
Cada vez que una persona comete un delito, aparecen víctimas.
Eso es indiscutible.
Si alguien asalta a una familia, le roba los ahorros de toda una vida o destruye el patrimonio construido con esfuerzo, esa familia sufre. Si alguien estafa a otra persona, el daño no recae únicamente sobre quien perdió el dinero. Muchas veces también afecta al cónyuge, a los hijos y a todo un entorno familiar. El delito deja heridas reales, profundas y, en algunos casos, irreparables. Nadie debería minimizar ese dolor. Las víctimas directas merecen justicia, acompañamiento y todo el apoyo que una sociedad pueda brindarles.
Pero la historia no termina allí.
Porque cuando esa persona es detenida, juzgada y enviada a prisión, nace un segundo grupo de personas que también comienza a sufrir. No porque hayan cometido un delito. No porque hayan sido condenadas. Sino simplemente porque aman a alguien que ahora está privado de libertad. Son la esposa que queda sola. El esposo que ahora debe asumir toda la carga del hogar. La madre que cada noche piensa en su hijo. El padre que envejece esperando una visita. Los hijos que crecen sin uno de sus padres. Los hermanos, los abuelos y los seres queridos que, sin haber participado absolutamente en nada, también ven cómo su vida cambia de un día para otro.
Y aquí aparece una diferencia que pocas veces discutimos. Las primeras víctimas, con toda justicia, reciben comprensión. La sociedad entiende su dolor. Sus familiares las abrazan. Sus amigos las acompañan. La comunidad suele solidarizarse con ellas. Existe un reconocimiento social de que fueron dañadas injustamente y de que necesitan apoyo para reconstruir sus vidas.
Las segundas víctimas viven una realidad completamente distinta. También sufren. También lloran. También pierden a un ser querido. Pero, además del dolor, cargan con otra mochila: la vergüenza. Muchas veces sienten que no pueden decir públicamente que tienen un hijo, un esposo, una madre o un hermano en prisión. Temen ser señaladas. Temen ser juzgadas. Temen que otras personas piensen que son iguales al familiar que cometió el delito. Algunas prefieren guardar silencio. Otras inventan explicaciones. Algunas simplemente dejan de hablar del tema porque descubren que, de alguna manera, la condena también cayó sobre ellas.
Y hay otro aspecto del que casi nunca hablamos. Quienes pierden a un ser querido por una muerte tienen la posibilidad de hacer un duelo. Es un proceso doloroso, pero la sociedad lo comprende. Hay funerales. Hay abrazos. Hay despedidas. Poco a poco comienza un proceso de aceptación. Las familias de una persona privada de libertad viven una pérdida distinta. La persona sigue viva, pero ya no está. No pueden abrazarla cuando quieren. No pueden compartir una cena familiar. No pueden celebrar cumpleaños juntos. No pueden verla crecer junto a sus hijos. No pueden despedirse de esa ausencia, porque no es definitiva. Y tampoco pueden recuperarla, porque sigue detrás de los muros de una prisión. Es una especie de duelo suspendido. Una ausencia que nunca termina de convertirse en presencia ni en despedida.
Por eso he decidido escribir sobre ellas. No porque considere menos importante el sufrimiento de las víctimas directas. Sería un error plantearlo así. El dolor no compite. No existe un campeonato del sufrimiento. Una tragedia no cancela la otra. Mi decisión nace de una razón mucho más sencilla. Las primeras víctimas ya tienen una voz. La sociedad las escucha. Las instituciones trabajan para protegerlas. Cada vez existe una mayor sensibilidad hacia su realidad, y eso es algo positivo. Las segundas, en cambio, casi siempre permanecen invisibles. Pocas personas preguntan cómo está la madre de un privado de libertad. Pocas personas piensan en los hijos que crecieron sin uno de sus padres. Pocas personas imaginan el recorrido de quien hace largas filas para una visita, el dinero que gasta, la incertidumbre con la que vive o el peso emocional que carga durante años.
No estoy escribiendo para justificar delitos. Tampoco para disminuir el sufrimiento de quienes fueron víctimas de ellos. Estoy escribiendo para iluminar una realidad humana que casi nunca ocupa espacio en la conversación pública. Porque una sociedad puede defender a las víctimas directas y, al mismo tiempo, tener compasión por quienes también quedaron heridos sin haber cometido ningún delito. La compasión no se divide. Se multiplica. Y una sociedad se vuelve más humana no cuando decide cuál dolor merece ser escuchado, sino cuando es capaz de reconocer todos los dolores que existen, incluso aquellos que casi nadie quiere mirar.
Creo que, en un mundo ideal, nuestro papel como sociedad debería ser mucho más sencillo de lo que a veces creemos.
Nos corresponde tener compasión por la familia que sufrió el delito, porque fue dañada injustamente y merece apoyo, acompañamiento y solidaridad. Nos corresponde también tener compasión por la familia de la persona privada de libertad, porque también está sufriendo, aunque por razones completamente distintas y sin haber cometido necesariamente ningún delito. Nos corresponde confiar en que la justicia haga correctamente su trabajo, investigue, valore las pruebas y determine la responsabilidad de quien corresponda. Y, si esa persona es encontrada culpable, que cumpla la pena que la ley establece.
Pero también nos corresponde recordar algo que con demasiada frecuencia olvidamos: la pena es la privación de libertad. No la generación deliberada de sufrimiento.
Cuando comenzamos a pensar que la persona condenada debe sufrir cada vez más, que debe ser humillada, degradada o privada de toda dignidad, dejamos de hablar de justicia y empezamos a acercarnos peligrosamente a la venganza. La justicia busca restaurar el orden social dentro del marco de la ley. La venganza busca satisfacer el enojo o el deseo de castigar más allá de lo que la propia justicia dispuso. Son cosas muy distintas.
Al final del día, quienes no somos jueces tenemos una responsabilidad diferente. No nos corresponde dictar sentencias. No nos corresponde aumentar castigos. No nos corresponde convertirnos en verdugos desde las redes sociales o desde la comodidad de nuestras opiniones. Nos corresponde ser ciudadanos. Y un buen ciudadano puede exigir justicia sin perder la compasión.
Porque la compasión no debilita a la justicia.
La humaniza.
Y cuando elegimos vivir desde la compasión en lugar de la revancha, no solamente contribuimos a construir una sociedad mejor. También construimos un mejor ser humano dentro de nosotros mismos. Vivir deseando el sufrimiento ajeno termina endureciendo el corazón. Vivir comprendiendo el dolor de los demás, incluso cuando las circunstancias son complejas, termina llenándolo de paz.
Quizá esa sea una de las diferencias más profundas entre la justicia y la venganza.
La justicia intenta sanar a una sociedad.
La venganza termina enfermando también a quien la alimenta.