Desde los escombros

Érase una vez un país que parecía haber entendido algo que muchos otros nunca lograron comprender. Un país floreciente, respetado, estable. Un país que aparecía entre los primeros lugares de numerosos indicadores internacionales y que era citado con admiración por su democracia, su institucionalidad y su respeto por los derechos humanos. Un país imperfecto, por supuesto, pero profundamente respetado. Un país que había construido su prestigio gracias al trabajo de generaciones enteras que, con aciertos y errores, fueron levantando una República capaz de distinguirse en una región donde la democracia muchas veces ha sido frágil.

Era un país donde la gente vivía razonablemente feliz. Claro que había corrupción. Claro que existían instituciones que necesitaban reformas profundas. Claro que había desigualdad, pobreza, inseguridad y un largo listado de problemas que nadie puede negar. Pero, a brincos y a saltos, Costa Rica seguía avanzando. No porque fuera perfecta, sino porque sus instituciones resistían, porque existían contrapesos y porque, cuando algo se rompía, todavía había mecanismos para repararlo. Éramos un país que, aun en medio de sus problemas, conservaba la capacidad de corregirse. Tal vez lentamente, tal vez con tropiezos, pero siempre avanzando.

Y quizá precisamente ahí estuvo nuestro mayor error. La inmensa mayoría de quienes habitábamos este país nunca tuvimos que luchar por esa democracia. Nunca tuvimos que esconder periódicos clandestinos. Nunca tuvimos que vivir una dictadura. Nunca tuvimos que recuperar la libertad después de perderla. Nacimos con ella. Crecimos dentro de ella. La dimos por sentada. Y cuando uno recibe algo sin conocer el costo que tuvo construirlo, corre el riesgo de no valorar suficientemente lo que tiene… hasta que empieza a perderlo.

Entonces llegó un voto. Un voto que muchos emitieron convencidos de que estaban castigando errores del pasado, cansados de viejas decepciones, de promesas incumplidas y de una clase política que durante años fue perdiendo credibilidad. No todos votaron por las mismas razones, ni sería justo pensar eso. Pero aquel voto terminó abriendo una puerta que pocos imaginaban. Poco a poco comenzaron a resquebrajarse instituciones que siempre habíamos considerado sólidas. Empezaron a deteriorarse formas de convivencia democrática que creíamos permanentes. Comenzó a dañarse mucho de aquello que durante décadas fue motivo de orgullo nacional.

Porque nadie destruye una democracia de un solo golpe. Primero aparecen pequeñas grietas. Después se debilitan las columnas. Luego empiezan a ceder las paredes. Hasta que un día cualquiera el techo simplemente cae. Y muchas veces, cuando eso ocurre, quienes viven dentro de la casa apenas comprenden cómo fue que todo empezó. Lo que parecía un hecho aislado termina formando parte de un proceso mucho más grande. Un proceso que solo se entiende cuando ya es demasiado tarde para evitarlo.

Pasaron cuatro años. Y los soportamos. Durante esos cuatro años escribí muchas veces que Costa Rica seguía viva. Que estaba golpeada, sí. Que la democracia estaba siendo sometida a tensiones enormes. Que la institucionalidad tambaleaba. Pero también escribí que todavía era posible reconstruirla. Que habíamos recibido un golpe muy fuerte, pero que aún conservábamos suficiente fortaleza para levantarnos. Que si reaccionábamos a tiempo, podríamos empezar a recoger los pedazos antes de que el daño fuera irreversible. Siempre dije algo más: que otro golpe igual probablemente no lo resistiríamos.

Y entonces llegó el segundo golpe. Una parte importante de los costarricenses decidió continuar por el mismo camino. Algunos votaron por esperanza. Otros por hartazgo. Otros por desilusión con administraciones anteriores. Algunos porque realmente creen en ese proyecto político. Otros porque sintieron que no existía una mejor alternativa. Cada quien tendrá sus razones, y todas merecen respeto como parte del ejercicio democrático. Pero el resultado fue el mismo: continuar.

Y para mí ese fue el segundo golpe. El primero fue un golpe directo al abdomen. Le sacó el aire a la patria. La dejó doblada, intentando respirar. Durante cuatro años pensé que todavía podíamos levantarla. Que bastaba con ayudarla a ponerse de pie. Pero cuando muchos corrimos a sostenerla, llegó la segunda patada. Una patada contra alguien que todavía seguía en el suelo. Y entonces comprendí que ya no estábamos hablando simplemente de reconstruir. Estábamos hablando de sobrevivir.

¿Y ahora qué?

Ahora muy poco. Porque cuando un proyecto político pretende transformar profundamente un país, necesita algo más que gobernar. Necesita modificar los contrapesos. Necesita debilitar las instituciones que pueden ponerle límites. Necesita avanzar sobre el Poder Legislativo, presionar al Poder Judicial, influir sobre los órganos de control, cuestionar a la Fiscalía cuando incomoda y, poco a poco, ir erosionando cada uno de los pilares que sostienen la arquitectura democrática. No porque esos pilares sean perfectos, sino precisamente porque son fuertes. Y las estructuras fuertes rara vez caen solas. Primero deben ser debilitadas.

Quien pretende permanecer mucho tiempo en el poder nunca empieza controlando a las personas. Empieza debilitando las instituciones. Primero desacreditándolas. Luego enfrentándolas contra la población. Después intentando condicionarlas. Finalmente procurando sustituirlas o neutralizarlas. Ese libreto no nació en Costa Rica. Tiene demasiados antecedentes en la historia como para que podamos fingir que nunca lo hemos visto.

