniendo sobre algún tema que honestamente ya ni recuerdo. Lo que sí recuerdo fue aquel momento en que, aparentemente confundida o nerviosa, miró hacia algunos diputados con quienes mantiene una especie de coalición y preguntó: “¿qué tenía que decir?”. Fue un instante breve. Humano. Incluso gracioso.
Pero no para todos.
Porque hay personas que viven esperando exactamente esos momentos. Personas que parecieran no construir su imagen a partir de su propio esfuerzo, sino a partir de las equivocaciones ajenas. Como si señalar un error les permitiera subir automáticamente un escalón moral, intelectual o político por encima del otro.
Y honestamente, creo que no funciona así.
Desde entonces, cada vez que doña Abril aparece en un video opinando sobre algún tema relacionado con su trabajo legislativo, nunca falta alguien que recuerde aquel momento para intentar reducirla a eso. Como si un instante de nervios, una frase atravesada o un pequeño error definiera por completo la capacidad de una persona.
Y aquí es donde me parece importante detenernos un momento.
Porque es muy fácil sentirse brillante viendo equivocarse a alguien más. Muy fácil sentirse superior desde la comodidad de una pantalla. Muy fácil burlarse de quien está expuesto mientras uno permanece cómodamente protegido detrás de un comentario, de un meme o de una publicación sarcástica.
Pero la verdadera pregunta es otra.
¿Cuántos de nosotros podríamos pararnos frente a 56 diputados, en ese salón, en ese edificio, en medio de cámaras, micrófonos, tensiones políticas y miradas esperando cualquier error… y hacerlo perfectamente?
Porque hablar desde la casa no es lo mismo que hablar desde la silla donde las decisiones pesan.
Y no, esto no se trata de defender partidos ni posiciones políticas. Se trata de algo más básico y más humano: entender que equivocarse no convierte automáticamente a una persona en incapaz, así como señalar errores ajenos no convierte automáticamente a nadie en superior.
Hay una especie de cultura muy instalada donde pareciera que algunos sienten que crecer significa reducir al otro. Que exhibir defectos ajenos equivale a demostrar inteligencia propia. Que humillar públicamente a alguien da estatus. Pero los logros reales no funcionan así.
Los logros verdaderos se construyen con trabajo, preparación, disciplina y resultados propios. No acumulando clips de errores ajenos para sentirse más grande por unos minutos.
Y honestamente, hay algo bastante triste en una sociedad que disfruta más viendo caer a alguien que viendo a alguien mejorar.
Porque todos, absolutamente todos, tenemos momentos torpes. Frases equivocadas. Nervios. Confusiones. Días malos. La diferencia es que algunos los viven frente a millones de ojos… y otros tienen el privilegio de equivocarse en privado.
Tal vez por eso haríamos bien en bajar un poco la velocidad con la que juzgamos a los demás. Porque cuando una sociedad convierte cada error humano en una condena permanente, lo que termina creciendo no es la excelencia… sino el miedo.
Y una democracia donde todos tienen miedo de equivocarse públicamente termina llenándose de discursos vacíos, cuidadosamente calculados, donde nadie dice nada auténtico por temor a convertirse en el próximo objetivo del entretenimiento colectivo.
Quizás ya es hora de recordar algo simple: los errores humanos no deberían ser utilizados como escalones para el ego de nadie.