
Odiemos a la prensa.
Esa parecía ser la consigna. No bastaba con señalar errores periodísticos, que por supuesto existen como existen en cualquier profesión humana. No. Había que odiarla. Había que convertir a periodistas y medios de comunicación en enemigos públicos. Había que señalar, ridiculizar, desacreditar y repetir una y otra vez que no eran dignos de confianza. Poco a poco dejamos de discutir noticias específicas y comenzamos a rechazar a la prensa como un todo, como si todos los periodistas pensaran igual, todos mintieran igual y todos respondieran a un mismo interés. El objetivo ya no era cuestionar el contenido de una publicación, sino despertar una emoción mucho más poderosa: el desprecio. Y funcionó. Muchísima gente aprendió a desconfiar antes de leer, a rechazar antes de escuchar y a odiar antes de analizar.
Luego vinieron los diputados. No algunos diputados. Todos los diputados. Y cuando no alcanzó con odiarlos en grupo, empezamos a odiarlos uno por uno. Que si este era un corrupto, que si aquella era una inútil, que si el otro era un vendido, que si aquel era un vago. Poco a poco dejamos de ver personas con ideas distintas, capacidades distintas y comportamientos distintos, para comenzar a ver una sola masa uniforme de enemigos. Ya no importaba que algunos trabajaran seriamente o que otros defendieran causas con las que podíamos coincidir. Lo importante era que la palabra «diputado» produjera automáticamente rechazo. El odio colectivo resultó mucho más útil que el análisis individual. Y así aprendimos a odiar a los diputados.
Después llegó el turno de la Contralora General de la República. Tampoco bastó con cuestionar decisiones concretas o criterios técnicos. Había que convertir a una funcionaria en el símbolo de todos los males administrativos del país. La mayoría de los costarricenses jamás ha leído un informe de la Contraloría, a lo mejor desconoce cuáles son exactamente sus funciones y nunca ha conversado con quien ocupa ese cargo. Pero eso dejó de importar. Bastó construir una narrativa emocional para que muchas personas sintieran rechazo hacia una institución cuya existencia precisamente busca vigilar el uso correcto de los recursos públicos. El debate dejó de ser técnico para convertirse en una historia sencilla de héroes y villanos. Y nuevamente funcionó.
Y entonces llegó el turno del Poder Judicial. No fue de un día para otro. Primero aparecieron críticas legítimas. Juicios demasiado largos. Sentencias difíciles de comprender. Casos que parecían no terminar nunca. Todo eso merece ser discutido. Ninguna institución humana está libre de errores. Pero lentamente la crítica dejó de dirigirse a problemas específicos y comenzó a dirigirse contra toda la institución. Ya no era un juez el que podía equivocarse; era el Poder Judicial completo el que pasaba a ser señalado como enemigo del país. Las palabras fueron cambiando de tono. Ya no se hablaba de diferencias jurídicas, sino de alcahuetas, de cómplices, de defensores de delincuentes, de obstáculos para el desarrollo y enemigos de la seguridad nacional. Cuando un ciudadano escucha suficiente tiempo que una institución es responsable de todos sus problemas, termina creyéndolo. Es mucho más sencillo odiar que comprender cómo funciona el derecho. Mucho más fácil culpar que estudiar. Y así aprendimos a odiar al Poder Judicial.
Después llegó el Tribunal Supremo de Elecciones. Tal vez una de las instituciones que más prestigio internacional le ha dado a Costa Rica. La misma que organizó elecciones durante décadas, la misma que validó victorias de todos los partidos políticos, la misma que permitió alternancias pacíficas en el poder y que fue observada como ejemplo democrático por muchos otros países. Pero tampoco eso bastó. Porque cuando una sociedad empieza a vivir desde la emoción, la confianza deja de construirse sobre la historia y empieza a depender únicamente de si el resultado coincide con nuestros deseos. Si gana quien yo quería, el sistema funciona. Si pierde, alguien hizo trampa. Y entonces comenzaron las insinuaciones. No hacía falta presentar pruebas; bastaba sembrar dudas. Bastaba preguntar si habría algo extraño, si alguien movería los hilos desde las sombras o si el Tribunal estaría favoreciendo a unos sobre otros. Poco a poco se fue sembrando desconfianza en una institución que durante décadas había sido motivo de orgullo nacional. Y así aprendimos también a odiar al Tribunal Supremo de Elecciones.
