Es Costa Rica homófoba

El problema no es ser conservador. El problema es el odio.

Hay algo que Costa Rica necesita empezar a diferenciar con muchísima más madurez. Una cosa es tener valores conservadores, creencias religiosas o una visión distinta sobre ciertos temas sociales. Y otra muy distinta es desarrollar comportamientos homófobos disfrazados de moralidad, de “opinión” o incluso de humor. Porque honestamente, una sociedad empieza a enfermarse emocionalmente cuando convierte la humillación de otros seres humanos en entretenimiento colectivo.

Y sí, sé que este tema incomoda muchísimo. Porque apenas uno menciona la homofobia, inmediatamente aparecen personas diciendo: “Ahora no se puede opinar”, “ahora todo ofende”, “yo tengo derecho a pensar distinto”. Y claro que sí. Por supuesto que existe el derecho a pensar distinto. El problema nunca ha sido pensar distinto. El problema aparece cuando algunas personas sienten necesidad de burlarse, despreciar, ridiculizar o tratar como inferiores a otros seres humanos simplemente por su orientación sexual o por cómo expresan su identidad. Porque ahí ya no estamos hablando de valores. Estamos hablando de violencia emocional disfrazada de normalidad.

Recientemente alguien hizo un comentario insinuando que un diputado de la República era homosexual. Y honestamente, lo más revelador no fue el comentario original. Lo verdaderamente revelador fue la avalancha posterior. Decenas, quizá centenas de comentarios de hombres y mujeres tratando desesperadamente de encontrar la frase más hiriente posible, como si hubieran encontrado una nueva oportunidad colectiva para destruir a otro ser humano. Y mientras leía aquello, pensé algo profundamente triste: hay personas cuyo corazón se acostumbró tanto a escupir basura, que ya ni siquiera notan el nivel de podredumbre emocional desde donde hablan. Porque muchas veces eso fue lo que recibieron durante años. Humillación. Burla. Agresión. Violencia verbal convertida en cultura cotidiana. Y ahora simplemente la replican como si fuera normal.

Pero también observé otra cosa todavía más curiosa. Muchos hombres parecían aprovechar el momento para declarar públicamente su heterosexualidad, casi como si estuvieran rindiendo examen frente a otros hombres. Y honestamente, uno termina preguntándose algo muy humano: ¿por qué alguien siente tanta necesidad de reafirmarse en redes sociales? ¿A qué le tienen miedo exactamente? ¿Por qué sienten que si no participan de la burla podrían parecer homosexuales ante quienes los conocen? Porque una persona emocionalmente tranquila con su identidad no necesita demostrarla desesperadamente cada vez que aparece un tema relacionado con diversidad sexual.

Hubo un señor particularmente interesante. Escribió un comentario con varias faltas de ortografía diciendo que él “ya se había dado cuenta” de que el diputado era gay. Y honestamente, mi primer pensamiento no tuvo nada que ver con la sexualidad del diputado. Mi pensamiento fue otro: tal vez este señor debería dejar de compararse sexualmente con ese diputado y empezar a compararse intelectualmente. Compararse con alguien que habla en la Asamblea Legislativa, que estructura discursos, que prepara proyectos de ley, que participa en debates nacionales y que probablemente ha desarrollado capacidades profesionales muy superiores a las suyas. Y quizá ahí aparece algo incómodo: tal vez algunas personas necesitan rebajar a otros en el plano personal porque no logran sentirse suficientes cuando los comparan en otras áreas de la vida. Porque el desprecio muchas veces funciona como anestesia emocional para la propia inseguridad.

Y luego apareció otro comentario todavía más revelador. Una señora escribió algo como: “Con esa carita, tenía que ser gay.” Y honestamente, cuando vi la fotografía de la señora, otra cosa fue la que me imaginé yo también… si se me permite hacer el mismo tipo de juicio superficial y cruel que ella acababa de utilizar contra otra persona. Y ahí entendí algo importante: todos podríamos destruirnos mutuamente si empezamos a juzgarnos desde la burla física, la insinuación o la humillación. Todos. Absolutamente todos tenemos vulnerabilidades, inseguridades o características que podrían convertirse en blanco del desprecio colectivo si la sociedad decidiera actuar desde la crueldad.

Por eso el problema nunca ha sido solamente la homosexualidad. El problema es el placer emocional que algunas personas sienten cuando creen tener permiso social para humillar. Porque hay momentos donde pareciera que ciertas personas no están defendiendo valores ni moralidad. Están disfrutando la oportunidad de sentirse superiores por unos minutos.

Y aquí es donde probablemente hace falta muchísima más honestidad emocional colectiva. Porque algunas conductas homófobas no nacen solamente de creencias religiosas o culturales. A veces nacen del miedo. Del miedo a lo diferente. Del miedo al cuestionamiento social. Del miedo a perder una identidad construida alrededor de ciertos conceptos rígidos de masculinidad, poder o “normalidad”. Y otras veces nacen simplemente de la costumbre. Personas que crecieron escuchando burlas, chistes humillantes o expresiones ofensivas y terminaron normalizando una violencia que nunca se detuvieron a cuestionar.

Pero que algo haya sido normal durante años no significa que haya sido sano.

Costa Rica tiene derecho a discutir temas sociales. Claro que sí. Tiene derecho a debatir ideas, leyes, enfoques educativos y modelos culturales. Eso es parte de cualquier democracia sana. Pero una cosa es debatir ideas… y otra muy distinta es degradar personas. Porque cuando el debate pierde humanidad, deja de ser debate y empieza a convertirse en agresión emocional colectiva.

Y honestamente, creo que aquí también hay un tema profundamente masculino que pocos hombres se atreven a hablar. Muchos crecimos en ambientes donde demostrar sensibilidad podía ser motivo de burla. Donde cualquier gesto considerado “femenino” era castigado socialmente. Donde había que endurecerse para sobrevivir al grupo. Y quizá por eso algunos hombres reaccionan con tanta violencia hacia quienes rompen esos moldes. Porque en el fondo, la existencia visible de alguien diferente confronta silenciosamente años de represión emocional aprendida.

Y ojo, esto no significa que todo el que piense distinto sea automáticamente homófobo. Ese también sería un error simplista. Hay personas conservadoras profundamente respetuosas. Personas religiosas capaces de tratar con dignidad y respeto a quienes viven distinto. Personas que no comparten ciertas posturas, pero tampoco sienten necesidad de humillar a nadie. Y honestamente, esa diferencia importa muchísimo. Porque el problema nunca ha sido la diferencia de pensamiento. El problema aparece cuando la diferencia se convierte en desprecio.

Apacigua no se trata de obligar a nadie a pensar igual. Se trata de observar qué pasa dentro de nosotros cuando otra persona vive distinto a como nosotros viviríamos. ¿Por qué algunas diferencias generan tanto enojo? ¿Por qué ciertas personas sienten necesidad de ridiculizar? ¿Qué inseguridad interna se activa? ¿Qué miedo aparece? Porque muchas veces el odio dice más sobre quien odia… que sobre quien recibe el odio.

Y quizá una sociedad verdaderamente madura no es aquella donde todos piensan igual. Quizá es aquella donde las personas aprenden a convivir sin necesidad de destruirse emocionalmente unas a otras.

Y al final de todo esto, entre la publicación y los cientos de comentarios, aparece algo curiosísimo. Solo había una persona homosexual visible en toda la conversación: el personaje principal de la publicación. Pero leyendo muchas de las reacciones, uno casi termina preguntándose si este país está lleno de homosexuales ocultos o de personas que todavía no han logrado asumir completamente su sexualidad. Porque honestamente, mientras más necesidad tiene alguien de gritarle al mundo “yo soy muy heterosexual”, más preguntas termina despertando. Una persona tranquila con quien es, normalmente no necesita entrar en pánico público cada vez que aparece un tema relacionado con diversidad sexual.

Y quizá ahí existe una reflexión todavía más incómoda. Porque para asumir cualquier sexualidad —sea heterosexual, homosexual o cualquier otra— hace falta algo que no todo el mundo tiene: valentía emocional. Hace falta conocerse. Hace falta honestidad interna. Hace falta dejar de actuar para el grupo y empezar a vivir desde la autenticidad. Y honestamente… para eso también hay que ser muy hombre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio