
Hay una escena que se repite constantemente en redes sociales y que resulta tan reveladora como curiosa. Alguien publica una crítica sobre el comportamiento de un diputado, un ministro o cualquier funcionario público. No necesariamente se trata de un ataque personal, sino de una observación sobre una declaración, una decisión o una conducta ejercida desde un cargo público. Como suele ocurrir en una democracia, las personas comentan, analizan y cuestionan a quienes ocupan posiciones de poder. Sin embargo, casi de inmediato aparece alguien profundamente molesto por la publicación. No llega para debatir los argumentos expuestos ni para aportar información adicional. Llega enfadado, dispuesto a defender a la figura política cuestionada con una intensidad que muchas veces supera incluso la que el propio funcionario demostraría en su propia defensa.
La respuesta suele venir cargada de descalificaciones, sarcasmos, ataques personales y expresiones que poco tienen que ver con el tema original. Lo interesante es que, en muchos casos, la discusión deja rápidamente de girar alrededor de los hechos y pasa a convertirse en una demostración de lealtad. La defensa ya no parece estar dirigida a una idea, una política pública o una decisión específica. Lo que se observa es una defensa emocional de una persona, como si cualquier crítica hacia ella constituyera una agresión personal contra quienes la apoyan. La conversación se llena entonces de frases hirientes, de acusaciones y de una evidente necesidad de proteger la imagen del personaje político a cualquier costo.
Es en ese momento cuando ocurre algo particularmente interesante. La persona que hizo la publicación inicial responde con una observación aparentemente sencilla: le dice al defensor que entiende perfectamente por qué está defendiendo esa conducta o esa forma de actuar, porque ambos parecen compartir los mismos valores. Lo que sigue después suele ser sorprendente. Quien hace apenas unos segundos defendía apasionadamente al funcionario público reacciona con una nueva oleada de enojo. Aparecen más insultos, más ofensas y más agresividad. La comparación parece haber tocado una fibra mucho más sensible que la crítica original al político.
Y es aquí donde surge una pregunta que merece ser analizada con calma. Si la persona defendida es tan admirable, tan correcta y tan digna de ser tomada como ejemplo, ¿por qué resulta ofensivo ser comparado con ella? Si alguien dedica varios párrafos a explicar por qué determinado funcionario actúa correctamente, si justifica sus palabras, sus comportamientos y sus decisiones, cabría esperar que una comparación con esa misma persona fuera recibida como un cumplido. Después de todo, nadie suele molestarse cuando lo comparan con alguien a quien admira profundamente. Sin embargo, la reacción suele ser exactamente la contraria. La comparación genera molestia, incomodidad e incluso indignación.
Tal vez la explicación sea más simple de lo que parece. Es posible que, en el fondo, muchas personas comprendan perfectamente los defectos, errores o excesos de las figuras que defienden. Los conocen, los observan y los reconocen, pero los justifican porque pertenecen al grupo que consideran propio. Mientras la discusión se mantenga en el terreno político, esa contradicción puede permanecer oculta detrás de consignas, lealtades y discursos partidarios. Pero cuando alguien traslada esas mismas conductas al plano personal y sugiere que el defensor actúa de manera similar, la situación cambia por completo. De repente ya no se está hablando de un diputado, un ministro o un presidente. Se está hablando de él mismo. Y entonces la defensa se vuelve mucho más difícil.
Quizá por eso algunas discusiones terminan revelando más sobre quienes responden que sobre quienes son criticados. Porque resulta relativamente sencillo justificar comportamientos cuando los realiza una figura política con la que simpatizamos. Lo verdaderamente complicado es aceptar esos mismos comportamientos cuando alguien nos sugiere que nosotros actuamos igual. Ahí es donde aparece la prueba de coherencia. Ahí es donde se vuelve evidente si realmente admiramos esas conductas o si simplemente las toleramos porque vienen del lado que hemos decidido apoyar.
Al final, la coherencia tiene una característica incómoda: no distingue entre adversarios y aliados. Si una conducta es correcta, debería parecernos correcta independientemente de quién la realice. Y si una conducta es reprochable, debería seguir siéndolo aunque la protagonice alguien por quien sentimos simpatía. Cuando la comparación con nuestros propios referentes políticos nos ofende más que las críticas que reciben ellos, quizá valga la pena detenerse un momento y preguntarse qué es exactamente lo que estamos defendiendo. Porque defender una idea es perfectamente legítimo. Defender una persona también puede ser comprensible. Pero defender comportamientos que ni siquiera aceptaríamos en nosotros mismos suele ser una de las contradicciones más difíciles de sostener. Y tarde o temprano, como ocurre siempre, la contradicción termina encontrándose con el espejo.