
Esta noche, conversando con Luis Fer sobre la situación social de Costa Rica, terminamos llegando a una reflexión bastante triste. Hablábamos de cómo ha cambiado el comportamiento del país, de la forma en que nos relacionamos, de la violencia cotidiana, del enojo permanente y de cómo pareciera que poco a poco hemos ido perdiendo algo que antes nos definía casi naturalmente: la capacidad de convivir sin destruirnos emocionalmente unos a otros. En medio de la conversación apareció una frase que me dejó pensando mucho. Luis Fer me decía que Costa Rica necesita un líder que vuelva a hablar de valores, de familia, de comportamiento humano y de nuestras raíces. No desde el fanatismo religioso ni desde la moralina vacía, sino desde algo mucho más básico: volver a enseñarnos cómo convivir.
Y honestamente, creo que entendí perfectamente lo que quería decir. Porque hubo una época donde “pura vida” no era solamente una frase turística ni un eslogan para vender café o camisetas. Era casi una forma de relacionarnos. Una manera de bajar la intensidad. Una identidad emocional del país. El problema es que hoy muchas personas siguen diciendo “pura vida” mientras viven llenas de rabia, agresividad, resentimiento o necesidad constante de confrontación. Y ahí es donde el término deja de representar una realidad para convertirse solamente en una costumbre verbal. Porque uno no puede llamarse “pura vida” mientras disfruta humillando a otros en redes sociales. Uno no puede llamarse “pura vida” mientras vive alimentando odio político todo el día. Uno no puede llamarse “pura vida” mientras normaliza burlarse, destruir reputaciones o celebrar la caída emocional de los demás.
Tal vez por eso le decía a Luis Fer que estamos todavía a generaciones de volver a ser lo que fuimos. Porque recuperar valores sociales no ocurre de un día para otro. No ocurre con un discurso bonito ni con una campaña publicitaria. Ocurre cuando una sociedad toca fondo emocionalmente y finalmente entiende que algo importante se perdió en el camino. Y honestamente, creo que Costa Rica todavía no termina de aceptar completamente cuánto ha cambiado. Hemos probado el sabor de la sangre. Y cuando una sociedad descubre que la confrontación genera aplausos, likes, atención y sensación de poder, empieza a acostumbrarse peligrosamente a vivir desde la rabia. Poco a poco la agresividad deja de sentirse incómoda y empieza incluso a generar satisfacción emocional. Eso es lo que más me preocupa.
Porque una vez que una sociedad se acostumbra al conflicto permanente, volver a la calma empieza a sentirse aburrido. La moderación empieza a verse débil. La prudencia empieza a verse tibia. Y el respeto empieza a confundirse con falta de carácter. En medio de todo eso, Luis Fer me decía algo interesante. Él siente que mucho podría depender de la posición que asuma la presidenta Laura Fernández frente al conflicto reciente con Panamá. Cree que un gesto honesto, elegante y conciliador podría convertirse en un punto importante de retorno emocional para el país. Y honestamente, creo que podría tener razón.
Porque más allá de posiciones políticas, sí percibo en doña Laura un liderazgo más carismático, más emocional y más cercano a la gente que el de su predecesor. Y precisamente por eso, ella podría tener una oportunidad muy particular: ayudar a bajar nuevamente la temperatura emocional del país. No desde la debilidad. No desde la sumisión. Sino desde la madurez. Porque los países también necesitan líderes que enseñen a convivir. No solamente a gobernar. Y quizás ahí exista una oportunidad histórica importante. Tal vez Costa Rica no necesita únicamente más fuerza, más confrontación o más discursos de pelea. Tal vez también necesita alguien capaz de recordarnos quiénes éramos antes de acostumbrarnos a vivir permanentemente enojados.
Porque recuperar el “pura vida” probablemente no dependerá solamente de la economía, de la seguridad o de la política. Dependerá también de recuperar algo mucho más profundo: la forma en que volvemos a mirarnos entre nosotros mismos.