
Leído por ahí.
Una madre encontró a su pequeño hijo intentando resolver una tarea que le estaba costando trabajo. El niño estaba solo, concentrado, luchando contra la frustración que todos conocemos cuando algo no sale a la primera. Lo observó durante unos instantes y entonces escuchó algo que la dejó inmóvil. El niño se hablaba a sí mismo. No estaba jugando. No estaba imaginando personajes. Se estaba dando ánimo. Mientras intentaba resolver aquello que tenía frente a él, se decía cosas como: «Lo vas a lograr, dulzura», «No te preocupés», «Seguí intentando», «Todo va a salir bien». Eran palabras suaves, llenas de paciencia, de cariño y de confianza.
Y de pronto la madre comprendió algo profundamente conmovedor. Aquellas palabras no habían nacido en la mente del niño. Aquellas palabras tenían dueña. Eran exactamente las mismas frases que su abuelita le decía cada vez que él enfrentaba una dificultad. Eran las mismas palabras que escuchaba cuando se caía, cuando algo no le salía bien, cuando lloraba o cuando simplemente necesitaba un poco de apoyo. La voz que estaba escuchando no era realmente la del niño. Era la voz de la abuelita viviendo dentro de él.
Me pareció una de las reflexiones más hermosas que he leído en mucho tiempo. Porque a veces creemos que educar consiste únicamente en corregir, enseñar, alimentar, proteger o poner límites. Y sí, todo eso forma parte del proceso. Pero hay algo mucho más profundo ocurriendo mientras convivimos con los niños. Sin darnos cuenta, estamos ayudando a construir la voz con la que algún día ellos se hablarán a sí mismos.
Cada palabra de cariño que les decimos. Cada momento en que les tenemos paciencia. Cada vez que les recordamos que son capaces. Cada ocasión en que les hacemos sentir que tienen valor simplemente por existir. Todo eso va quedando guardado en algún lugar de su interior. Y pasa el tiempo. Los niños crecen. Nosotros envejecemos. La vida cambia. Pero aquellas palabras permanecen.
Entonces llega el día en que ya no estamos ahí para sostenerles la mano. No estamos en el examen difícil. No estamos en la entrevista de trabajo. No estamos en la decepción amorosa. No estamos en el fracaso que les duele ni en el miedo que los paraliza. Sin embargo, alguien sí está ahí. Esa voz interior que se formó durante años. Esa voz que les recuerda quiénes son y cuánto valen. Esa voz que les habla cuando más lo necesitan.
Y creo que ahí aparece una pregunta que vale la pena hacernos. ¿Qué estamos sembrando en la mente y en el corazón de nuestros hijos, de nuestros nietos o de los niños que pasan por nuestras vidas? Porque un día esas palabras regresarán. Volverán convertidas en pensamientos. Volverán convertidas en creencias. Volverán convertidas en la forma en que ellos mismos se tratarán cuando nadie más los esté mirando.
Qué maravilloso sería que, cuando llegue ese momento, escuchen una voz parecida a la de aquella abuelita. Una voz que les diga que sigan adelante. Una voz que les recuerde que pueden levantarse. Una voz que les hable con ternura cuando el mundo sea duro. Una voz que les recuerde que son valiosos incluso cuando fracasan. Una voz que les diga, con infinita dulzura, que todo va a estar bien.
Porque algunas palabras duran unos segundos.
Y otras duran toda una vida.