
Cuenta la historia de cierta periodista, cuyo nombre no quiero recordar, que durante años fue ganándose el cariño de una parte importante de la población. Lo hizo como suelen hacerlo quienes entienden bien el oficio: con carisma, con presencia, con capacidad de comunicación y con una cercanía que le permitió entrar a miles de hogares. La gente la escuchaba. La gente la seguía. La gente la apreciaba. Y eso, en cualquier profesión relacionada con la opinión pública, es un capital enorme que se construye lentamente y que debería administrarse con mucho cuidado.
Sin embargo, a veces ocurre algo curioso con la fama. A veces empieza sirviendo a la persona y luego la persona empieza a servirle a la fama. Poco a poco el reconocimiento se convierte en necesidad. Los aplausos se vuelven costumbre. La atención deja de ser una consecuencia y se convierte en un combustible. Y es entonces cuando algunas personas comienzan a cambiar. No siempre de golpe. No siempre de manera evidente. Pero cambian.
Según recuerdo, aquella periodista aseguró en algún momento que jamás entraría en política. Y terminó haciéndolo. No tendría nada de malo cambiar de opinión. Todos tenemos derecho a hacerlo. Lo que llamó la atención de muchas personas no fue la decisión en sí misma, sino la transformación que vino después. Aquella figura que había construido una relación cercana con el público empezó a mostrar una versión distinta. Más confrontativa. Más agresiva. Más altanera. Más convencida de que quien pensaba diferente merecía menos respeto. Por supuesto, como ocurre siempre en política, también aparecieron quienes la aplaudían y la celebraban. Siempre hay sectores dispuestos a ovacionar aquello que otros consideran excesivo.
Y así llegó a una posición importante de poder. Cuatro años con micrófono. Cuatro años con influencia. Cuatro años contribuyendo, desde la posición que ocupaba, a un ambiente nacional que muchos percibieron como agresivo, ofensivo, despreciable y profundamente polarizado. Cuatro años en los que el volumen de la confrontación subió constantemente y donde pareciera que el respeto por quien pensaba distinto dejó de ser una prioridad.
Pero la democracia tiene algo maravilloso. Los cargos son temporales. Por mandato constitucional, los períodos terminan. Los gobiernos terminan. Los ministros terminan. Los asesores terminan. Los diputados terminan. Los presidentes terminan. Y cuando eso sucede, llega uno de los momentos más importantes en la vida pública de cualquier persona: el momento de retirarse. Y retirarse también es un arte.
Porque hay quienes entienden que el cargo era prestado y regresan a su vida con elegancia. Hay quienes comprenden que la función terminó y permiten que quienes siguen ocupen el espacio que ahora les corresponde. Hay quienes se marchan con dignidad, con serenidad y con la tranquilidad de haber concluido una etapa. Y hay quienes no. Hay quienes siguen buscando el micrófono. Siguen convocando. Siguen intentando dirigir conversaciones nacionales. Siguen actuando como si la autoridad prestada por el cargo todavía les perteneciera. Siguen tratando de influir desde la nostalgia de lo que fueron. Como si no aceptaran que el tiempo político ya pasó.
Y eso, honestamente, suele ser triste de observar. Porque una cosa es tener opinión. Todos la tenemos. Una cosa es participar en la vida nacional. Todos tenemos derecho. Pero otra muy distinta es aferrarse a una relevancia que dependía principalmente del cargo que ya no se tiene. Los otros cincuenta y seis se fueron. Los otros entendieron que el período terminó. Los otros comprendieron que existe una diferencia entre seguir participando como ciudadano y actuar como si todavía se estuviera ejerciendo una autoridad que ya no existe.
Tal vez el verdadero problema no sea político. Tal vez sea humano. Porque llegar a una posición importante requiere talento, trabajo, oportunidades y circunstancias favorables. Pero saber retirarse requiere carácter. Y no todas las personas que logran lo primero consiguen desarrollar lo segundo.
Al final, el tiempo suele ser implacable con estas cosas. La gente olvida los discursos. Olvida las conferencias. Olvida los cargos. Incluso olvida muchas decisiones. Pero rara vez olvida la forma en que alguien se comportó cuando tuvo poder. Por eso creo que hay momentos en la vida en los que uno simplemente tiene que retirarse con dignidad. No porque haya sido derrotado. No porque haya fracasado. Sino porque entendió que las etapas terminan y que la elegancia también consiste en saber cuándo dejar de ocupar un espacio.
Porque uno puede llegar muy alto. Puede acumular reconocimiento. Puede tener influencia. Puede tener poder. Pero nunca debería olvidar quién es. Y al final, cuando los cargos desaparecen, los micrófonos se apagan y los aplausos se terminan, lo que realmente permanece no es lo que uno hizo desde el poder. Es la persona en la que decidió convertirse mientras lo tuvo.
Y una vez que terminé de escribir este artículo, algo más vino a mi mente. Pensé en los expresidentes de la República. Algunos terminan su período, entregan la banda presidencial y continúan sus vidas. Los vemos dando clases en universidades, participando en organismos internacionales, escribiendo libros, dando conferencias o simplemente disfrutando una etapa distinta de su existencia. No necesitan recordarle constantemente al mundo quiénes fueron. No necesitan seguir ocupando espacios que ya no les corresponden. Su trayectoria habla por ellos.
Y luego están los otros. Los que parecen incapaces de abandonar el escenario. Los que siguen buscando un micrófono, una oficina, una cuota de poder o una posición desde donde continuar sintiéndose importantes. Los que no logran desprenderse del cargo porque, en algún momento, dejaron que el cargo se confundiera con su identidad. En Costa Rica solemos decir que algunos se quedan «pellejeando» un puesto. Es una expresión dura, pero a veces describe perfectamente esa incapacidad de retirarse con elegancia cuando la etapa ya terminó.
Tal vez por eso el verdadero examen del poder no ocurre cuando uno llega a él. Tal vez ocurre cuando tiene que dejarlo. Porque llegar puede depender de muchas circunstancias. Pero retirarse con dignidad depende únicamente del carácter.