
Vivimos en un mundo individual. Cada persona camina con sus propios gustos, planes, proyectos, sueños y dolores. Pero, aunque la vida se viva en singular, todos juntos formamos algo más grande: la humanidad.
Cada uno pone su mirada en una meta distinta. Algunas de esas metas me resultan ajenas, lejanas, incluso incomprensibles. Pero no por eso dejan de tener valor. No por eso dejan de ser dignas de respeto.
Hay quienes sueñan con perder peso, con ganarle una batalla al cuerpo, con ganarse una sonrisa en el espejo. No es mi camino, pero celebro el coraje que se necesita para decir: «hasta aquí». Celebro la disciplina de cada paso, de cada elección, de cada día sin rendirse.
Otros quieren ganar músculo, esculpir su cuerpo, ponerle forma al esfuerzo. No es lo que yo busco, pero también lo aplaudo. Porque hay belleza en tomar las riendas de uno mismo, y decirle al cuerpo: “vamos, quiero más de ti”.
Y luego están los que caminan a Cartago cada 2 de agosto. Van por fe, por agradecimiento, por amor, por una promesa. No comparto esa tradición, pero sí comprendo la fuerza de quien cree, de quien agradece, de quien se compromete con lo invisible.
Son metas que no son mías, pero que igual me conmueven. Porque son nobles. Porque construyen. Porque no le hacen daño a nadie. Porque suman al alma de quienes las llevan.
Por eso, desde aquí, con respeto, con admiración, con humildad, quiero decir:
Felicitaciones a quienes están bajando de peso, a quienes están ganando músculo, a quienes están caminando con devoción hacia lo que creen.
Y a todos los que tienen una meta positiva, por íntima, pequeña o diferente que parezca…mis mejores deseos.