
Hay días que parecen escritos por un novelista. Uno sale de casa pensando que simplemente irá a compartir una comida con la familia y termina regresando con una historia que dice mucho más sobre las personas que sobre los hechos. Hoy fue uno de esos días. Nuestra sobrina vino de visita desde Estados Unidos junto con su esposo y sus hijas, así que aprovechamos para reunirnos en uno de esos restaurantes elegantes de Santa Ana donde el ambiente invita a conversar sin prisa y donde cada mesa parece guardar una historia diferente.
Apenas llegamos, vimos que también acababan de llegar ellos, así que nos sentamos en la mesa que ya teníamos reservada. Mientras comenzábamos a conversar, levanté la vista y reconocí a la doctora María Luisa Ávila, exministra de Salud. Me acerqué a saludarla porque siempre me ha parecido una persona muy amable. Estaba acompañada por otra doctora y, como suele ocurrir cuando uno se encuentra con personas agradables, la conversación fue breve pero muy cálida. Nos tomamos una fotografía y, justo cuando ya me despedía, llegó mi oftalmóloga para unirse a ellas. Otro saludo cariñoso, algunas palabras más y regresé a nuestra mesa con esa sensación de que el mundo, aunque parezca enorme, siempre termina siendo sorprendentemente pequeño.
Mientras tanto, en una mesa cercana fueron llegando dos parejas. Uno de los señores me observaba constantemente. Debo reconocer que esa parte ya no me resulta extraña. Durante los últimos años muchas personas me han reconocido por los artículos, las fotografías, los videos o por alguna entrevista. Siempre me alegra cuando alguien se acerca a saludarme. De hecho, disfruto mucho esas conversaciones espontáneas porque permiten descubrir personas interesantes y agradecerles el cariño. Sin embargo, he notado que en lugares muy elegantes ocurre algo curioso. La gente parece pensar que acercarse podría ser una falta de educación. Entonces vuelven a ver, comentan algo entre ellos, a veces revisan el teléfono y continúan con su cena. Si supieran que a mí realmente me gusta que me saluden, probablemente muchas de esas miradas terminarían convirtiéndose en una conversación agradable.
La noche transcurría entre historias familiares, risas y buenos recuerdos, hasta que ocurrió algo completamente inesperado. A la mesa de aquellas dos parejas les llevaron un enorme algodón de azúcar. No era un pequeño detalle decorativo. Era uno de esos algodones gigantes que inmediatamente despiertan al niño que uno lleva por dentro. Lo vi una vez. Volví a verlo. Y pensé exactamente lo mismo que habría pensado cualquier chiquillo: ¿cómo es posible que alguien esté comiendo algodón de azúcar y que yo no?
Mi sobrina, que conoce muy bien mi personalidad, sonrió y me lanzó un reto. Me preguntó si sería capaz de ir a pedirles un poco. La verdad es que nunca he entendido por qué debería dar vergüenza hablar con desconocidos cuando uno lo hace con respeto y buen humor. Así que me levanté, caminé hasta su mesa y, con una sonrisa, les dije: «Mi familia no cree que yo sea capaz de venir a pedirles que me regalen algodón de azúcar». Los cuatro soltaron una carcajada. Les aclaré inmediatamente que era una broma, pero insistieron con tanta naturalidad que terminé tomando un pequeño pedazo del algodón de azúcar. Les di las gracias, regresé a nuestra mesa y las carcajadas ahora eran de mi propia familia, que no podía creer que realmente hubiera ido.
Pensé que la historia terminaba ahí, convertida simplemente en una anécdota divertida para recordar en futuras reuniones familiares. Pero unos minutos después apareció un mesero caminando directamente hacia nuestra mesa. Traía dos enormes algodones de azúcar. Eran cortesía de aquella mesa de desconocidos. Todos sonreímos. Les agradecimos el gesto desde lejos y ellos respondieron con la misma cordialidad. Fue uno de esos momentos pequeños que parecen insignificantes para quien los observa desde afuera, pero que tienen un enorme valor porque nacen de manera completamente espontánea. Cuatro personas que no nos conocían decidieron regalarnos un momento de alegría simplemente porque sí. Sin preguntar quiénes éramos, qué pensábamos o por quién votábamos.
