
Hace unos días leí el mensaje de una persona preocupada por las nuevas restricciones en el sistema penitenciario. Entre otras cosas, me comentaba sobre la prohibición de ingreso de alimentos y sobre las limitaciones para que menores de edad puedan visitar a familiares privados de libertad. Sé que este es un tema sensible. Sé que genera emociones intensas. Sé que muchas personas tienen opiniones muy distintas sobre el trato que merecen quienes están en prisión. Precisamente por eso quiero aclarar desde el principio que este es un artículo de opinión. Es mi opinión. No pretendo imponerla a nadie. Si alguien considera que los privados de libertad merecen condiciones más duras de las que tienen hoy, está en todo su derecho de expresarlo. Pero yo prefiero vivir sensibilizado al dolor ajeno, incluso cuando ese dolor corresponde a personas que cometieron errores graves.
Porque hay algo que me parece importante recordar. Una persona privada de libertad perdió su libertad. Ese es el castigo impuesto por la sociedad. Pero no perdió automáticamente todos sus derechos universales como ser humano. Y cuando empezamos a tratar a las personas como si hubieran dejado de ser personas, entramos en un terreno peligroso para todos. No solamente para quienes están tras las rejas, sino también para quienes estamos afuera.
Sin embargo, mi preocupación principal no gira únicamente alrededor de los derechos humanos. Mi preocupación es todavía más práctica. Me pregunto qué estamos intentando construir. Porque cuando una persona pierde contacto con el mundo exterior, pierde también parte de su realidad. Pierde vínculos. Pierde referencias. Pierde razones para mejorar. Y cuando eso ocurre durante años, las posibilidades de reintegrarse sanamente a la sociedad se reducen enormemente. Por eso siempre me ha parecido que una cárcel debería servir para algo más que castigar.
Tal vez mi hipótesis personal sea incorrecta, pero sospecho que cuando una prisión deja de preparar personas para la vida exterior, corre el riesgo de convertirse en una universidad del crimen. Un lugar donde algunos salen con más resentimiento, más contactos y más experiencia criminal que cuando entraron. Y si eso sucede, no estamos resolviendo el problema de la seguridad ciudadana. Apenas lo estamos posponiendo.
Por eso creo que Costa Rica necesita discutir urgentemente un verdadero modelo de justicia restaurativa. Me gustaría ver programas obligatorios de estudio. Programas obligatorios de trabajo. Capacitación técnica. Educación continua. Convenios con empresas. Bolsas de empleo. Procesos serios de reinserción social. Me gustaría que cuando una persona termine de cumplir su condena salga con más herramientas que las que tenía cuando entró. Me gustaría que salga con alguna esperanza. Porque una persona con esperanza suele ser menos peligrosa que una persona que siente que ya no tiene nada que perder.
Hay quienes suelen repetir que la cárcel no es un hotel. Y tienen razón. No lo es. Pero quienes dicen eso probablemente nunca han vivido dentro de una cárcel para saber qué tan cerca o qué tan lejos está de parecerse a uno. Y además existe una reflexión curiosa detrás de esa frase. Porque si realmente fuera un hotel tan atractivo, tendríamos que preguntarnos qué tan dura es la vida afuera para que alguien quisiera entrar voluntariamente. Evidentemente no es así. La inmensa mayoría de las personas no comete delitos para disfrutar de la experiencia carcelaria.
También me preocupa profundamente el tema de las visitas de menores de edad. Imaginemos por un momento a una persona que entra a prisión dejando una esposa embarazada. El niño nace mientras el padre cumple una condena extensa. Si las restricciones impiden el contacto durante años, ese padre conocerá a su hijo cuando ya sea prácticamente un adulto. Y para entonces quizás el hijo no quiera conocerlo. Quizás el vínculo nunca llegue a existir. Quizás el incentivo emocional para convertirse en una mejor persona haya desaparecido mucho tiempo atrás. ¿De verdad creemos que romper sistemáticamente esos vínculos ayuda a construir mejores ciudadanos?
Yo sé que este tema es incómodo. También sé que hay víctimas que han sufrido muchísimo y familias enteras destruidas por actos criminales. No ignoro ese dolor. Pero tampoco necesito que otras personas sufran para sentirme mejor. No necesito castigos más crueles para saciar ninguna sed de venganza. La crueldad hacia los presos no calma mis ansias de dolor porque, sencillamente, no tengo ansias de dolor.
Porque la verdad es que quienes estamos afuera no estamos en peligro por quienes están hoy en prisión. Estamos en peligro por quienes siguen afuera, por quienes algún día saldrán y por la forma en que decidamos prepararlos para ese regreso. Si logramos que una persona salga mejor de lo que entró, todos ganamos. Si logramos que salga peor, todos perdemos.
Y aquí es donde aparece otra reflexión que me cuesta ignorar. Cuando asesinan a un oficial de policía, el Poder Ejecutivo se hace presente. Llora con la familia. Acompaña el duelo. Expresa solidaridad. Y me parece correcto. El dolor humano merece respeto. Pero cuando un misil impacta una embarcación de pescadores que salieron a navegar por aguas territoriales, pareciera que el silencio ocupa el lugar de la compasión. Nadie llora públicamente. Nadie se presenta. Nadie parece asumir responsabilidades. Y entonces uno no puede evitar preguntarse si algunas vidas pesan más que otras dependiendo de quién sea la víctima.
Por eso termino este artículo con tres reflexiones sencillas. Si algún día te encuentras con un exconvicto, pídele a Dios que haya pasado por un verdadero programa de reinserción social y no por una simple fábrica de resentimiento. Si por alguna razón de la vida, siendo inocente, tú o alguien de tu familia termina enfrentando una condena, pídele a Dios que para entonces existan programas de justicia restaurativa y oportunidades reales para reconstruir una vida. Y si algún día decides salir a pasear en una barca, cuando un loco tenga en sus manos el control remoto de un misil, pídele a Dios que no sea tu embarcación la que termine destruida.
Porque muchas veces las políticas públicas parecen razonables mientras afectan a otros. El problema comienza cuando un día descubres que el otro eres tú.