
Ayer estaba conversando con un muchacho universitario que estudia fotografía y, sin queja, sin enojo y sin intención de denunciar nada, me contó una experiencia que había vivido en Cenada. Como parte de un trabajo de la universidad, había ido a tomar fotografías del lugar utilizando una cámara profesional que le había prestado su mamá. Mientras ella conducía el vehículo, él iba tomando fotografías desde la ventana. Según me contó, un guarda de seguridad lo detuvo y le indicó que no podía hacerlo. Más tarde, cuando salían del lugar, otro guarda volvió a detenerlos en el portón e incluso realizó algunas llamadas telefónicas.
Él me lo narró simplemente como una experiencia curiosa que había vivido. No estaba molesto. No se sentía maltratado. No pretendía presentar una denuncia. Pero mientras lo escuchaba, para mí aquello se convirtió en una llamada de atención. Quise entender qué había ocurrido realmente. Me interesaba saber si se trataba de una política institucional de Cenada o de una actuación aislada de un guarda de seguridad. Porque, si era una decisión institucional que afectaba injustificadamente a las personas, consideraba que valía la pena elevar el tema a las instancias correspondientes para que se revisara. Y si, por el contrario, había sido un error de procedimiento de algún funcionario, bastaría con aclarar lo sucedido y evitar que volviera a ocurrir. Incluso pensé que, si ese era el caso, una disculpa al muchacho sería lo correcto.
Esta mañana llamé a Cenada para conversar con el director o administrador. En ese momento no se encontraba, así que dejé mi nombre y mi número de teléfono. Horas más tarde devolvió la llamada. Antes de que yo pudiera desarrollar completamente el motivo de mi consulta, me interrumpió para explicarme lo sucedido. Me dijo que conocía quién era yo, que había visto parte de mi trabajo y, de inmediato, comenzó a relatarme la situación desde la perspectiva de la institución. Curiosamente, los hechos coincidían exactamente con la versión que me había contado el muchacho. La diferencia no estaba en lo que había ocurrido. La diferencia estaba en la forma de interpretar lo que cada uno estaba viendo.
Desde la perspectiva del estudiante, todo era completamente normal. Un joven universitario realizando una tarea académica. Una cámara prestada por su mamá. Fotografías de frutas, verduras y escenas del mercado. Nada más. Pero desde la perspectiva de quienes tienen la responsabilidad de cuidar la seguridad de Cenada, la escena podía verse completamente distinta. Un hombre joven, utilizando una cámara profesional, tomando fotografías desde el interior de un vehículo, sin anunciar quién era ni cuál era el propósito de esas imágenes. El administrador me explicó que, por razones de seguridad y por situaciones que el mercado ha vivido en el pasado —y que prefiero no detallar—, ese tipo de conductas obliga a activar protocolos de prevención. Y mientras más hablábamos, más sentido encontraba en su explicación.
Al terminar la conversación comprendí que, desde mi punto de vista, el administrador había actuado correctamente. No encontré arbitrariedad. No encontré abuso. Encontré una institución preocupada por proteger a quienes trabajan, compran y venden en un lugar donde diariamente circula una enorme cantidad de personas y de dinero en efectivo. Su obligación no es asumir que todo está bien. Su obligación es verificar cuando algo les genera una duda razonable. Y creo que, en este caso, hicieron exactamente eso.
Después de la llamada me comuniqué nuevamente con el muchacho para contarle todo lo que había conversado con el administrador. Él entendió perfectamente la explicación. Yo también. De hecho, el administrador había ofrecido disculparse personalmente y abrirle las puertas para que regresara a realizar su trabajo con todas las facilidades necesarias. Sin embargo, tanto el muchacho como yo coincidimos en que ninguna de las dos cosas era realmente necesaria. Nadie había actuado con mala intención. Lo que había ocurrido era simplemente el encuentro entre dos personas completamente bien intencionadas que observaban una misma escena desde responsabilidades diferentes.
De esa conversación surgió un aprendizaje muy valioso. Le dije al muchacho que muchas veces hacemos cosas desde la absoluta inocencia porque sabemos que nuestras intenciones son buenas. Pero el mundo no tiene forma de conocer nuestras intenciones. El mundo solamente observa nuestras acciones. Y una misma conducta puede transmitir mensajes completamente distintos dependiendo del contexto. Le puse un ejemplo muy sencillo. Uno no puede entrar a un hotel a fotografiar las ventanas o las puertas de las habitaciones pensando únicamente que son bonitas, porque desde la perspectiva del hotel inmediatamente se activarán las alarmas de seguridad para proteger a sus huéspedes. No porque uno sea delincuente, sino porque el hotel no puede darse el lujo de esperar a descubrirlo después.
Entonces él me hizo una pregunta muy interesante: «¿No es tan sencillo como tomar las fotos y después pedir perdón si alguien se molesta?». Mi respuesta fue que no. Que precisamente ese era el aprendizaje. Antes de actuar no solamente debemos preguntarnos si nuestras intenciones son buenas. También debemos preguntarnos cómo podría interpretar esa conducta la persona que está al otro lado. Porque la empatía no consiste únicamente en pedir que comprendan nuestras razones. También consiste en hacer el esfuerzo por comprender las responsabilidades de los demás.
Incluso le sugerí que aprovechara esta experiencia cuando presente su trabajo en la universidad. Que además de enseñar las fotografías que logró tomar, contara esta historia a sus compañeros. Porque estoy convencido de que puede convertirse en un aprendizaje muy valioso para futuros fotógrafos, comunicadores, periodistas y profesionales que algún día trabajarán en espacios donde la seguridad también forma parte de la realidad.
Y para terminar esta historia, les cuento algo que me dejó una sonrisa. Al despedirnos, el administrador me hizo una invitación muy amable. Me dijo: «Véngase una madrugada de estas». Porque, como muchos saben, Cenada trabaja durante la noche y la madrugada. Me ofreció compartir un ceviche o una empanada mientras conozco mejor el funcionamiento del lugar.
Y creo que voy a aceptar la invitación.
Porque algunas veces los mejores puentes comienzan con una conversación.
Y otras veces… con un ceviche.