El dinero del Estado no funciona así

Hay una frase que aparece constantemente cada vez que ocurre algún escándalo, alguna condena contra el Estado o algún pago millonario ordenado por los tribunales.
«Ahora esto lo vamos a pagar nosotros con nuestros impuestos.»
Y aunque la frase contiene una parte de verdad, también contiene una enorme simplificación que muchas veces termina confundiendo más de lo que aclara.
Porque sí, el Estado obtiene gran parte de sus recursos de los impuestos que pagan los ciudadanos. Eso es cierto. Pero cuando aparece una condena judicial, una indemnización o un gasto extraordinario, no significa que mañana vayan a tocar la puerta de tu casa para cobrarte un monto adicional por ese caso específico.
El Estado no funciona como una colecta vecinal donde se reparte una factura entre todos los presentes.
El Estado ya tiene un presupuesto. Ya recauda impuestos. Ya administra recursos. Y cuando surgen obligaciones nuevas, tendrá que decidir cómo las incorpora dentro de sus finanzas, cómo redistribuye partidas o cómo enfrenta esos compromisos económicos.
Por supuesto que, en términos generales, todos contribuimos al funcionamiento del Estado mediante impuestos, tasas y contribuciones. Pero eso es muy distinto a decir que una condena específica la estás pagando tú personalmente.
Y algo parecido ocurre con otra frase muy popular. Cuando algún funcionario público toma una decisión cuestionable, atiende mal a una persona o aparece involucrado en una polémica, nunca falta quien le diga: «Yo le pago el salario.» Y nuevamente, la frase suena poderosa, pero tampoco es exactamente correcta. Tú no le pagas directamente el salario a un funcionario público.
El salario lo paga el Estado. Tú cumples con tus obligaciones tributarias como ciudadano. Igual que millones de personas más. Luego el Estado recauda esos recursos y los utiliza para financiar carreteras, escuelas, hospitales, policías, jueces, funcionarios públicos y cientos de servicios más. Es parecido a lo que ocurre cuando vas a un restaurante.
Nadie entra a un restaurante y le dice a la persona que atiende la caja: «Yo le pago el salario.» No. Tú pagas por el producto o servicio que estás recibiendo. Después la empresa administra sus ingresos y paga salarios, alquileres, electricidad, proveedores y todos los demás gastos necesarios para funcionar.
Con el Estado ocurre algo parecido, aunque en una escala muchísimo más grande y compleja.
Esto no significa que los funcionarios públicos no deban rendir cuentas. Por supuesto que deben hacerlo. Tampoco significa que los ciudadanos no tengan derecho a exigir eficiencia, transparencia y buen uso de los recursos públicos. Claro que lo tienen.
Pero quizá sería útil abandonar algunas frases que suenan muy bien en redes sociales y empezar a entender un poco mejor cómo funcionan realmente las finanzas públicas.
Porque una ciudadanía informada siempre tiene más herramientas para fiscalizar al poder que una ciudadanía que solamente repite consignas.
Y a veces la diferencia entre comprender un problema y simplemente indignarse está precisamente ahí: en entender cómo funcionan las cosas antes de reaccionar a ellas.
Y quizá hay algo más que vale la pena recordar.
Los impuestos no son una especie de membresía que convierte a cada ciudadano en jefe directo de cada funcionario público. Son el mecanismo mediante el cual una sociedad financia colectivamente los servicios, instituciones y estructuras que decidió construir para sí misma.
Eso no te convierte en patrón de un policía, de un médico de la Caja, de un profesor o de un juez. Te convierte en ciudadano. Y ser ciudadano implica derechos, pero también responsabilidades. Implica fiscalizar, exigir transparencia y pedir cuentas cuando corresponde. Pero también implica comprender cómo funciona aquello que estamos criticando.
Porque cuando repetimos frases simplificadas una y otra vez, terminamos creyendo que entendemos temas complejos simplemente porque encontramos una consigna que suena bien. Y las consignas pueden servir para ganar discusiones. Pero rara vez sirven para entender la realidad.