
Esta noche, después de leer tantos comentarios, de observar tantas reacciones y de recorrer las redes sociales, creo que la respuesta es no. No vale la pena. Ya no hay nada que salvar. Ya no hay nada que hacer. Todo parece perdido. Y quienes todavía intentamos explicar algunas cosas, convencer a las personas de pensar un poco más allá de la consigna política del momento o defender las instituciones de este país, pareciera que únicamente estamos dando pataletas de ahogado.
Tal vez mañana amanezca pensando distinto. De hecho, probablemente así será. Probablemente mañana vuelva a levantarme con la misma convicción con la que he trabajado durante los últimos meses. Volveré a escribir, a reunirme con diputados, magistrados, asesores, estudiantes y ciudadanos. Volveré a creer que todavía hay algo por hacer. Volveré a intentar salvar lo que quede. Pero esta noche no. Esta noche siento que la patria se nos fue de las manos.
Veintisiete mil millones de colones. Esa es la cifra del recorte presupuestario que, según se ha anunciado, podría afectar al Poder Judicial. No estamos hablando de un ajuste menor. Estamos hablando de una reducción enorme que ya ha generado preocupación en distintos sectores, incluida la Asociación Costarricense de la Judicatura, por las consecuencias que podría tener sobre el funcionamiento de uno de los pilares de nuestra democracia. Independientemente de la simpatía política de cada uno, de si alguien considera que el Poder Judicial funciona bien o mal, o de las críticas legítimas que puedan existir hacia esa institución, hay una pregunta que deberíamos hacernos como sociedad: ¿qué ocurre cuando debilitamos sistemáticamente a una de las instituciones llamadas a proteger el Estado de derecho? Porque una cosa es impulsar mejoras, exigir eficiencia o señalar errores. Otra muy distinta es quitarle las herramientas necesarias para cumplir su función. Las instituciones no se sostienen con discursos. Se sostienen con recursos, con personas y con la capacidad real de cumplir aquello para lo que existen.
Pero debo confesar que hay algo que me preocupa muchísimo más que el propio recorte. He leído comentarios como: «cremita de rosas para el Poder Judicial». Y muchos otros por el estilo. Comentarios escritos con alegría, con burla, con una sensación de victoria. Como si hubieran ganado una guerra. Como si el debilitamiento de una de las instituciones de la República fuera un trofeo digno de celebrarse. Y, sinceramente, no logro entender qué los mueve. ¿Será que no comprendieron las consecuencias de lo que están aplaudiendo? ¿Será que tienen causas personales pendientes con el Poder Judicial? ¿Será que el fanatismo político puede llevar a una persona a seguir a alguien hasta el barranco, aun sabiendo que el barranco existe? ¿Será que el resentimiento llegó a ser tan grande que ya no importa lo que le ocurra al país, siempre que pierda «el otro»? ¿Será que odian tanto a la patria? ¿Será que la patria los trató tan mal que ahora sienten satisfacción al verla desmoronarse? No lo entiendo.
Porque si algo he aprendido durante estos meses es que las instituciones no pertenecen a un gobierno, ni a un partido político, ni a un grupo de jueces. Son patrimonio de todos los costarricenses. Cuando una institución se debilita, no pierde únicamente quien trabaja en ella. Perdemos todos. Y, sin embargo, pareciera que ya nadie quiere entenderlo. Pareciera que el fanatismo logró apagar la capacidad de preguntarse qué consecuencias tendrán los aplausos de hoy dentro de cinco, diez o veinte años. Lo que hoy algunos celebran como una victoria política podría convertirse mañana en una tragedia nacional para todos, incluyendo a quienes hoy aplauden.
Hay algo más que esta noche me golpea con fuerza. Durante mucho tiempo sentí que había personas intentando robarse Costa Rica. Que existían intereses empeñados en debilitar nuestras instituciones, romper nuestros equilibrios democráticos y llevar al país hacia un lugar del que sería muy difícil regresar. Hoy ya no estoy tan seguro de eso.
Hoy creo que nadie vino a robarse Costa Rica.
Vinieron a pedirla.
Y nosotros se la regalamos.
Con voz y voto.
Simplemente la regalamos.
Ni siquiera la vendimos.
La regalamos.
Y lo más doloroso de todo es que quienes la regalaron creen que hicieron lo correcto. Creen que salvaron el país. Creen que están defendiendo a Costa Rica mientras arrancan, uno por uno, los pilares que sostienen la República. Con lo que veo hoy, con las reacciones que leo y con la manera en que una parte importante de la ciudadanía celebra el debilitamiento de las propias instituciones que sostienen nuestra democracia, me atrevo a decir —como una opinión absolutamente personal— que el enemigo más fuerte, más sólido y más peligroso que hoy tiene Costa Rica somos los propios costarricenses.
