Estrulcos, zonfos y el poder de una palabra que no significa nada

Publiqué una imagen en Facebook con una frase provocadora: “Ustedes los chavistas son un montón de estrulcos y hasta zonfos. Ojalá puedan superarlo”.

“Estrulcos” y “zonfos” son dos palabras inventadas. No existen en el castellano. No tienen definición, historia, ideología ni significado oculto. No describen ninguna conducta, defecto o condición humana.

No significan absolutamente nada. Y, sin embargo, muchas personas se sintieron ofendidas.

Algunos seguidores de la oposición celebraron la publicación. Se sintieron felices porque interpretaron que, por fin, alguien estaba insultando a los chavistas en su propio tono. Algunas personas oficialistas reaccionaron con enorme molestia. Varias respondieron con insultos verdaderos, de esos que sí existen en el diccionario y cuya intención no requería ninguna explicación.

También hubo personas que me señalaron que esa no era una manera adecuada de promover la armonía. Me dijeron que yo no debía insultar a la gente, fomentar el odio ni utilizar mi espacio para aumentar la división política. Y tenían razón en algo fundamental: el tono importa.

Importa tanto que dos palabras sin significado lograron provocar alegría, enojo, indignación, defensa, agresividad y hasta decepción. Eso era precisamente lo que quería mostrar.

No basta con decir que una palabra “no tiene nada de malo”. No basta con alegar que se trataba de una broma, de sarcasmo o de una expresión popular. Las palabras no llegan solas. Viajan acompañadas por el tono, el contexto, la intención y la historia de quien las recibe.

“Estrulco” no significa nada, pero colocado dentro de una frase despectiva, se convirtió inmediatamente en un insulto.

¿Por qué?  Porque la persona que lo leyó entendió que estaba siendo despreciada. No necesitó consultar un diccionario. No necesitó conocer una definición. El tono le explicó todo lo que la palabra callaba.

Cuando el insulto depende del destinatario

Hubo otro detalle revelador. Algunas personas que suelen rechazar los insultos políticos se sintieron satisfechas porque esta vez la frase estaba dirigida contra el grupo contrario. No les preocupó demasiado la agresión porque no eran ellas quienes la recibían.

Eso sucede constantemente en la discusión pública. Cuando insultan a los nuestros, exigimos respeto. Cuando insultan a los otros, lo llamamos valentía, humor, franqueza o libertad de expresión.

La misma palabra puede parecernos brutal o maravillosa según la dirección en la que viaje. Y ahí aparece una contradicción incómoda: no siempre rechazamos el insulto. A veces rechazamos únicamente que nos insulten a nosotros.

La publicación funcionó como un pequeño espejo. Cada quien vio en ella algo diferente. Unos vieron justicia. Otros vieron odio. Otros vieron incoherencia. Algunos entendieron el ejercicio desde el principio y otros reaccionaron exactamente como el ejercicio pretendía demostrar.

La ofensa que construimos

Después publiqué una explicación: “He usado dos palabras que inventé, que no significan nada, y he recibido la molestia de muchas personas. Como verán, el tono, hasta escrito, importa, aunque no se diga nada.

Me disculpo si alguien se siente ofendido, pero asumo el precio de esa molestia para que entiendan que hasta las palabras que no tienen significado en el castellano pueden ofender a otros.

Cuidemos las palabras y el tono. Y, al final, el que se sintió ofendido, se ofendió solo; no fui yo”.

La última frase también merece una reflexión. Decir que alguien “se ofendió solo” puede ser cierto en un sentido: cada persona interpreta desde su historia, su sensibilidad y sus propias heridas. Nadie puede controlar completamente la reacción ajena.

Pero esa idea no debe convertirse en una excusa para desentendernos de la manera en que hablamos. Yo no puedo controlar todo lo que otra persona siente, pero sí puedo responsabilizarme por el mensaje que construyo. Si lanzo una frase diseñada para despreciar, no puedo fingir sorpresa cuando alguien recibe desprecio. Si utilizo el tono de un insulto, aunque la palabra sea inventada, la intención será comprendida. Una palabra vacía puede cargarse de violencia cuando la colocamos en el recipiente correcto.

El verdadero experimento

El experimento no consistía únicamente en inventar palabras. Consistía en demostrar que la agresión política muchas veces funciona así. Se toman palabras, etiquetas y conceptos que originalmente tenían un significado concreto, se vacían de contenido y luego se utilizan como piedras.

“Zurdo”. “Comunista”. “Fascista”. “Chavista”. “Progre”. “Vendepatria”.

Ya no se emplean necesariamente para describir una ideología, una posición o una conducta. Se utilizan para cancelar a la otra persona, reducirla a una etiqueta y evitar la incomodidad de escuchar sus argumentos.

La palabra deja de explicar. Solamente golpea. Y cuando una palabra se convierte únicamente en un sonido para despreciar, termina teniendo casi el mismo significado que “estrulco” o “zonfo”. Ninguno. Solo conserva la intención de herir.

Cuidar la palabra no es perder firmeza

Cuidar las palabras no significa hablar con miedo, esconder las diferencias ni renunciar a la crítica.

Podemos cuestionar con firmeza. Podemos denunciar abusos. Podemos señalar contradicciones. Podemos enfrentar ideas peligrosas y rechazar conductas indignas. Pero criticar una conducta no es lo mismo que degradar a una persona.

Decir que alguien miente no es igual que convertir toda su identidad en un insulto. Cuestionar una decisión política no exige despreciar a quienes votaron por ella. La firmeza no necesita crueldad. La inteligencia no necesita humillación. Y la defensa de la democracia no debería parecerse al lenguaje de quienes buscan destruir la convivencia.

Lo que aprendimos de dos palabras inexistentes

“Estrulcos” y “zonfos” no existen. Pero la molestia fue real. La satisfacción de algunos también fue real. Los insultos recibidos fueron reales. Y la contradicción que quedó expuesta es profundamente real. Las palabras pueden estar vacías de significado y llenas de intención.

Por eso importa tanto lo que decimos, cómo lo decimos y desde dónde lo decimos. Antes de lanzar una palabra contra alguien, quizá deberíamos preguntarnos si queremos explicar algo o simplemente lastimar.

Porque cuando una discusión política deja de buscar ideas y comienza a buscar heridas, todos terminamos hablando un idioma lleno de estrulcos, zonfos y sonidos que no construyen absolutamente nada.

La parte más valiosa, en mi opinión, es admitir que el ejercicio fue provocador sin intentar escapar completamente de la responsabilidad: eso hace que el artículo sea más honesto y coherente con Apacigua.

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