El regalo que algunos convierten en una queja

Hace unos días escuché una historia que me dejó pensando. En una oficina trabajaban varias personas. Apenas llevaban una hora de haber iniciado su jornada laboral cuando el sistema de las computadoras dejó de funcionar. Después de revisar el problema, les informaron que la reparación tardaría aproximadamente siete horas. El jefe tomó entonces una decisión sencilla: les dijo a todos que podían regresar a sus casas y dar por terminado el día laboral. Habían trabajado apenas una hora y recibirían el resto del día libre.

Lo curioso no fue la decisión del jefe. Lo interesante fueron las reacciones. Una de las personas vivía a escasos dos minutos de la oficina. Recibió la noticia con una enorme sonrisa. Sintió que había ganado un regalo inesperado: casi un día completo para descansar, compartir con su familia o hacer aquello que quisiera. Otra persona, en cambio, vivía a una hora de distancia. Su reacción fue completamente distinta. En lugar de alegrarse, comenzó a refunfuñar. «Mejor no hubiera venido», decía. «Si hubiera sabido que esto iba a pasar, me habría quedado en la casa». Sin embargo, había algo curioso. Si el jefe le hubiera preguntado: «¿Entonces preferís quedarte trabajando las siete horas restantes?», probablemente habría respondido que no. También quería irse a su casa. También iba a disfrutar de esas siete horas libres. La diferencia era que había decidido recibir un regalo como si fuera una mala noticia.

Entonces me di cuenta de algo muy interesante. Ambas personas recibieron exactamente el mismo beneficio. Las dos obtuvieron siete horas libres. Ninguna tuvo que seguir trabajando. Ninguna perdió salario. Ninguna fue perjudicada. Lo único que cambió fue la manera en que cada una decidió interpretar la situación. Una vio un regalo inesperado. La otra decidió concentrarse en la hora que había invertido en trasladarse hasta la oficina. El premio era exactamente el mismo. Lo que cambió fue el lugar donde cada uno decidió poner su atención.

Hay otro detalle que me llamó profundamente la atención. Creo que las dos personas no estaban viendo el mismo momento desde el mismo lugar. Una reaccionó mirando hacia atrás. Su mente se quedó atrapada en la hora que había invertido para levantarse temprano, bañarse, prepararse y trasladarse hasta el trabajo. Pensó en el esfuerzo realizado y en el tiempo que ya no podía recuperar. La otra, en cambio, reaccionó mirando hacia adelante. No pensó en la hora que había perdido; pensó en las siete horas que acababa de ganar. Una vivía en el pasado. La otra comenzó a vivir inmediatamente en el presente y en el futuro.

Y tal vez eso nos ocurre con mucha más frecuencia de la que imaginamos. Frente a una buena noticia, algunas personas reaccionan desde el pasado. Se concentran en el costo que ya pagaron, en el esfuerzo realizado o en aquello que no salió exactamente como esperaban. Otras reaccionan desde el presente y el futuro. Ven la oportunidad que acaba de aparecer, el tiempo que ganaron, la puerta que se abrió o la posibilidad que ahora tienen delante. La diferencia no está en la realidad. Está en el punto desde el cual decidimos observarla.

Pensé entonces en otro ejemplo. Una persona pasa varios días preocupada porque el médico le manda a hacerse exámenes de sangre, radiografías y otros estudios. Vive con incertidumbre mientras espera los resultados. Finalmente llega la cita y el médico le dice: «Puede quedarse tranquilo, todos los exámenes salieron bien. Usted no tiene nada». En lugar de salir agradecido porque goza de buena salud, su primer pensamiento es: «Y toda la plata que gasté haciéndome esos exámenes». Acaba de recibir una de las mejores noticias que podía escuchar y, sin embargo, su mente encontró la manera de convertirla en motivo de queja.

Lo más interesante es que esa primera reacción suele ser completamente espontánea. No la pensamos demasiado. Sale casi automáticamente. Y quizá por eso vale la pena observarla, porque muchas veces revela la manera en que hemos aprendido a mirar la vida. Si nuestra primera reacción siempre consiste en buscar lo que perdimos, probablemente terminaremos convirtiendo muchas buenas noticias en malas noticias. Pero si aprendemos a mirar primero lo que acabamos de ganar, quizá descubramos que la vida nos hace muchos más regalos de los que normalmente alcanzamos a ver.

Tal vez la felicidad no dependa únicamente de las buenas noticias que recibimos. Tal vez dependa, sobre todo, de nuestra capacidad para reconocer que son buenas noticias antes de empezar a buscarles el defecto. Porque hay personas que tienen un talento extraordinario para encontrar una razón para agradecer. Y hay otras que, tristemente, tienen un talento igual de extraordinario para encontrar una razón para quejarse, incluso cuando la vida acaba de regalarles exactamente aquello que muchos otros habrían deseado recibir.

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