
Corría el año 1982. Yo tenía apenas diecisiete años y durante las vacaciones del colegio solía trabajar en diferentes empresas del grupo Nissan. Para mí era una oportunidad de aprender, de ganarme algún dinero y de conocer cómo funcionaba el mundo de las empresas. Lo que jamás imaginé era que terminaría participando, de una manera muy particular, en una de las noches electorales más importantes de Costa Rica. Mucho menos imaginé que todo ocurriría gracias a una tecnología que hoy parece prehistórica, pero que en aquel momento parecía salida de una película de ciencia ficción.
Meses antes de las elecciones presidenciales, una empresa del grupo llamada Línea de Acción había importado desde Japón dos máquinas de fax marca NEC. Dos. No doscientas. No veinte. Dos. Para quienes nacieron en la era de internet quizá sea difícil comprender lo revolucionario que aquello resultaba. En esos años todavía vivíamos en un mundo donde los documentos viajaban en sobres, por mensajero o mediante télex. La idea de introducir una hoja en una máquina y verla aparecer impresa, casi instantáneamente, en otro lugar del país parecía algo extraordinario. El problema era que nadie sabía utilizarlas. Nadie sabía instalarlas. Nadie sabía explicar exactamente cómo funcionaban.
Entonces llegó desde Japón un técnico para impartir una capacitación. Entre otras cosas, enseñó el funcionamiento de aquellas misteriosas máquinas. Yo llevé el curso, presté atención y aprendí a operarlas. No pensé demasiado en ello. Era simplemente una capacitación más. Sin embargo, sin darme cuenta, terminé convirtiéndome en algo bastante extraño para la época: posiblemente uno de los pocos costarricenses que sabía manejar correctamente una máquina de fax. Tal vez había otros, pero ciertamente no eran muchos.
Cuando se acercaron las elecciones presidenciales, Canal 7 tuvo una idea que para aquel tiempo resultaba verdaderamente innovadora. Querían transmitir los resultados electorales con la mayor rapidez posible. Hoy eso parece normal. Consultamos resultados en tiempo real desde un teléfono celular y recibimos actualizaciones cada pocos segundos. Pero en 1982 aquello no existía. La información debía viajar por teléfono, por radio, por mensajeros o mediante sistemas mucho más lentos. Fue entonces cuando alguien pensó en utilizar aquellas dos máquinas de fax recién llegadas de Japón.
Una máquina fue instalada en el Tribunal Supremo de Elecciones. La otra fue instalada en Canal 7. Y como prácticamente nadie sabía operarlas, me enviaron a mí. De pronto aquel muchacho de diecisiete años recibió un carnet especial que le permitía entrar y salir del Tribunal Supremo de Elecciones durante la jornada electoral. Todavía hoy me resulta divertido pensarlo. Mientras la mayoría de mis compañeros de colegio seguramente estaban disfrutando sus vacaciones, yo andaba metido entre periodistas, funcionarios electorales y equipos de televisión nacional.
La dinámica era sencilla, aunque para la época parecía magia. En el Tribunal Supremo de Elecciones colocaban una hoja con información o resultados preliminares en la máquina de fax. La máquina escaneaba el documento y transmitía la información por la línea telefónica. Segundos después, la misma hoja aparecía impresa en Canal 7. Aquello permitía acelerar enormemente la llegada de información a la televisora. Mucha gente veía el proceso y no entendía qué estaba ocurriendo. Recuerdo que constantemente me preguntaban qué era exactamente un fax y cómo funcionaba. Yo trataba de explicarlo de la manera más simple posible: era como una mezcla entre una fotocopiadora y un teléfono. Usted mete una hoja aquí y la misma hoja aparece impresa allá. La explicación generaba más asombro que comprensión.
Pero lo mejor de toda la historia ocurría en Canal 7. La máquina de fax había sido instalada debajo del escritorio desde donde se transmitía Telenoticias. Sí, debajo del escritorio. Y debajo del escritorio también estaba yo. Mientras el país entero observaba la cobertura electoral, yo permanecía escondido allí vigilando la máquina para asegurarme de que siguiera funcionando. Recuerdo perfectamente la escena porque parecía sacada de una comedia. Encima del escritorio estaba don Rodrigo Fournier transmitiendo las noticias en vivo. Debajo del escritorio estaba la máquina de fax trabajando sin descanso. También estaba el cigarro encendido de don Rodrigo, su vaso de whisky y, por supuesto, yo, sentado en el suelo esperando que nada fallara.
Naturalmente, las cosas fallaban. A cada rato. Cuando no era una hoja atascada en el Tribunal Supremo de Elecciones, era una falta de papel en Canal 7. Cuando no era un problema de alimentación del documento, era alguna interrupción en el proceso de transmisión. Entonces sonaba el teléfono y me avisaban que algo había ocurrido. Yo salía corriendo, me montaba con el chofer asignado y viajaba hasta el Tribunal para arreglar el problema. Apenas terminaba, regresaba a Canal 7 y descubría que ahora era la otra máquina la que necesitaba atención. Volvía a cambiar papel, revisar rodillos, acomodar hojas o verificar conexiones. Pasé gran parte de aquella noche recorriendo la ciudad entre ambos puntos, persiguiendo problemas que hoy parecen insignificantes, pero que en ese momento podían retrasar la transmisión de información para todo el país.
Mientras miles de costarricenses seguían la elección desde sus casas, yo vivía una elección completamente distinta. Para la mayoría era una noche política. Para mí era una noche tecnológica. Una carrera constante para mantener funcionando dos máquinas que representaban el futuro de las comunicaciones. Sin saberlo, estaba observando de primera mano el inicio de una transformación tecnológica que años después cambiaría por completo la manera en que nos comunicamos.
Con el tiempo llegaron los correos electrónicos, internet, los teléfonos inteligentes, las videollamadas y las redes sociales. Hoy enviamos documentos, fotografías y videos alrededor del mundo en cuestión de segundos sin siquiera pensar en ello. Sin embargo, cada vez que veo uno de esos avances, no puedo evitar recordar aquella noche. La noche en que dos máquinas de fax parecían tecnología extraterrestre. La noche en que un muchacho de diecisiete años recibió la responsabilidad de mantenerlas funcionando. Y la noche en que terminé escondido debajo del escritorio de Telenoticias, junto a un fax, un cigarro, un vaso de whisky y una de las transmisiones electorales más importantes de Costa Rica.