Sin rejas, pero prisioneros del dolor

(Texto para vídeo)

Por Vinicio Jarquín

A veces me pregunto qué siente una madre cuando regresa a casa después de visitar a un hijo privado de libertad.

No me refiero al momento de la visita.

Me refiero al viaje de regreso.

Cuando el autobús arranca o el carro toma la carretera. Cuando ya no hay nada que hacer. Cuando la conversación terminó. Cuando los abrazos, si los hubo, quedaron atrás. Cuando vuelve a enfrentarse al silencio.

¿Qué piensa?

¿Qué siente?

Porque en estos días se habla mucho de los privados de libertad. Se habla de las cárceles, de los derechos que tienen, de los derechos que pierden, de las condiciones en que viven, de los castigos, de la disciplina y de la seguridad.

Y es natural que así sea.

Pero mientras escucho todas esas discusiones, no puedo evitar pensar en las familias.

En las personas que no cometieron el delito.

En quienes siguen afuera.

En quienes tienen que continuar viviendo con una silla vacía en la mesa.

Hay ausencias que la sociedad sabe reconocer.

Cuando alguien fallece, la comunidad se reúne. Hay flores, abrazos, lágrimas, funerales y despedidas. Hay un momento en que todos entienden que una pérdida ha ocurrido.

Pero cuando alguien va a prisión, sucede algo diferente.

La persona sigue viva.

Sin embargo, deja de estar.

Y entonces comienza una clase de duelo para la que nadie nos prepara.

Los cumpleaños continúan, pero falta alguien.

La Navidad llega, pero falta alguien.

Los problemas aparecen, pero falta alguien.

Las decisiones importantes deben tomarse, pero falta alguien.

Los niños crecen, pero falta alguien.

La vida sigue avanzando, pero falta alguien.

Y lo más difícil es que nadie parece reconocer esa pérdida.

Porque no hubo funeral.

No hubo entierro.

No hubo ceremonia.

Simplemente un día la persona dejó de estar presente en la vida cotidiana.

Pienso en los hijos.

En esos niños que muchas veces no entienden completamente lo que está ocurriendo.

Que extrañan una voz, una risa, una presencia.

Que ven a otros niños llegar de la mano de su padre o de su madre y sienten una ausencia que no siempre saben expresar.

Pienso en las madres.

En esas mujeres que continúan amando incluso cuando están decepcionadas.

Que sienten vergüenza por momentos, rabia por otros, tristeza casi siempre y esperanza cuando todavía les queda fuerza para sostenerla.

Pienso en los padres que envejecen esperando.

En los hermanos que no saben cómo abordar el tema.

En las parejas que intentan sostener hogares enteros mientras cargan también con sus propias heridas.

Y entonces me pregunto cuántas de esas personas estarán sufriendo en silencio.

Cuántas estarán llevando una carga que nadie ve.

Porque la prisión encierra a una persona.

Pero el dolor suele extenderse mucho más allá de los muros.

Llega a las casas.

A las mesas.

A los dormitorios.

A las conversaciones que ya no ocurren.

A los proyectos que quedaron suspendidos.

A los sueños que tendrán que esperar.

Y me pregunto qué siente una madre cuando su hijo llama por teléfono desde prisión.

¿Será la misma sensación que cuando un hijo llama desde otro país porque está de vacaciones, estudiando o trabajando?

¿Será la misma alegría tranquila de saber que está viviendo experiencias nuevas y construyendo su camino?

¿O es algo completamente distinto?

¿Será una mezcla imposible de felicidad y tristeza?

La alegría de escuchar su voz.

La tranquilidad momentánea de saber que sigue vivo.

Y al mismo tiempo un dolor que atraviesa el alma cuando la llamada termina y vuelve el silencio.

¿Y qué ocurre con el paso de los años?

Cinco años después de haber sido detenido, ¿sigue comprendiendo el mundo que dejó afuera?

¿Sabe cuánto cuesta una caja de leche?

¿Sabe cuánto cuesta llenar un carrito del supermercado?

¿Conoce las nuevas calles, los nuevos negocios, las nuevas tecnologías?

¿Entiende cómo ha cambiado el país?

¿O vive suspendido en una especie de limbo donde los días pasan pero la vida real ocurre en otro lugar?

Y cuando algo malo le sucede dentro de la prisión, ¿cómo se siente su familia?

