Chuparse el dedo nivel dios

Desde que la campaña electoral empezó, casi todos creíamos que entendíamos perfectamente lo que estaba ocurriendo. Hacíamos análisis, pronósticos, cálculos, escenarios. Quién ganaría. Quién quedaría fuera. Si tendríamos segunda ronda. Si tal alianza serviría o no serviría. Y mientras más hablábamos, más sentíamos que entendíamos el tablero. Pero la realidad terminó siendo otra. Y quizá una de las lecciones más incómodas de este proceso es aceptar que no éramos tan buenos analistas como pensábamos. Que mientras sentíamos que teníamos el panorama bajo control, el país ya venía caminando hacia otro lugar desde hacía mucho tiempo.

Porque Costa Rica no se convirtió en lo que es hoy el día de las elecciones. Las elecciones de febrero no cambiaron al país. Más bien confirmaron algo que venía cocinándose desde hacía cuatro años. El resultado no nació ese domingo. Ese domingo solo se destapó el frasco.

Y aquí es donde aparece una imagen que no me deja de dar vueltas en la cabeza. Mucha gente se quejaba del sabor ácido, fuerte o hasta amargo del kéfir. Las conferencias de prensa. El estilo. El tono. El espectáculo. Pero mientras todos discutíamos el sabor… los lactobacillus seguían creciendo silenciosamente dentro del frasco. Alimentándose. Expandiéndose. Multiplicándose dentro de la leche sin que casi nadie prestara atención al tamaño real de la masa que se estaba formando. Cuatro años completos creciendo. Cuatro años fermentando el ambiente social, político y emocional del país. Y aun así, muchos suponíamos que el primero de febrero íbamos a probar yogurt dulce. Como si el contenido pudiera cambiar mágicamente solo porque cerrábamos los ojos y lo deseábamos con fuerza.

Pero el yogurt nunca llegó.

Después vino la siguiente etapa. La de las esperanzas inútiles que uno escucha repetirse como mantras para tranquilizarse. “Ojalá se desmarque.” “Ojalá se independice.” “Ojalá modere el tono.” “Ojalá ya en gobierno sea distinto.” Pero tampoco pasó. Luego apareció la otra ilusión: “Ojalá fulano se vaya del país.” Y no solo no se fue, sino que terminó convertido casi en un superministro con dos ministerios, mientras alrededor parecieran dibujarse cuatro poderes sobresalientes en vez de tres. Y aun así, seguimos entretenidos mirando hacia donde nos señalaban.

Porque mientras algunos nos lanzaban piedritas hacia la derecha para mantenernos reaccionando emocionalmente, indignándonos o celebrando cosas pequeñas, tal vez lo verdaderamente importante se seguía armando hacia la izquierda, en silencio, debajo de la mesa, lejos de donde estábamos mirando. Y esa es quizá una de las sensaciones más incómodas de todas: descubrir que tal vez nunca tuvimos el control que creíamos tener. Ni siquiera el del voto. Porque cuando una corriente cultural, emocional y política lleva años creciendo, el día de la elección muchas veces no decide tanto como creemos. Solo revela el tamaño del río.

La pregunta ya ni siquiera parece ser si ocurrirá o no, sino en qué orden seguirán las demás piezas. ¿CCSS? ¿BCR? ¿UCR? No lo sé. Pero da la impresión de que poco a poco irán cayendo una tras otra, siempre envueltas en discursos sobre modernización, eficiencia o salvación nacional. Porque así funcionan muchas veces estas cosas. Primero te convencen de que algo está podrido. Después te convencen de que destruirlo es reconstruirlo. Y finalmente te hacen sentir ingenuo si dudas. “Ya está bueno con los monopolios”, me dijo alguien hace poco. Y otra señora me dijo algo todavía más fuerte: “Si la Caja quiebra, el gobierno se va a encargar de nuestra salud.” Y uno escucha eso y entiende que el verdadero cambio no ocurrió en las urnas. Ocurrió antes, en la cabeza de millones de personas.

Entonces aparecen las preguntas incómodas. ¿Y ahora qué? ¿Marchas? ¿Huelgas? ¿Peleas en redes sociales? ¿Malacrianzas digitales? ¿Guiños políticos? ¿Enseñarles el dedo? ¿Dejar de hablarles a familiares? ¿Jalarles las trenzas como hacía mi mamá en la escuela? Honestamente, creo que nada de eso va a funcionar. Porque hay momentos históricos donde el ruido deja de tener capacidad de cambiar las cosas y solo sirve para hacernos sentir momentáneamente menos impotentes.

Tal vez lo único que queda ahora es observar. Ver. Identificar. No por venganza. No para odiar. No para perseguir a nadie. Sino simplemente para entender quiénes viven alrededor nuestro. Quiénes hablaban fuerte cuando era cómodo hacerlo y quiénes seguirán hablando cuando llegue la hora difícil. Porque una cosa es gritar cuando todo el grupo aplaude, y otra muy distinta mantener la voz cuando llegan “la hora de los balazos”, aunque sea en sentido simbólico.

Y por eso el martes importa. Importa muchísimo. Porque cada voto de cada diputado empezará a dibujar con más claridad quién es quién realmente. No el personaje de campaña. No el discurso de TikTok. No el héroe de Facebook. El verdadero. El que levanta o baja la mano cuando llega el momento de decidir cosas reales. Y tal vez, solo tal vez, el martes empecemos a entender qué se habló realmente en Zapote.

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