Luego llegaron las universidades públicas. Aquellos lugares donde miles de costarricenses de familias humildes encontraron la oportunidad de estudiar, convertirse en profesionales y transformar la vida de generaciones enteras. Universidades que formaron médicos, ingenieros, investigadores, científicos, economistas, abogados, artistas y profesores. Instituciones que producen investigación, conocimiento y desarrollo para el país. Claro que tienen problemas. Claro que pueden existir excesos administrativos y asuntos que deben corregirse. Pero una cosa es discutir reformas y otra muy distinta es convencer a la población de que las universidades son el enemigo. De pronto dejaron de verse como centros de conocimiento para convertirse en fortalezas ideológicas, en privilegios injustificados y en símbolos de todo lo malo. Cuando una sociedad aprende a desconfiar del conocimiento y de quienes investigan, termina desconfiando del pensamiento mismo. Y así aprendimos también a odiar a las universidades públicas.
Después les tocó a las emisoras de radio. Durante generaciones acompañaron a los costarricenses en los hogares, en los automóviles, en las oficinas y en los campos. Informaron, entretuvieron, denunciaron y sirvieron de puente entre las comunidades y el resto del país. Pero llegó un momento en que una entrevista incómoda, una pregunta insistente o un periodista que simplemente hacía su trabajo bastaban para convertir a toda una emisora en enemiga. Ya no importaban años de credibilidad ni décadas de servicio. Bastaba una transmisión incómoda para desacreditar al medio completo. El periodista dejaba de ser periodista y pasaba a convertirse en adversario político. La radio dejaba de ser un espacio de información para convertirse en un enemigo más dentro de la lista. Y así aprendimos también a odiar a las emisoras de radio.
Más tarde les tocó a los agricultores. Y eso resulta especialmente triste en un país cuya historia está profundamente ligada al trabajo de la tierra. Hombres y mujeres que se levantan antes del amanecer, que viven pendientes del clima, de las plagas, de las sequías, de los precios internacionales y de una actividad económica donde pocas veces existe certeza sobre el resultado final. Personas que producen los alimentos que todos consumimos. Sin embargo, un día dejaron de ser productores para convertirse en sospechosos. Dejaron de ser quienes alimentaban al país para convertirse en un sector al que había que señalar. Ya no importaban las dificultades del campo ni la incertidumbre permanente de producir alimentos. Lo importante era encontrar un nuevo grupo al cual responsabilizar de los problemas nacionales. Y así aprendimos también a odiar a los agricultores.
Y por supuesto llegó la Iglesia. No una congregación específica. No una persona determinada. No un sacerdote concreto. La Iglesia en general. Una institución que, como cualquier otra creada por seres humanos, ha cometido errores graves y algunos imperdonables. Pero también una institución que ha acompañado al país durante generaciones construyendo escuelas, hogares de ancianos, programas sociales, centros educativos y redes de ayuda para miles de personas. Nada de eso parecía importar. Cuando el odio se convierte en hábito desaparecen los matices. Ya no existen diferencias entre unos y otros. Ya no existen personas buenas y personas malas. Todo se mezcla bajo una sola etiqueta que facilita el rechazo colectivo. Porque el odio necesita simplificar. Necesita caricaturas. Necesita enemigos fáciles de identificar. Y así aprendimos también a odiar a la Iglesia.
Y ahora, con mucha más fuerza, parece haber llegado el turno de los privados de libertad. Ya no basta con que una persona cumpla una condena impuesta por un tribunal. Ya no basta con que pague por el delito cometido. Hay que odiarla también. Hay que recordarle permanentemente que nunca volverá a formar parte de la sociedad. Hay que convertirla en el siguiente enemigo colectivo. Porque cuando una sociedad entra en la lógica del odio permanente, siempre necesita nuevos destinatarios.
Y entonces me hago una pregunta sencilla.
¿Qué ocurrirá cuando ya no queden más grupos por odiar?
Porque a este ritmo vamos agotando la lista. Primero fueron los periodistas. Después los diputados. Luego la Contralora. Más tarde los jueces. Después el Tribunal Supremo de Elecciones. Luego las universidades, las emisoras de radio, los agricultores, la Iglesia, los privados de libertad… y seguimos buscando nuevos enemigos.
Hasta que inevitablemente llegará tu turno.
Tal vez te odiarán por la universidad donde estudiaste. Por el barrio donde vives. Por la cantidad de hijos que tienes. Por la profesión que escogiste. Por la iglesia a la que asistes. Por el partido político que apoyas. Por el color de tu piel. Por tu nivel económico. O simplemente por tu cara.
Porque esa es la naturaleza del odio cuando se convierte en herramienta política o cultural. Nunca se conforma. Siempre necesita un nuevo enemigo.
Y cuando finalmente te toque a ti, cuando el dedo acusador apunte en tu dirección y descubras que ahora eres tú quien ocupa el lugar del enemigo de turno, me pregunto quién quedará para defenderte.
Porque tal vez para entonces ya habremos aprendido a odiar a todos.
Y si hemos llegado a odiar a todos, descubriremos demasiado tarde que también terminamos odiándonos a nosotros mismos.