Pudimos haber dicho que no. Pudimos haber defendido la institucionalidad. Pudimos haber entendido que las diferencias políticas jamás justifican destruir los pilares que sostienen la República.
Pero, en su inmensa mayoría, dijeron que sí.
Sí a entregarla.
Sí a debilitarla.
Sí a destruir, poco a poco, aquello que durante generaciones hizo de Costa Rica un país diferente.
Hace tiempo vengo sintiendo que Costa Rica se está consumiendo desde adentro. Debilitamos instituciones. Desconfiamos unos de otros. Alimentamos el resentimiento. Convertimos cualquier diferencia en una guerra. Después celebramos cada golpe que recibe quien consideramos nuestro adversario, sin preguntarnos si ese golpe también termina debilitando al país que todos compartimos. Es como si estuviéramos arrancando, uno por uno, los pilares de la casa donde vivimos todos, convencidos de que únicamente se caerá el cuarto del vecino.
Estamos viendo a Costa Rica caer en pedazos. Y mientras unos sufrimos al verla desmoronarse, otros aplauden cada piedra que cae. Celebran cada golpe. Festejan cada grieta. Sin darse cuenta de que los escombros no están cayendo sobre «los otros». Están cayendo a sus propios pies. Y cuando finalmente no quede nada en pie, cuando descubramos que entre todos demolimos la casa en la que vivíamos, entonces ya no habrá vencedores ni vencidos. Solo habrá costarricenses viviendo entre ruinas.
Y lo más doloroso de todo es que hasta por ellos me duele. Porque presiento que dentro de unos meses, o quizá unos años, cuando comprendan lo que realmente significaba debilitar las instituciones, cuando descubran que lo que celebraban era precisamente aquello que los protegía, sufrirán exactamente igual que quienes hoy intentamos advertirlo. Solo que entonces será demasiado tarde. Entonces ya no quedará mucho por salvar. Tal vez pasen treinta años antes de reconstruir lo que hoy estamos destruyendo con tanta facilidad.
Y entonces aquella «cremita de rosas» ya no alcanzará para todos. Ni siquiera habrá quien pueda suplirla. Creo que muchas personas piensan que debilitar una institución significa únicamente debilitar esa institución.
Y ese es el error más grande de todos.
No están debilitando al Poder Judicial.
No están debilitando una oficina.
No están debilitando un grupo de jueces.
Están demoliendo Costa Rica.
A pedacitos.
Y también…
A pedazotes.
Y lo más duro de todo es que cada vez siento menos esperanza de poder explicarlo. Llega un momento en que uno se pregunta si todavía vale la pena seguir escribiendo, seguir argumentando y seguir tratando de hacer reflexionar a las personas. Porque cuando alguien decide dejar de pensar para simplemente aplaudir todo lo que hace su líder político, ya no hay argumento que alcance. Ya no importa la evidencia. Ya no importa la historia. Ya no importa la lógica. Todo queda reducido a una consigna. Y contra eso resulta casi imposible luchar. Porque quienes hoy celebran estas decisiones jamás entenderán lo que están aprobando. Jamás entenderán hacia dónde nos puede llevar este camino. Y cuando finalmente lo entiendan, probablemente ya será demasiado tarde.
Entonces vuelvo a hacerme la pregunta. ¿Vale la pena salvar la patria? Esta noche no sé si vale la pena. Lo que sí creo es que probablemente ya no podremos hacerlo. No cuando la destrucción ya no viene desde afuera. No cuando nace desde el corazón mismo del ser costarricense. No cuando somos nosotros quienes, con absoluta convicción, estamos destruyendo el país que heredamos.
Hoy no lloro por Costa Rica.
Hoy, en un verdadero arrebato de desapaciguamiento, me descubro pensando algo que jamás imaginé escribir.
Que nos lleve el carajo.
Que, si este es el camino que libremente decidimos recorrer, tal vez sea el que merecemos.
Y no hay una sola frase en este artículo que me duela más escribir que esa. Porque amo profundamente a Costa Rica. Porque he dedicado una parte importante de mi vida a intentar aportar algo, aunque sea pequeño, para fortalecerla.
Pero esta noche siento que ya no hay nada que hacer.
No porque Costa Rica no merezca ser salvada.
Sino porque quienes todavía queremos salvarla somos cada vez menos, mientras quienes la destruyen lo hacen convencidos de que la están defendiendo.
Señores, hoy siento que ya no hay nada que hacer.