Cuando los mensajes no parecen ir en la misma dirección

En política, muchas veces lo más interesante no es lo que se dice, sino lo que ocurre alrededor de lo que se dice. Y durante las últimas horas apareció una combinación de noticias que, al menos desde afuera, inevitablemente empieza a generar preguntas.

Por un lado, la presidenta Laura Fernández anunció con fuerza que asumirá personalmente el liderazgo de reuniones semanales de seguridad para enfrentar el crimen organizado. El mensaje fue contundente. Habló de recuperar la paz de las familias costarricenses, de coordinar directamente a los distintos cuerpos policiales y de colocarse ella misma al frente del proceso. Incluso utilizó una frase que dejó clara la intención política del momento: “La pelea es peleando”.

Y honestamente, mucha gente quería escuchar algo así. Porque Costa Rica vive una sensación creciente de inseguridad, de desgaste, de preocupación constante. La gente quiere sentir que alguien está tomando el control, que existe dirección, que hay liderazgo y urgencia frente a un problema que dejó de sentirse lejano hace mucho tiempo.

Pero casi al mismo tiempo apareció otra noticia que inevitablemente genera cierto ruido interno en la conversación pública. El Ministerio de Hacienda mantendrá congelados más de ocho mil millones de colones destinados al OIJ y al Ministerio Público, recursos que habían sido aprobados precisamente para fortalecer la lucha contra el crimen mediante nuevas plazas, equipamiento y operación institucional.

Y ahí es donde aparece la pregunta. No como acusación. No como teoría. No como afirmación. Sino como una duda legítima que probablemente muchos ciudadanos empiezan a hacerse en silencio.

¿Está completamente alineado el gobierno en materia de seguridad?

Porque desde afuera pareciera existir una tensión extraña entre el discurso político y las decisiones presupuestarias. Por un lado, se anuncia una ofensiva frontal contra el crimen organizado. Por otro, se mantienen retenidos recursos para instituciones encargadas justamente de combatirlo.

Y claro, podrían existir explicaciones técnicas válidas. Hacienda podría tener razones fiscales legítimas. Podría tratarse de criterios presupuestarios completamente racionales dentro de una estrategia financiera más amplia. Eso también hay que decirlo con honestidad.

Pero incluso entendiendo eso, la percepción pública sigue siendo importante. Porque la ciudadanía no siempre analiza el Estado desde tecnicismos presupuestarios. Lo observa desde señales. Desde mensajes. Desde coherencia.

Y cuando una presidenta comunica que la seguridad es la prioridad número uno, mientras simultáneamente el Ministerio de Hacienda mantiene congelados fondos destinados al OIJ y la Fiscalía, naturalmente aparece una sensación de contradicción que cuesta ignorar.

Tal vez no exista ningún conflicto interno. Tal vez exista coordinación absoluta. Tal vez todo forme parte de una estrategia mucho más compleja de lo que el público alcanza a ver.

Pero precisamente ahí es donde vale la pena observar con atención, porque muchas veces el verdadero funcionamiento del poder no se revela únicamente en conferencias de prensa ni en discursos contundentes. Muchas veces aparece en algo mucho más silencioso: el presupuesto.

Porque gobernar no es solamente anunciar prioridades. También es asignar recursos. Y a veces, las diferencias más importantes dentro de una administración no aparecen en las palabras que se pronuncian frente a las cámaras, sino en las decisiones que determinan hacia dónde fluye —o no fluye— el dinero del Estado.

Por eso quizás la pregunta más importante no es si existe una pugna interna entre figuras del gobierno. Tal vez eso todavía nadie lo sabe realmente. La pregunta más interesante, y probablemente más útil para el país, es otra:

¿Puede una estrategia de seguridad funcionar plenamente cuando los mensajes políticos y las señales presupuestarias parecen ir en direcciones distintas?

Tal vez sí. Tal vez no. Pero definitivamente es una conversación que Costa Rica empezará a mirar cada vez con más atención.

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