Nuestra institucionalidad ha demostrado durante décadas una enorme capacidad de resistencia. Ha soportado crisis económicas, escándalos políticos, casos de corrupción y conflictos sociales sin derrumbarse. Pero precisamente por esa fortaleza, quien quiera dominar completamente el sistema primero necesita desgastarlo, fracturarlo y convencer a la población de que ya no merece ser defendido. Y ese proceso produce un daño inmenso.

Porque nadie reconstruye una casa mientras todavía la están demoliendo. Primero tiene que terminar el derrumbe. Después hay que retirar los escombros. Luego revisar cuáles columnas todavía sirven. Y solo entonces puede comenzar la reconstrucción. Me temo que Costa Rica todavía no ha llegado a esa etapa. Seguimos viendo caer paredes.

Claro que durante estos años se intentará salvar todo lo que sea posible. Habrá funcionarios honestos, jueces independientes, diputados valientes, periodistas responsables y ciudadanos comprometidos tratando de sostener lo que aún permanece en pie. Y ojalá lo logren. Ojalá yo esté equivocado. Ojalá la caída no sea tan profunda como hoy la imagino. Pero también sé que cada nueva ocurrencia que desafía la Constitución, cada intento de debilitar instituciones, cada agresión contra quienes piensan distinto, cada discurso cargado de odio, cada ataque contra la prensa, contra la justicia, contra los órganos de control o contra cualquier voz incómoda, no son hechos aislados. Son nuevos golpes. Golpes contra alguien que ya estaba en el suelo.

Y me preocupa profundamente que apenas estemos comenzando. Creo que en las próximas semanas veremos acontecimientos que hace pocos años habrían parecido imposibles en Costa Rica. En los próximos meses seguirán apareciendo situaciones que muchos jamás imaginaron ver en este país. Habrá cosas que hoy nos parecerán imposibles. Después nos parecerán sorprendentes. Más adelante normales. Y finalmente inevitables. Así funcionan los procesos de deterioro institucional: no nos acostumbramos porque sean correctos, sino porque ocurren todos los días.

Y entonces llegará ese momento en que muchas personas se preguntarán qué fue lo que hicimos. Pero para entonces quizá ya no baste con lamentarse. Lo que hoy todavía puede detenerse, mañana podría ser simplemente parte del paisaje. Lo que hoy parece exagerado, mañana podría haberse normalizado. Y entonces reconstruir será mucho más difícil.

No sé si durante estos cuatro años ocurrirá algo que permita llegar al 2030 con suficientes pilares todavía en pie para empezar la recuperación. Quiero creer que sí. Quiero creer que Costa Rica encontrará nuevamente personas capaces de reunir al país alrededor de la democracia, de la institucionalidad y del respeto mutuo. Pero también me pregunto qué ocurrirá si no lo logramos. Porque cuando una democracia pierde demasiado terreno, recuperarlo puede tomar décadas. Tal vez no estemos hablando de cuatro años. Tal vez estemos hablando de una generación completa.

Durante meses les pedí a quienes apoyaban el continuismo que reflexionaran su voto. No les pedí que votaran por un partido específico. Les pedí que pensaran en Costa Rica, en las instituciones, en el largo plazo. Muchos lo hicieron. Muchos otros no. Y el resultado ya forma parte de nuestra historia.

Hoy, sin embargo, quiero decirles algo muy distinto. Podés seguir siendo oficialista. Ya no importa políticamente. Ya cumpliste la función que esperaban de vos. Tu voto ya fue contado. Tu apoyo ya produjo el resultado buscado. Desde ese instante dejaste de ser indispensable. Volviste a ser simplemente un ciudadano más. Fuiste útil mientras hacía falta tu apoyo. Después de eso, te volviste reemplazable. Siempre fuiste descartable.

Y hay algo que me preocupa todavía más. Cuando los pilares comiencen a caer, no van a preguntar por quién votaste. Las instituciones protegen a oficialistas y opositores por igual. La democracia sostiene a quienes la defienden y a quienes la cuestionan. Los derechos humanos cobijan incluso a quienes creen no necesitarlos. Por eso, cuando el edificio termine de desplomarse, los escombros no escogerán dónde caer. Caerán sobre todos.

Porque los escombros no distinguen entre oficialistas y opositores. La única diferencia es que muchos de quienes no apoyaron este camino llorarán la pérdida de Costa Rica; mientras que muchos de quienes sí lo hicieron tendrán que llorarla, además, con el peso de la culpa.

¿Sabés qué? Hoy Costa Rica necesita a quienes están trabajando por sostener la democracia, la institucionalidad, la Constitución y los derechos de todos. Necesita ciudadanos vigilantes, personas que levanten la voz cuando sea necesario y que defiendan aquello que durante generaciones nos permitió vivir en paz.

A vos ya no te necesitan. Ya cumpliste el papel que esperaban de vos. Tu voto ya fue depositado, tu apoyo ya fue utilizado y, como ocurre tantas veces en la política, volviste a convertirte en un ciudadano más. Siempre fuiste descartable.

Y quizá ahí esté la mayor diferencia. Mientras muchos ya empezaron a buscar cómo reconstruir el país, otros todavía no se han dado cuenta de que la casa comenzó a derrumbarse. Desde los escombros, todos tendrán que volver a empezar. La diferencia será quién podrá hacerlo con la tranquilidad de haber intentado sostener las paredes… y quién tendrá que hacerlo sabiendo que también ayudó a derribarlas.

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