
Existe una idea equivocada que aparece con frecuencia cada vez que alguien habla de paz, serenidad o diálogo. Es la creencia de que una persona tranquila es una persona débil. Que quien busca entendimiento está renunciando a sus principios. Que quien evita la agresión carece de firmeza. Que quien intenta construir puentes en lugar de trincheras simplemente no tiene el valor suficiente para pelear. Sin embargo, la realidad suele ser exactamente la contraria. Resulta relativamente sencillo gritar cuando todos gritan. Resulta relativamente sencillo insultar cuando todos insultan. Resulta relativamente sencillo dejarse arrastrar por la corriente de enojo que domina una conversación o una discusión pública. Lo verdaderamente difícil es conservar la humanidad en medio del conflicto. Lo verdaderamente difícil es seguir viendo personas donde otros solo ven enemigos. Lo verdaderamente difícil es defender una convicción sin convertirla en un arma contra quien piensa diferente.
Por eso quiero decir algo con absoluta claridad: apaciguar no es rendirse. Apaciguar no significa quedarse callado frente a una injusticia. No significa aceptar abusos. No significa renunciar a denunciar aquello que consideramos incorrecto. No significa abandonar la participación ciudadana ni mirar hacia otro lado mientras ocurren cosas que afectan al país. Apaciguar significa elegir conscientemente la forma en que participamos. Significa decidir que la firmeza no necesita agresividad. Significa comprender que la crítica no necesita odio. Significa reconocer que una idea puede defenderse con contundencia sin destruir la dignidad de quien sostiene una idea distinta.
A veces pareciera que el mundo nos obliga a escoger entre dos extremos. O te conviertes en una persona permanentemente furiosa o te conviertes en una persona indiferente. O atacas o te escondes. O destruyes o te resignas. Pero esa es una falsa elección. Existe un tercer camino. El camino de la firmeza serena. El camino de quienes participan sin perder la cabeza. El camino de quienes defienden principios sin sacrificar su paz interior. El camino de quienes entienden que el objetivo no es ganar una pelea, sino contribuir a construir una sociedad mejor. Porque una sociedad no mejora únicamente cuando alguien vence a un adversario. Mejora cuando las personas aprenden a convivir con sus diferencias sin destruir aquello que las mantiene unidas.
Hay algo que pocas veces nos detenemos a pensar. Si para defender nuestros valores terminamos adoptando las mismas conductas que criticamos, entonces algo importante se perdió en el camino. Si para promover respeto actuamos con desprecio, algo no encaja. Si para defender la democracia terminamos deshumanizando a quienes piensan diferente, algo no encaja. Si para exigir tolerancia respondemos con intolerancia, algo no encaja. Las formas importan mucho más de lo que solemos admitir. Importan porque influyen en quienes nos observan, pero también porque terminan moldeándonos a nosotros mismos. Cada vez que actuamos desde el odio, el odio deja una huella. Cada vez que actuamos desde la agresión, la agresión deja una huella. Y cada vez que actuamos desde la serenidad, también deja una huella.
Por eso Apacigua no propone la pasividad. Propone una manera distinta de ejercer la ciudadanía. Una ciudadanía consciente. Una ciudadanía firme. Una ciudadanía crítica. Pero también una ciudadanía capaz de recordar que al otro lado de cada discusión sigue existiendo un ser humano. Una ciudadanía que entiende que la convivencia no es un obstáculo para la democracia, sino una de sus condiciones fundamentales. Porque sin convivencia, sin respeto y sin una mínima capacidad de escucharnos, cualquier diferencia termina convirtiéndose en una guerra permanente.
Algunas personas confunden la calma con la rendición porque han olvidado que muchas de las transformaciones más importantes de la historia no fueron impulsadas por quienes gritaban más fuerte. Con frecuencia fueron impulsadas por quienes tuvieron la claridad suficiente para mantener el rumbo cuando todos los demás estaban perdiendo el control. Fueron impulsadas por personas capaces de sostener sus principios sin dejarse consumir por el conflicto. Personas que comprendieron que la verdadera fortaleza no consiste únicamente en resistir a los demás, sino también en resistir la tentación de convertirse en aquello que combaten.
Por eso seguimos aquí. Observando. Analizando. Cuestionando. Participando. Pero intentando hacerlo sin entregar aquello que consideramos más valioso: nuestra capacidad de pensar, nuestra capacidad de escuchar, nuestra capacidad de convivir y nuestra capacidad de construir. Porque rendirse sería abandonar esos principios. Apaciguar es precisamente lo contrario. Es defenderlos todos los días, incluso cuando resulta difícil hacerlo.