Cuando votar también es hacerse responsable

Hay algo que me viene llamando profundamente la atención desde las elecciones. Y no lo digo desde la burla, ni desde el resentimiento político, ni siquiera desde la necesidad de tener razón. Lo digo desde la observación humana. Desde tratar de entender cómo funciona emocionalmente una sociedad cuando toma decisiones enormes… y luego parece sorprenderse por las consecuencias de esas mismas decisiones.

Hoy alguien me escribió algo que honestamente me dejó pensando mucho. Me decía que votó por Laura, pero que si las cosas se salían de control, “el pueblo podía pararse”. Que todavía se podía detener cualquier eventualidad. Y mientras leía eso, sentí una mezcla extraña entre preocupación y desconcierto. Porque pareciera que muchas personas todavía no terminan de entender completamente lo que significa un proceso electoral. En Costa Rica no estamos eligiendo un programa de prueba gratuito que se puede cancelar a la semana siguiente si no gustó. Estamos eligiendo el rumbo de un país durante cuatro años completos. Cuatro años donde se nombran personas, se toman decisiones, se impulsan proyectos, se modifican instituciones y se generan consecuencias que muchas veces no se pueden revertir fácilmente después.

Y honestamente, aquí es donde empieza la parte incómoda de la conversación.

Porque sí había información. Sí había advertencias. Sí existían señales. Sí había suficientes elementos para que cada persona analizara con profundidad lo que estaba ocurriendo. Y aun así, la mayoría decidió avanzar en esa dirección. Entonces ahora, apenas unos pocos meses después, empiezan a aparecer frases como “hay que detenerlos”, “hay que levantarse”, “esto no era lo que esperábamos”, “se están pasando”, “nos engañaron”. Y uno inevitablemente se pregunta: ¿qué pensaron, si es que realmente se detuvieron a pensar antes de votar?

Porque muchas veces pareciera que las elecciones modernas dejaron de ser ejercicios de reflexión y se convirtieron en reacciones emocionales colectivas. La gente vota desde el enojo, desde el cansancio, desde TikTok, desde el meme, desde el ataque al adversario, desde la emoción del momento o desde la sensación de pertenecer a una tribu. Y luego, cuando la emoción baja y empiezan a aparecer las consecuencias reales, aparece también el arrepentimiento. Pero ya no estamos hablando de una mala compra impulsiva o de una publicación desafortunada en redes sociales. Estamos hablando del destino institucional, económico y social de un país entero.

Y aquí es donde probablemente mucha gente se moleste conmigo, pero creo que también hace falta decir algo con claridad: la democracia no consiste solamente en tener derecho a votar. También implica hacerse responsable del voto emitido. Porque si una sociedad vota emocionalmente y después pretende sorprenderse por resultados previsibles, entonces estamos convirtiendo la política en una especie de juego donde nadie quiere asumir las consecuencias de sus propias decisiones.

A veces pareciera que algunas personas creen que pueden votar por discursos agresivos, polarizantes o destructivos, pero esperar después un gobierno equilibrado, técnico y prudente. Y no siempre funciona así. Lo que se premia electoralmente termina fortaleciéndose políticamente. Esa es la realidad. Cuando una sociedad aplaude ciertos tonos, ciertas actitudes o ciertas promesas, también está autorizando implícitamente el tipo de país que podría construirse desde ahí.

Y ojo, esto no significa que un ciudadano pierda el derecho a cuestionar después. Por supuesto que no. Criticar, fiscalizar y exigir sigue siendo sano y necesario. Pero también hace falta un poquito más de honestidad emocional colectiva. Porque no todo puede convertirse después en “yo no sabía”, “esto no era”, “nadie imaginó”. Muchas veces sí se sabía. Muchas veces sí había señales. Muchas veces simplemente ganó la emoción sobre la reflexión.

Y quizá ese es uno de los grandes problemas de nuestra época. Nos acostumbramos a reaccionar rapidísimo, pero nos cuesta muchísimo sostener la responsabilidad de lo que elegimos.

Tal vez por eso Apacigua insiste tanto en detenerse antes de reaccionar. Porque un país emocionalmente impulsivo puede tomar decisiones muy delicadas creyendo que está resolviendo algo, cuando en realidad solamente está trasladando su frustración hacia una urna. Y después vienen los años largos. Los nombramientos largos. Las consecuencias largas.

Cuatro años no son un instante.

Y quizá la próxima vez que Costa Rica vuelva a votar, más allá del enojo, del carisma, del algoritmo o del miedo, deberíamos hacernos una pregunta muchísimo más incómoda y muchísimo más madura:

¿Estoy votando pensando en el país… o solamente reaccionando emocionalmente contra alguien?

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