03 – No permitas que te roben la paz

Existe algo extraordinariamente valioso que pocas personas protegen con el mismo cuidado con el que protegen su dinero, su casa o sus pertenencias. Es algo invisible, imposible de guardar en una caja fuerte y difícil de medir con exactitud. Sin embargo, puede determinar la calidad completa de una vida. Me refiero a la paz interior. Lo curioso es que rara vez alguien nos la arrebata por la fuerza. Casi siempre la entregamos voluntariamente, poco a poco, sin siquiera darnos cuenta. A veces se la entregamos a un político. Otras veces a una noticia. Otras a una discusión en redes sociales. Y en ocasiones a personas que ni siquiera saben que tienen ese poder sobre nosotros. Lo hacemos cada vez que permitimos que un acontecimiento externo tome el control de nuestro estado emocional y se instale en nuestra mente mucho después de haber ocurrido.

Vivimos en una época extraña. Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan expuestos a mecanismos diseñados para capturar nuestra atención. Las redes sociales compiten por ella. Los medios compiten por ella. Los creadores de contenido compiten por ella. Y la forma más rápida de conseguirla suele ser despertando emociones intensas. El miedo atrae atención. La indignación atrae atención. La ira atrae atención. La preocupación atrae atención. La tranquilidad, en cambio, rara vez se vuelve viral. Como resultado, muchas personas pasan buena parte de sus días saltando de una emoción intensa a otra, reaccionando constantemente a problemas, polémicas, conflictos y escándalos que otras personas decidieron colocar frente a sus ojos.

El problema no es informarse. El problema no es participar. El problema no es tener criterio ni preocuparse por lo que ocurre en el país. Todo eso es necesario. Los problemas existen. Los errores existen. Los abusos existen. Las malas decisiones existen. Sería absurdo cerrar los ojos ante ellos. Pero existe una diferencia enorme entre observar la realidad y quedar atrapado dentro de ella. Existe una diferencia entre estar informado y vivir emocionalmente secuestrado por cada noticia. Existe una diferencia entre participar en la conversación pública y permitir que cada acontecimiento tenga acceso directo a nuestra tranquilidad. Porque no todo merece ocupar espacio en nuestra mente durante horas. No toda discusión merece nuestra energía. No toda provocación merece una respuesta. Y no toda persona merece convertirse en dueña de nuestro estado emocional.

He visto personas que pasan años enteros regalándole su paz precisamente a quienes más critican. Se despiertan pensando en ellos. Hablan de ellos durante el almuerzo. Revisan sus publicaciones. Esperan sus declaraciones. Se acuestan pensando en ellos. Poco a poco, sin darse cuenta, terminan construyendo una parte importante de su vida alrededor de aquello que supuestamente rechazan. Y eso tiene un costo enorme. Porque mientras más tiempo permanecemos atrapados en ese ciclo, menos energía nos queda para nuestras familias, para nuestros amigos, para nuestros proyectos, para nuestra salud y para todas esas pequeñas alegrías que también forman parte de la existencia. El conflicto ocupa tanto espacio que termina desplazando todo lo demás.

La paz interior no consiste en ignorar la realidad ni en refugiarse en una burbuja de indiferencia. Consiste en observar la realidad sin perderse dentro de ella. Consiste en involucrarse sin obsesionarse. Consiste en participar sin destruirse emocionalmente. Consiste en defender principios sin entregar la serenidad a quienes piensan diferente. Desde Apacigua creemos que una ciudadanía consciente necesita información, pensamiento crítico, debate y participación. Pero también necesita algo que se ha vuelto extraordinariamente escaso: personas capaces de conservar la calma en medio del ruido. Porque quien pierde la paz pierde mucho más que una emoción agradable. Pierde claridad. Pierde perspectiva. Pierde capacidad de escuchar. Pierde capacidad de pensar con serenidad. Y cuando eso ocurre, deja de actuar desde sus convicciones para empezar a actuar únicamente desde sus impulsos.

Por eso hoy quiero recordarte algo sencillo. Cuida tu paz. Protégela. Defiéndela. No porque el país esté bien. No porque los problemas hayan desaparecido. No porque las diferencias hayan dejado de existir. Sino precisamente porque siguen ahí. Porque los tiempos difíciles no son una razón para abandonar la serenidad. Son la razón por la que más la necesitamos. Y quizá una de las formas más valientes de ciudadanía consista precisamente en esa: permanecer atento, consciente y comprometido con la realidad, sin permitir que la realidad te robe aquello que necesitas para seguir caminando con claridad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio