Cuando las consignas cambian de dueño

Hubo una época reciente en la que una frase aparecía prácticamente todos los días en las redes sociales, en discursos políticos y en conversaciones públicas: “la red de cuido”.
Se utilizaba para señalar nombramientos de personas vinculadas a distintos partidos políticos dentro de instituciones públicas, juntas directivas, embajadas o cargos de confianza. Quienes utilizaban la expresión sostenían que existía una estructura destinada a protegerse mutuamente sin importar quién ocupara formalmente el poder.
La frase se volvió tan popular que terminó funcionando casi como una respuesta automática. Bastaba mencionar a una persona proveniente de otra administración para que alguien apareciera escribiendo: “red de cuido”. Y, sin embargo, algo curioso ocurrió con el paso del tiempo. La frase empezó a desaparecer.
No porque desaparecieran los nombramientos políticos. Tampoco porque dejaran de existir personas cercanas al poder ocupando puestos estratégicos. Lo que cambió fue otra cosa: el color político de quienes realizaban esos nombramientos.
De pronto aparecieron situaciones que, vistas desde afuera, podrían encajar perfectamente dentro de la definición que antes se utilizaba con tanta frecuencia. Un expresidente convertido en ministro. Personas cercanas al poder ocupando cargos diplomáticos. Figuras cuestionadas recibiendo nombramientos importantes. Diputados protegidos por inmunidades o procedimientos que muchos ciudadanos consideran polémicos. Y entonces ocurrió algo fascinante.
Muchos de quienes antes repetían constantemente la expresión dejaron de usarla. No porque hubieran cambiado de opinión sobre el concepto. Simplemente porque ahora la frase apuntaba en una dirección incómoda.
Por supuesto, todavía aparecen algunos usuarios en redes sociales utilizándola contra cualquier adversario político. Pero cada vez resulta más evidente que ya no están describiendo un fenómeno. Están repitiendo una consigna. Y ahí es donde la reflexión se vuelve interesante.
Porque una democracia sana necesita ciudadanos que analicen los hechos con el mismo criterio sin importar quién los protagonice. Si algo era una red de cuido cuando lo hacía un adversario político, debería seguir siéndolo cuando lo hace alguien de nuestro propio bando. Y si no lo era antes, tampoco debería convertirse mágicamente en un escándalo ahora.
Lo contrario no es pensamiento crítico. Es simplemente lealtad partidaria disfrazada de análisis. Quizá por eso las consignas terminan teniendo una vida tan corta. Mientras sirven para atacar al adversario, parecen profundas. Cuando empiezan a incomodar a los propios, desaparecen silenciosamente.
Y entonces descubrimos algo que siempre estuvo ahí: muchas veces las frases más repetidas no eran herramientas para comprender la realidad.
Eran simplemente herramientas para ganar una discusión.
Y quizá eso explica por qué todavía aparece, de vez en cuando, alguna persona utilizando expresiones que incluso los sectores más inteligentes de su propio movimiento político ya dejaron atrás. No porque el fenómeno haya desaparecido, sino porque entendieron que las consignas tienen un problema: tarde o temprano terminan regresando como un espejo.
Porque cuando una frase se utiliza únicamente para señalar a los demás, tarde o temprano la realidad encuentra la forma de devolverla hacia quien la pronunció.
Y es justamente en ese momento cuando se descubre quién estaba analizando hechos… y quién solamente estaba repitiendo palabras.