
Cuando veo los videos del tsunami que abrazó Tailandia en 2004, me asombro de la escena: turistas en la playa, caminando sobre la arena recién expuesta, tomando fotos, siguiendo al mar como si fuera un espectáculo. El agua se ha retirado y ellos, en lugar de correr, se acercan. Y yo, desde la distancia del tiempo y la seguridad de mi pantalla, pienso: ¿Cómo no se dieron cuenta de lo que venía? ¿Cómo pudieron ser tan incautos?
Pero entonces me detengo. Y recuerdo algo esencial: yo también aprendí lo que significa que el mar se retire justo por culpa de ese tsunami. Yo también, antes de ese momento, no sabía que esa era una señal inequívoca de peligro. Probablemente, si hubiera estado ahí, habría actuado igual que ellos. Porque el conocimiento que hoy me hace juzgar, me llegó gracias a esa tragedia.
¿Cuántas veces en la vida hacemos eso?
¿Cuántas veces aprendemos algo —de una relación, de una pérdida, de un error, de una conversación difícil— y luego usamos ese conocimiento como arma para juzgar lo que hicimos antes de tenerlo? ¿O peor aún: para juzgar lo que otros hicieron antes de que lo aprendieran?
Es una trampa tan común como silenciosa. El aprendizaje nos transforma, y en esa transformación olvidamos cómo era vivir sin saber. Olvidamos la ceguera anterior, la ignorancia honesta, la inocencia de quien aún no ha vivido suficiente. Nos creemos superiores, como si siempre hubiéramos sabido lo que ahora sabemos.
Pero no. No lo sabíamos.
Y si hoy entendemos algo más de la vida, no es por virtud ni clarividencia. Es porque caminamos con el mar retirándose, nos quedamos quietos, o tal vez corrimos tarde. Es porque fuimos sacudidos por olas internas o externas. Es porque también fuimos torpes, ingenuos, lentos. Porque también fuimos humanos.
Por eso, cuando alguien a mi lado se queda viendo la arena seca y no sospecha que venga la gran ola, intento recordar: tal vez está donde yo estuve antes. Tal vez todavía no sabe. Y tal vez lo único que necesita no es que lo señale con el dedo, sino que le diga: ven, corramos juntos.
Porque juzgar con el mapa que uno dibujó después, es fácil. Acompañar a alguien que todavía está perdido, eso es otra historia.
Y ahora que lo pienso… también me lo digo a mí
Porque esto no es solo sobre los demás. No es solo sobre aquellos que no sabían lo que ahora yo sé. También soy yo. También es mi historia. Mis decisiones. Mis tropiezos. Mis momentos de arena expuesta, donde caminé sin saber que venía una ola gigante a cambiarme la vida.
Y entonces me doy cuenta: no puedo —y no debo— juzgarme hoy por lo que hice antes de saber lo que ahora sé.
No es justo. No es compasivo. No es sabio.
Cada cosa que hice, cada decisión que tomé, cada camino que elegí —o incluso los que evité— fueron hechos desde el nivel de conciencia que tenía en ese momento. Desde la información que tenía. Desde la capacidad emocional que había desarrollado. Desde mi historia hasta ese punto.
Y fue justamente esa vivencia la que me enseñó lo que hoy sé. Fue en esa playa, con el mar retirándose ante mis ojos, donde aprendí a leer las señales. Entonces, ¿cómo podría culparme por haber caminado hacia la orilla? ¿Cómo podría exigirme haber sabido lo que solo el tiempo me pudo enseñar?
Por eso, cuando me invitan a “perdonarme”, yo contesto: no tengo nada que perdonarme.
No fui culpable por no saber. No fui culpable por actuar con las herramientas que tenía. No fui culpable por confiar, por equivocarme, por ser ingenuo, por buscar amor, por callar, por hablar, por no correr a tiempo. Fui humano. Fui aprendiz. Fui proceso.
Y si hoy entiendo algo más, es gracias a aquel que fui. Entonces no se trata de perdonarme. Se trata de agradecerle a esa versión pasada de mí. A ese que caminó sin saber. A ese que enfrentó la ola y sobrevivió.
Porque gracias a él, hoy estoy aquí.
Y eso, eso no merece juicio. Merece respeto.