
Honestamente, hay cambios que se están implementando en el sistema penitenciario que simplemente no logro entender. Hoy me enteré de que algunos privados de libertad escriben cartas para sus seres queridos con la intención de entregárselas cuando reciben una visita. No estoy hablando de teléfonos, dispositivos electrónicos o algún objeto que pudiera representar un riesgo para la seguridad. Estoy hablando de cartas. De unas cuantas hojas de papel escritas para una madre, un hijo, una esposa o cualquier persona que todavía los espera afuera.
Y resulta que tampoco les permiten entregarlas.
Confieso que no alcanzo a comprender cuál es el objetivo de una medida como esa. Si existe una razón de seguridad real, me gustaría conocerla. Pero, vista desde afuera, cuesta encontrar una explicación que la justifique. Más bien da la impresión de que ya no se trata de prevenir riesgos, sino de añadir una cuota innecesaria de sufrimiento a personas que, independientemente del delito cometido, siguen siendo seres humanos y continúan teniendo vínculos afectivos con quienes están fuera de esos muros.
En mi opinión, medidas como esta dejan de parecer decisiones de seguridad para convertirse en actos de humillación, de maltrato o en parte de un plan que, sinceramente, todavía no termino de entender. Porque una sociedad se fortalece cuando castiga conforme a la ley, no cuando elimina pequeños espacios de humanidad que no representan un peligro para nadie.
Y quizá valga la pena preguntarnos qué país estamos construyendo cuando hasta una simple carta escrita a mano comienza a verse como una amenaza.