“Encerrado afuera… donde el alma llora”
Hay libros que nacen de una investigación. Otros nacen de una idea. Algunos nacen de una experiencia personal. Y hay otros que nacen de una pregunta. Este libro nació de una pregunta que nunca me había hecho con suficiente profundidad: ¿qué ocurre con las familias de las personas privadas de libertad?
No me refiero a lo que sucede dentro de una cárcel. Sobre eso existen estadísticas, informes, estudios, noticias, opiniones y debates interminables. Me refiero a lo que ocurre afuera. A lo que pasa cuando las cámaras se apagan, cuando los titulares desaparecen y cuando cada persona regresa a su vida cotidiana. Porque detrás de cada persona privada de libertad suele existir una madre que espera una llamada, un padre que intenta mantenerse firme mientras se derrumba por dentro, una esposa, un esposo o una pareja que aprende una forma completamente nueva de extrañar. Existen hijos que hacen preguntas difíciles de responder, hermanos que no saben cómo ayudar, abuelos que envejecen esperando una visita y familias enteras que, de un día para otro, deben aprender a convivir con una realidad para la cual nadie las preparó.
Debo confesar que durante buena parte de mi vida yo tampoco pensé demasiado en este tema. Como muchas personas, veía las cárceles como algo lejano. Un mundo aparte. Una realidad que pertenecía a otras familias, a otras historias y a otras circunstancias. Sabía que existían centros penitenciarios, procesos judiciales, condenas y todo un sistema encargado de administrar una realidad compleja. Veía aparecer noticias sobre capturas, juicios o sentencias y pensaba que entendía razonablemente el tema. Sin embargo, con el tiempo descubrí que existe una diferencia enorme entre conocer la existencia de algo y comprender la experiencia humana que se desarrolla dentro y alrededor de ello.
La vida tiene una curiosa costumbre: acercarnos a territorios que jamás pensamos recorrer. No siempre lo hace de manera directa. A veces nos lleva de la mano a través de las experiencias de otras personas. Así comenzó este libro. No empezó con estadísticas, teorías ni debates políticos. Empezó con una persona. Luego apareció otra. Y después otra más. Comenzaron a llegar mensajes, testimonios, conversaciones y relatos que tenían algo en común. Eran historias contadas por personas que no aparecían en los expedientes judiciales. Personas cuyos nombres no figuraban en las noticias. Personas que jamás habían sido condenadas por ningún tribunal y que, sin embargo, habían visto sus vidas transformarse por completo cuando alguien a quien amaban fue privado de libertad.
Mientras escuchaba aquellas historias descubrí algo que nunca había considerado con suficiente atención. Cuando una persona es privada de libertad, todos miramos hacia quien está adentro. Las noticias hablan de esa persona. Los tribunales hablan de esa persona. Los expedientes hablan de esa persona. Las discusiones públicas hablan de esa persona. Pero alrededor de ella existe una constelación completa de seres humanos cuyas vidas también cambian radicalmente y que, sin haber sido juzgados, terminan recorriendo un camino para el cual nadie los preparó.
Quizás lo que más me impresionó fue la sensación de desorientación que aparecía una y otra vez. Nadie sabía qué hacer. Nadie sabía a quién preguntar. Nadie entendía cómo funcionaban los procedimientos. Nadie estaba preparado para los cambios que vendrían. Lo que para quienes trabajan dentro del sistema forma parte de la rutina diaria, para estas familias era un territorio completamente desconocido. Un territorio lleno de reglas no escritas, emociones difíciles de procesar y aprendizajes que debían realizarse sobre la marcha, muchas veces en medio del dolor, la incertidumbre y el miedo.
Este libro no pretende discutir sobre culpabilidades ni inocencias. Tampoco pretende intervenir en debates jurídicos o políticos. Existen otros espacios para eso. Lo que aquí nos ocupa es algo mucho más humano. Nos ocupa la experiencia de las personas. Nos ocupa aquello que sucede cuando una realidad inesperada irrumpe en una familia y modifica su manera de vivir, de relacionarse y de mirar el futuro. Nos ocupa el amor, la ausencia, la esperanza, la culpa, el miedo y la extraordinaria capacidad que tienen los seres humanos para adaptarse incluso a las circunstancias más difíciles.
Las historias que encontrará en estas páginas son reales. Algunos nombres han sido modificados para proteger identidades. Algunos detalles han sido ajustados cuando fue necesario preservar la privacidad de quienes compartieron sus experiencias. Sin embargo, la esencia permanece intacta. Porque la verdad emocional de estas historias merece ser contada. No para despertar lástima. No para generar polémica. No para justificar conductas. No para cuestionar sentencias. Sino para escuchar. Escuchar a quienes rara vez son escuchados. Dar voz a quienes suelen permanecer en silencio. Permitir que las experiencias de unas personas puedan servir de compañía para otras.
Si algo he descubierto al escuchar estos relatos es que muchas familias atraviesan este proceso sintiéndose completamente solas. Solas en la confusión. Solas en el miedo. Solas en la incertidumbre. Solas frente a preguntas para las cuales nadie parece tener respuestas. Por eso este libro también quiere convertirse en una mano extendida. En una compañía silenciosa. En una conversación que acompañe a quienes están comenzando este camino. Quizás algunas personas encuentren aquí respuestas. Quizás otras encuentren comprensión. Quizás algunas simplemente descubran que no son las únicas que han sentido tristeza, impotencia, rabia, culpa o esperanza. Y eso ya sería suficiente.
Si este libro logra acompañar a una sola familia en uno de los momentos más difíciles de su existencia; si logra que una sola persona comprenda mejor una realidad que desconocía; o si consigue que alguien se sienta escuchado cuando durante años sintió que nadie quería escucharle, entonces habrá cumplido plenamente su propósito. Y ese propósito, desde el principio, ha sido profundamente sencillo: hablar de seres humanos.
Vinicio Jarquín