René Picado

Y el Ministro de Hacienda

Durante años, la relación entre el gobierno de Rodrigo Chaves y Teletica estuvo marcada por la confrontación. Las críticas fueron constantes. Los cuestionamientos iban y venían. Desde Casa Presidencial se señalaron medios de comunicación y periodistas. Desde los espacios informativos se cubrieron decisiones, polémicas y controversias del gobierno. No parecía existir precisamente un ambiente de cercanía.

Por eso llamó la atención la reciente reunión entre René Picado Cozza, presidente de Teletica, y Rodrigo Chaves, hoy ministro de Hacienda y expresidente de la República. No porque dos personas influyentes no puedan reunirse. Todo lo contrario. En una democracia sana, el diálogo entre distintos sectores de la sociedad es normal, legítimo e incluso deseable. Lo que llamó la atención fue la forma en que se manejó el encuentro.

Se reunieron. Se tomaron fotografías. Permitieron que el país supiera que la reunión existió. Sin embargo, no explicaron con claridad cuál era el propósito del encuentro ni cuáles temas fueron abordados. No fue una reunión secreta, porque las fotografías se hicieron públicas. Pero tampoco fue una reunión transparente, porque el contenido de la conversación quedó reservado.

Y es precisamente ahí donde aparecen las preguntas.

Si el encuentro era completamente privado, ¿para qué publicar las fotografías? Y si tenía suficiente relevancia pública como para informar que ocurrió, ¿por qué no informar también de qué se habló? La situación resulta particularmente interesante porque estamos hablando del presidente de una empresa de comunicación cuya labor diaria consiste precisamente en informar, preguntar y buscar explicaciones cuando figuras públicas se reúnen o toman decisiones que pueden generar interés ciudadano.

No hay nada incorrecto en que René Picado converse con Rodrigo Chaves. Tampoco hay nada extraño en que empresarios, políticos, exmandatarios o ministros dialoguen. De hecho, sería preocupante una sociedad donde nadie pudiera sentarse a conversar con quien piensa diferente. Lo que genera curiosidad es la decisión de mostrar la reunión sin mostrar su contenido.

La transparencia tiene una característica muy particular: no debería depender de quién sea el protagonista de la historia. Los medios de comunicación suelen exigir explicaciones cuando actores políticos y económicos sostienen reuniones relevantes. Y hacen bien en hacerlo. Esa fiscalización forma parte de su papel dentro de una democracia. Por eso resulta inevitable preguntarse si ese mismo estándar debería aplicarse cuando quienes participan en el encuentro son precisamente quienes normalmente hacen las preguntas.

Más aún cuando la reunión ocurre después de años de tensiones públicas, cuestionamientos mutuos y enfrentamientos que fueron ampliamente conocidos por la ciudadanía. Cuando dos personas que han estado en lados opuestos de importantes debates públicos aparecen sonriendo en una fotografía conjunta, es natural que la gente sienta curiosidad. No necesariamente sospecha. No necesariamente desconfianza. Simplemente curiosidad.

Tal vez la explicación sea completamente sencilla. Tal vez se habló de economía, de medios de comunicación, de la situación nacional o de cualquier otro tema legítimo. Tal vez no exista absolutamente nada extraordinario detrás del encuentro. Pero cuando se informa que una reunión ocurrió y al mismo tiempo se omite el contenido de la conversación, se abre inevitablemente un espacio para las preguntas.

Y las preguntas no nacen de la malicia. Nacen de la falta de información.

No estoy sugiriendo que exista algo indebido. Tampoco afirmo que haya intereses ocultos. Lo que sí creo es que quienes defienden la transparencia como valor democrático deberían sentirse cómodos practicándola cuando les corresponde estar del otro lado de la noticia. Porque al final, más importante que la fotografía, más importante que la reunión y más importante que las especulaciones, está la coherencia.

Y la coherencia, como suele ocurrir, es una de las virtudes más fáciles de admirar y una de las más difíciles de ejercer.

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