
Hace poco alguien me dijo que Costa Rica viene en decadencia desde que se han cambiado muchas leyes. Según él, esas modificaciones han debilitado la autoridad dentro de los hogares. Me dijo que ya no se les permite a los jefes de hogar poner «mano firme» con sus propios hijos y que precisamente por eso cada vez resulta más difícil educarlos correctamente.
La conversación me dejó pensando.
No tanto por la conclusión a la que llegó, sino por las palabras que eligió para llegar hasta ella. Porque a veces creemos que las palabras son simplemente vehículos para expresar una idea. Pero muchas veces las palabras también revelan la estructura mental desde la que estamos observando el mundo. Y en este caso hubo tres expresiones que me llamaron particularmente la atención.
La primera fue «jefe de hogar». No dijo padre. No dijo madre. No dijo padres de familia. No habló de acompañar, educar o formar. Habló de un jefe. Y aunque la expresión ha sido utilizada durante décadas y muchas personas la emplean sin mala intención, también refleja una visión muy particular de las relaciones familiares. Una visión donde la autoridad ocupa el centro de la escena y donde la familia parece organizarse más alrededor de una jerarquía que alrededor de un vínculo. Tal vez para muchas personas la diferencia parezca pequeña, pero las palabras nunca son completamente inocentes. A veces describen una realidad. Otras veces revelan la manera en que entendemos esa realidad.
La segunda expresión que me hizo detenerme fue la idea de que son las leyes las que ya no permiten educar correctamente a los hijos. Y ahí aparece una pregunta interesante. ¿Realmente una buena crianza depende de que una ley permita ciertas cosas? Porque si educar bien requiere que el Estado autorice determinadas formas de ejercer autoridad, entonces quizá el problema no esté únicamente en las leyes. Quizá también valga la pena preguntarse qué entendemos por educar. La inmensa mayoría de nosotros aprendimos valores importantes sin necesidad de golpes, amenazas o miedo constante. Aprendimos observando ejemplos. Aprendimos viendo coherencia. Aprendimos sintiéndonos amados. Aprendimos a través del diálogo, de las consecuencias naturales y de la convivencia diaria.
Claro que toda crianza necesita límites. Claro que los hijos requieren orientación. Claro que los padres deben asumir responsabilidades. Nadie está planteando una crianza sin normas ni consecuencias. Pero una cosa es establecer límites y otra muy distinta es pensar que la autoridad solo existe cuando puede imponerse mediante la fuerza o mediante mecanismos que hoy la sociedad decidió limitar. Porque si el respeto depende exclusivamente del poder para castigar, quizá no estamos hablando realmente de respeto. Quizá estamos hablando de otra cosa.
Y eso me lleva a la tercera expresión que me generó inquietud: la famosa «mano firme». Porque detrás de esas dos palabras pueden esconderse significados muy distintos según quién las pronuncie. Para algunas personas significa constancia, disciplina y coherencia. Para otras significa control. Para otras significa obediencia. Y para algunas significa incluso castigo. Por eso cuando alguien afirma que ya no puede criar bien a sus hijos porque las leyes le impiden ejercer mano firme, inevitablemente surgen preguntas. ¿Qué entiende exactamente por mano firme? ¿Qué prácticas considera indispensables para educar? ¿Qué es lo que siente que perdió? Porque muchas veces las discusiones sobre autoridad no son realmente discusiones sobre autoridad. Son discusiones sobre poder. Y no siempre son la misma cosa.
Un padre puede ser profundamente respetado sin necesidad de ser temido. Una madre puede ejercer una enorme influencia sin necesidad de imponerse mediante la intimidación. Una familia puede funcionar con límites claros sin necesidad de construir relaciones basadas en el miedo. De hecho, muchas de las relaciones familiares más sólidas que conocemos funcionan precisamente así. No porque exista una figura dominante. Sino porque existe confianza. Porque existe respeto mutuo. Porque existe ejemplo. Porque existe amor. Porque los hijos aprenden a reconocer la autoridad de quienes los guían, no simplemente de quienes tienen la capacidad de castigarlos.
Por supuesto, no conozco a la persona que hizo ese comentario lo suficiente como para juzgarla. De hecho, parto de la idea de que probablemente es un buen padre y que desea lo mejor para sus hijos. No creo que su intención fuera promover el maltrato ni mucho menos. Sería injusto asumirlo. Pero precisamente por eso me parece interesante detenernos en las palabras. Porque las palabras nunca llegan solas. Arrastran ideas. Arrastran valores. Arrastran formas de entender la vida. Y cuando alguien afirma que la decadencia de un país comenzó cuando las leyes dejaron de permitirle ejercer autoridad sobre sus hijos, quizá la conversación más importante no sea sobre las leyes.
Quizá sea sobre la manera en que entendemos la autoridad. Y sobre si queremos formar personas que obedezcan porque tienen miedo o personas que hagan lo correcto porque aprendieron a comprender por qué es correcto hacerlo. Porque la diferencia entre ambas cosas puede parecer pequeña cuando los hijos son niños. Pero cuando llegan a la adultez, esa diferencia suele definir qué tipo de personas terminamos entregándole a la sociedad.
Y quizá ahí esté la verdadera pregunta. No si las leyes cambiaron demasiado. Sino si nosotros hemos aprendido nuevas formas de educar sin depender exclusivamente del poder. Porque formar seres humanos siempre ha sido una tarea compleja. Pero tal vez la mejor autoridad no sea la que logra obediencia inmediata. Tal vez sea la que logra construir conciencia. Y esa, honestamente, nunca ha dependido de una ley.