
Hubo un tiempo en que ciertas conductas provocaban vergüenza. Mentir era motivo de reproche. Humillar a otra persona era considerado una falta de educación y de carácter. Burlarse del dolor ajeno no despertaba admiración, sino rechazo. Insultar a quien pensaba diferente no era una muestra de valentía, sino de incapacidad para sostener una conversación. Sin embargo, algo ha ido cambiando lentamente. Hoy muchas de esas mismas conductas reciben aplausos. Ya no importa tanto si una afirmación es verdadera o falsa; basta con que haya sido suficientemente agresiva para generar reacciones. No importa si una acusación carece de fundamento; alcanza con que haga quedar mal al adversario. No importa si una persona fue ridiculizada injustamente; lo importante es que el video obtuvo miles de reproducciones, que la publicación se volvió viral o que el comentario consiguió cientos de respuestas.
Sin darnos cuenta, hemos ido reemplazando la admiración por la decencia con la admiración por el espectáculo. Pareciera que la inteligencia dejó de medirse por la calidad de los argumentos y comenzó a medirse por la capacidad de herir, ridiculizar o destruir al otro. El ingenio ha sido confundido con la insolencia, la firmeza con la agresividad y el liderazgo con la capacidad de generar conflicto. Lo preocupante es que esa transformación no ocurre únicamente en quienes producen ese tipo de contenido, sino también en quienes lo consumimos, lo compartimos y lo celebramos. Los pueblos terminan pareciéndose a aquello que deciden premiar. Si aplaudimos la vulgaridad, tendremos más vulgaridad. Si celebramos la insolencia, surgirán más personas dispuestas a comportarse de esa manera. Si convertimos la humillación en entretenimiento, cada vez habrá más quienes descubran que la forma más rápida de obtener atención consiste en humillar a alguien delante de una audiencia.
Las redes sociales no inventaron este fenómeno, pero sí encontraron la manera de multiplicarlo. Descubrieron que el enojo mantiene a las personas conectadas durante más tiempo que la serenidad, que el conflicto produce más interacción que el acuerdo y que la indignación se comparte con mucha mayor rapidez que la esperanza. Ese mecanismo premia a quienes exageran, atacan o provocan, porque cada reacción termina convirtiéndose en mayor alcance. Y nosotros, muchas veces sin ser plenamente conscientes, participamos de ese juego. No solamente cuando insultamos directamente a alguien, sino también cuando celebramos a quien lo hace, cuando compartimos el video que ridiculiza, cuando reímos la burla cruel o cuando justificamos cualquier exceso porque fue dirigido contra la persona que no nos agrada.
No estoy proponiendo una sociedad donde nadie pueda hacer críticas fuertes ni donde toda discusión deba ser tibia. Existen momentos en que denunciar con firmeza es una obligación moral. Hay abusos que deben señalarse con claridad y decisiones públicas que merecen una oposición contundente. Pero una cosa es la firmeza y otra muy distinta la agresión. La firmeza busca corregir, aportar, convencer y defender principios. La agresión, en cambio, busca humillar, destruir y convertir al adversario en un enemigo al que hay que aplastar. Cuando dejamos de distinguir entre ambas, comenzamos a creer que quien grita más fuerte también tiene más razón, y poco a poco dejamos de valorar la prudencia, el respeto y la capacidad de construir acuerdos.
Quizá ha llegado el momento de preguntarnos qué tipo de personas estamos ayudando a crecer con nuestros aplausos. Porque ningún dirigente, comunicador, influenciador o figura pública llega a ocupar un lugar importante completamente solo. Siempre existe una audiencia que lo impulsa, que comparte su contenido, que celebra sus excesos y que le hace sentir que ese comportamiento merece repetirse. Cada aplauso es una forma de respaldo, y cada respaldo contribuye a definir el tipo de conversación que tendremos como sociedad. Si seguimos premiando el espectáculo por encima de la decencia, no debería sorprendernos que cada vez aparezcan más personas dispuestas a sacrificar el respeto con tal de ganar unos segundos de atención.
Los países no se deterioran únicamente por las malas decisiones de quienes ocupan el poder. También se deterioran cuando la ciudadanía modifica aquello que admira. El día en que dejamos de reconocer el valor de la prudencia, de la educación, de la honestidad y del respeto, comenzamos a perder algo mucho más profundo que las buenas maneras. Comenzamos a perder la cultura que sostiene a una democracia y la capacidad de construir un país donde las diferencias puedan discutirse sin destruirnos unos a otros. Tal vez el cambio que Costa Rica necesita no empiece solamente en las instituciones, sino también en la decisión cotidiana de volver a aplaudir aquello que realmente merece ser admirado.