Cuando terminaron de cenar comenzaron a despedirse. Nosotros también les agradecimos nuevamente el detalle y parecía que aquella historia iba a terminar exactamente como había comenzado: con una sonrisa. Sin embargo, una de las señoras regresó sola hasta nuestra mesa. Muy amablemente me preguntó quién era el diseñador de mi ropa. Le respondí, también sonriendo, que mi diseñador era Vinicio Jarquín. Ella me dijo que no me conocía y le respondí que podía buscarme en las redes sociales. Hasta ahí, la conversación seguía siendo completamente agradable.
Fue entonces cuando, de manera inesperada, el ambiente cambió. La señora comenzó a decir, con bastante insistencia: «Yo voy con Laura… con Laura y Rodrigo». Lo repitió varias veces. No era el hecho de que simpatizara con ellos lo que llamaba la atención. Cada persona tiene absoluto derecho a apoyar al candidato o al gobierno que considere mejor. Lo que sorprendía era la intensidad con que parecía necesitar dejarlo claro, como si aquella conversación necesitara obligatoriamente convertirse en una declaración política.
Lo curioso era que en nuestra propia mesa había personas que apoyan al oficialismo y personas que no lo hacen. Nadie estaba discutiendo de política. Nadie intentaba convencer a nadie. Éramos simplemente una familia disfrutando de una comida. Por eso el contraste me llamó tanto la atención. Hacía apenas unos minutos habíamos compartido algodón de azúcar con personas que, probablemente, también simpatizaban con el oficialismo y aquello no había tenido absolutamente ninguna importancia. Habíamos reído, habíamos compartido y nos habían regalado un detalle precioso sin preguntarnos por nuestras ideas. En cambio, ahora aparecía esa necesidad de convertir una conversación casual en una especie de declaración de pertenencia política.
La señora me observó como esperando una respuesta similar. Entonces le respondí con toda tranquilidad que yo procuro ser una especie de puente entre la ciudadanía y los poderes de la República, que mi trabajo consiste precisamente en poder conversar con todos y que muy pocas personas saben por quién voto. Alguien de nuestra mesa hizo un comentario en tono de broma y todos sonreímos. La señora también sonrió, se despidió cordialmente y regresó con su grupo.
Mientras regresaba a casa seguía pensando en la curiosa secuencia de acontecimientos que había vivido durante apenas un par de horas. Primero apareció un gesto profundamente humano: compartir un algodón de azúcar entre completos desconocidos. Después apareció la necesidad de dejar claro un color político. Y comprendí que, sin proponérselo, aquella noche me había dejado una reflexión mucho más grande que el propio episodio.
Las ideas políticas son necesarias. Las diferencias de opinión también lo son. La democracia vive precisamente de que existan personas que piensen distinto. Lo que comienza a preocuparme es cuando dejamos de ser personas para convertirnos únicamente en seguidores, cuando la identidad política empieza a ocupar el lugar de la identidad humana y sentimos la necesidad de anunciar permanentemente de qué lado estamos, incluso cuando nadie lo ha preguntado.
Esta noche, unas personas que probablemente simpatizan con el oficialismo tuvieron con nosotros un gesto precioso que recordaré durante mucho tiempo. Ojalá esa sea siempre la parte más fuerte de quienes somos. La que comparte antes de dividir, la que conversa antes de etiquetar, la que regala un algodón de azúcar antes que una consigna política.
Porque, al final de cuentas, Costa Rica necesita ciudadanos que puedan pensar distinto sin dejar de verse como personas. Y quizá, mientras aprendemos nuevamente a hacerlo, nos vendrían muy bien menos fanatismos… y muchos más algodones de azúcar.