
Cuando mi sobrina era niña, le compraron un pez.
Era pequeño, brillante, inocente. Nadaba de un lado para otro dentro de su pecera, completamente ajeno a la tragedia lingüística que estaba a punto de caer sobre él.
—¿Cómo le vas a poner? —le preguntaron.
Ella lo miró con ternura, pensó unos segundos y respondió:
—Sushi.
En ese preciso instante, el pez quedó condenado.
No porque estuviera enfermo. No porque el agua tuviera demasiado cloro. No porque alguien olvidara darle comida. Nada de eso.
Lo condenó el nombre.
Porque uno no puede comprar un pez, llamarlo Sushi y esperar que llegue tranquilamente a la vejez. Ese animalito ya no nadaba: marinaba. Cada vuelta dentro de la pecera parecía parte de una preparación culinaria. No tenía casa; tenía recipiente. No recibía alimento; estaba siendo engordado.
El pobre Sushi seguramente veía a la familia acercarse al vidrio y pensaba:
—¿Me vienen a saludar… o están revisando si ya estoy listo?
Además, ¿qué clase de esperanza de vida podía tener con semejante nombre?
Sería como tener un gato y ponerle Crema.
—Venga, Crema.
Gato con crema.
O tener un perro y llamarlo Caliente.
—¡Caliente, venga acá!
Perro caliente.
Uno podrá decir que los nombres no determinan el destino, pero hay límites. Nadie adopta una gallina y le pone Consomé esperando que muera de anciana, rodeada de sus nietos.
Así que Sushi nadó mientras pudo, dio sus pequeñas vueltas, observó el mundo detrás del vidrio y luchó valientemente contra una profecía que había sido pronunciada desde el día de su bautizo.
Pero definitivamente Sushi no iba a resistir el paso del tiempo.
Desde que le pusieron ese nombre, ya estaba más cerca del menú que de la eternidad.
Por Vinicio Jarquín