Cuando alguien lo amenaza.

Cuando alguien lo golpea.

Cuando alguien abusa de él o de ella.

Cuando llama para contar que tiene miedo.

¿Qué siente una madre al saber que su hijo está sufriendo y que ella no puede protegerlo?

¿Qué siente un padre al descubrir que, por primera vez en toda su vida, no tiene forma de intervenir?

Debe existir una impotencia tan profunda que ni siquiera tiene nombre.

Y si un muchacho es condenado a diez años, ¿qué hacen sus padres con la habitación que dejó atrás?

¿La convierten en oficina?

¿La usan como bodega?

¿La transforman en otro dormitorio?

¿O la dejan exactamente igual?

¿Con las mismas fotografías?

¿Con la misma ropa?

¿Con los mismos recuerdos?

¿Con la esperanza silenciosa de que algún día volverá a abrir esa puerta?

Y mientras los años pasan aparecen preguntas todavía más difíciles.

¿Qué piensa una madre cuando mira el calendario y comprende que tal vez no estará viva cuando su hijo salga?

¿Qué siente un padre cuando descubre que el tiempo ya no corre a su favor?

¿Qué ocurre cuando fallece un abuelo, una abuela o un ser querido mientras la persona permanece privada de libertad?

Tal vez esa abuelita pasó sus últimos años esperando volver a verlo.

Tal vez murió guardando la esperanza de abrazarlo una vez más.

Y quizá a él todavía le faltan cuatro o cinco años para recuperar su libertad.

No escribo esto para justificar delitos.

Tampoco para negar el dolor de las víctimas.

Lo escribo porque detrás de cada privado de libertad existe una red de seres humanos que también vive consecuencias.

Personas que siguen amando.

Personas que siguen esperando.

Personas que siguen llorando.

Personas que siguen preguntándose cómo habría sido la vida si aquel día hubiera sido diferente.

Tal vez nunca estemos todos de acuerdo sobre cómo debe funcionar el sistema penitenciario.

Tal vez nunca exista consenso sobre las medidas que deben aplicarse dentro de las cárceles.

Pero sí podríamos hacer un esfuerzo por recordar que, detrás de cada discusión política, jurídica o ideológica, hay seres humanos.

Y tal vez podríamos hacer un ejercicio todavía más difícil.

Por un momento olvidémonos de los privados de libertad.

Después de todo, muchos dirán que cometieron un delito y que deben pagar por ello.

Otros dirán que la sociedad tiene derecho a castigarlos.

Otros hablarán de venganza.

Otros hablarán de justicia.

Cada quien tendrá su posición.

Pero, ¿podemos pensar por un momento en sus padres?

¿Podemos pensar en sus hijos?

¿Podemos pensar en sus hermanos?

¿Podemos pensar en sus amigos?

¿Podemos pensar en sus abuelos?

¿Podemos detenernos un momento a mirar el sufrimiento de quienes quedaron afuera?

¿O nos hemos acostumbrado tanto a juzgar que ya no somos capaces de sentir?

¿Tenemos todavía la sensibilidad suficiente para conmovernos por el dolor ajeno aunque no compartamos las decisiones de quien lo provocó?

¿O tenemos el alma tan endurecida que ya ni siquiera podemos llorar por otros seres humanos?

A veces pienso que Costa Rica necesita muchas cosas.

Necesita seguridad.

Necesita justicia.

Necesita oportunidades.

Necesita acuerdos.

Pero también necesita llorar.

Llorar mucho.

Llorar por las víctimas.

Llorar por las familias rotas.

Llorar por las ausencias.

Llorar por los errores.

Llorar por los sueños perdidos.

Llorar por el país que hemos sido y por el país que estamos construyendo.

Porque hay heridas que no se curan con discursos.

Ni con castigos.

Ni con aplausos.

Hay heridas que solo comienzan a sanar cuando volvemos a reconocernos humanos.

Y quizás la reconstrucción de Costa Rica no empiece en una cárcel.

Ni en una Asamblea Legislativa.

Ni en Casa Presidencial.

Quizás empiece el día que recuperemos la capacidad de sentir el dolor de los demás como si también fuera un poco nuestro.

Porque algunas de las lágrimas más silenciosas de este país no se derraman dentro de las cárceles.

Se derraman afuera.

En hogares donde alguien sigue vivo, pero ya no está.

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