
Durante los últimos años hemos aprendido a identificar algo que se volvió común en las redes sociales: los llamados trolls. Son cuentas o personas que aparecen de manera constante en las publicaciones para comentar casi siempre en una sola dirección. Defienden a un sector político, atacan al contrario, ridiculizan a quienes piensan diferente y buscan influir en la percepción de quienes leen. Muchas veces no aportan información nueva, no buscan comprender otros puntos de vista ni participan en un diálogo que permita construir una mejor sociedad. Su objetivo parece ser instalar una narrativa, generar una sensación de mayoría o influir en la opinión de quienes observan la conversación desde afuera. No importa si tienen razón o no; lo importante para ellos parece ser que la percepción pública se incline hacia un lado determinado.
Por supuesto, no toda persona que expresa una opinión política es un troll. En una democracia todos tenemos derecho a apoyar a un gobierno, a un partido político o a una determinada corriente de pensamiento. La diferencia está en el propósito y en la forma de participar. Un ciudadano aporta ideas, escucha, analiza, debate y, cuando es posible, se involucra en la búsqueda de soluciones. El troll, en cambio, parece existir únicamente dentro de las redes sociales. Su participación comienza y termina en los comentarios, como si la construcción de un país pudiera hacerse únicamente escribiendo desde un teléfono celular o una computadora.
Durante mucho tiempo hemos criticado a esos trolls. Los hemos señalado porque aparecen sistemáticamente defendiendo al oficialismo y atacando cualquier crítica que surja en su contra. Hemos dicho que contaminan el debate público, que manipulan la percepción de las personas y que intentan hacer creer que existe un respaldo mucho mayor del que realmente hay. Y probablemente muchas de esas observaciones sean ciertas. Sin embargo, hace poco me surgió una pregunta que considero mucho más importante que seguir señalándolos. Una pregunta incómoda, incluso para quienes nos consideramos ciudadanos responsables.
¿Y si nosotros también nos estamos convirtiendo en trolls?
Porque si nuestra participación política consiste únicamente en entrar a Facebook para criticar al oficialismo, aplaudir a la oposición, responder comentarios, compartir publicaciones y reaccionar con un «me gusta» a quienes piensan igual que nosotros, pero después cerramos la aplicación y no hacemos absolutamente nada por nuestro país, ¿en qué nos diferenciamos realmente de aquellos a quienes criticamos? Si nuestra contribución termina cuando apagamos la pantalla, tal vez estemos participando exactamente de la misma manera, aunque desde el bando contrario.
Hasta donde conozco, los trolls más visibles no participan en movimientos ciudadanos. No forman parte de organizaciones que busquen fortalecer la democracia. No dedican tiempo a estudiar los problemas nacionales. No asisten a reuniones donde se construyan propuestas. No colaboran con asociaciones comunales, grupos cívicos, centros de pensamiento o iniciativas que pretendan mejorar las instituciones del país. Parecen limitar toda su energía a influir en la conversación digital, intentando convencer, provocar o desacreditar a quienes piensan diferente.
Entonces la pregunta deja de ser quiénes son ellos y empieza a ser quiénes somos nosotros. ¿Participamos realmente en algo? ¿Dedicamos tiempo a fortalecer la democracia? ¿Apoyamos organizaciones serias que trabajan por el país? ¿Asistimos a espacios de discusión, colaboramos con ideas, ofrecemos nuestro conocimiento o ayudamos a construir soluciones? ¿O simplemente esperamos el siguiente tema del día para volver a comentar en redes sociales creyendo que con eso ya cumplimos nuestro deber como ciudadanos?
Si la respuesta es que no participamos en nada más, quizá la diferencia entre ellos y nosotros sea mucho menor de la que imaginamos. Tal vez el único cambio sea el color de la bandera que defendemos. Ellos impulsan una narrativa; nosotros impulsamos otra. Ellos buscan convencer desde un teclado; nosotros también. Pero mientras ambos grupos discuten durante horas en Facebook, los verdaderos problemas del país siguen esperando ciudadanos que decidan levantarse de la silla y hacer algo más que escribir comentarios.
Una democracia no se sostiene con miles de personas comentando publicaciones. Se sostiene con ciudadanos que estudian, que participan, que se organizan, que proponen, que fiscalizan al poder, que fortalecen instituciones, que colaboran con proyectos serios y que entienden que la libertad también implica responsabilidad. Las redes sociales son una herramienta extraordinaria para informar, denunciar, convocar y despertar conciencia, pero nunca deberían convertirse en el lugar donde termina nuestra participación ciudadana.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente quiénes son los trolls. Tal vez la pregunta verdaderamente importante sea otra: cuando cierro Facebook, ¿empiezo a ser ciudadano o dejo de serlo? Porque el futuro de un país no se construye en la sección de comentarios. Se construye cuando las personas deciden que sus convicciones valen lo suficiente como para convertirse en acciones.