¿En qué momento dejamos de pensar?

Leía una publicación de 100% Noticias donde se señalaba que Estados Unidos habría marcado distancia de Laura Fernández a raíz de sus declaraciones relacionadas con Nicaragua. Más allá de si la interpretación periodística es correcta o no, lo que verdaderamente llamó mi atención no fue la noticia en sí misma, sino una parte importante de los comentarios que aparecieron debajo. Algunas personas afirmaban que no importaba deteriorar la relación con Estados Unidos porque todavía estaba China. Otras celebraban una mayor cercanía con Nicaragua. Algunas insistían en que la presidenta estaba defendiendo los intereses económicos del país y que, por lo tanto, cualquier costo diplomático era aceptable. Incluso aparecieron comentarios atacando a los Estados Unidos y celebrando cualquier confrontación con ese país como si se tratara de una victoria en sí misma. Y mientras leía una respuesta tras otra, me encontré pensando mucho menos en la noticia y mucho más en quienes la comentaban.

Fue entonces cuando me surgió una pregunta que considero mucho más importante que el episodio puntual del que se estaba hablando. ¿En qué momento dejamos de pensar las cosas por nosotros mismos? Porque una cosa es simpatizar con una figura política. Eso ha existido siempre y probablemente seguirá existiendo. Otra muy distinta es llegar al punto en que dejamos de analizar las consecuencias de una decisión simplemente porque quien la toma es alguien a quien admiramos. Cuando eso ocurre, dejamos de evaluar la realidad y comenzamos a evaluar únicamente la lealtad. Ya no importa si una medida es buena o mala para el país. Lo único que importa es si favorece o perjudica al líder con el que nos identificamos.

Lo curioso es que este fenómeno no es nuevo. Lo vimos durante otros gobiernos y lo seguimos viendo ahora. Hace algunos años había personas que defendían cualquier cosa que hiciera su partido político, aunque la lógica indicara que existían problemas evidentes. Hoy vemos exactamente el mismo comportamiento, pero en otros grupos. Cambian los nombres, cambian los colores, cambian las figuras, pero el mecanismo es idéntico. La simpatía sustituye al criterio. La emoción sustituye al análisis. La identidad política sustituye a la reflexión. Y poco a poco dejamos de preguntarnos qué le conviene a Costa Rica para preguntarnos únicamente qué le conviene a nuestro equipo.

No estoy diciendo que Laura Fernández tenga razón o que esté equivocada en sus posiciones sobre Nicaragua. Tampoco estoy diciendo que Estados Unidos tenga razón en todo lo que hace. Los países, igual que las personas, tienen intereses, aciertos y errores. Lo que me preocupa es otra cosa. Me preocupa la facilidad con la que algunas personas parecen dispuestas a abandonar cualquier análisis lógico con tal de permanecer alineadas con una figura política. Como si el simple hecho de apoyar a alguien obligara a justificar cada una de sus decisiones. Como si pensar por cuenta propia fuera una forma de traición.

Y sin embargo, la realidad es mucho más compleja que eso. Costa Rica no vive únicamente de simpatías ideológicas. Costa Rica comercia. Costa Rica exporta. Costa Rica atrae inversión. Costa Rica genera empleo gracias a relaciones internacionales que se han construido durante décadas. Las relaciones entre países no funcionan como una discusión en redes sociales. No se construyen a partir de aplausos ni de insultos. Se construyen sobre intereses económicos, diplomáticos y estratégicos que terminan afectando directamente la vida de millones de personas. Por eso me sorprende leer comentarios que parecen celebrar posibles conflictos diplomáticos como si fueran goles en una final de campeonato. Como si las consecuencias no fueran reales. Como si los empleos, las exportaciones, la inversión extranjera o la estabilidad económica fueran detalles secundarios frente a la satisfacción emocional de ver a un líder político enfrentarse a otro país.

Tal vez el problema no sea Laura Fernández. Tal vez tampoco sea Nicaragua. Tal vez ni siquiera sea Estados Unidos. Tal vez el problema sea que cada vez más personas han dejado de analizar los hechos para empezar a defender banderas. Y cuando una bandera se vuelve más importante que la realidad, la lógica comienza a desaparecer. Lo preocupante es que este fenómeno no pertenece a una sola corriente política. Lo he visto en seguidores de prácticamente todos los partidos. Lo he visto en personas de izquierda, de derecha, de gobierno y de oposición. Personas inteligentes, preparadas y perfectamente capaces de razonar que, sin darse cuenta, terminan justificando cualquier cosa porque proviene de alguien a quien admiran.

Es como si la política hubiera dejado de ser un espacio para pensar y se hubiera convertido en un espacio para pertenecer. Y cuando la necesidad de pertenecer se vuelve más fuerte que la necesidad de comprender, empezamos a aplaudir cosas que normalmente cuestionaríamos y a rechazar cosas que normalmente apoyaríamos. Dejamos de escuchar argumentos. Dejamos de examinar consecuencias. Dejamos de preguntarnos si algo es conveniente para el país. Lo único que nos interesa es saber de qué lado viene la propuesta para decidir automáticamente si estamos a favor o en contra.

Por eso la pregunta que me quedó después de leer aquellos comentarios no tiene mucho que ver con Laura Fernández, con Nicaragua o con Estados Unidos. La pregunta es más incómoda y profunda. ¿En qué momento dejamos de evaluar las ideas por su mérito y comenzamos a evaluarlas según quién las dice? Porque si llegamos al punto en que cualquier decisión es buena cuando la toma nuestro líder favorito y cualquier decisión es mala cuando la toma quien nos cae mal, entonces dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en aficionados. Y un país no se construye con aficionados. Se construye con personas capaces de pensar incluso cuando el resultado de ese pensamiento contradice a quienes más admiran.

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