Cuando trabajar ya no alcanza para vivir tranquilo

Hay una preocupación que no suele aparecer en los discursos políticos. No hace ruido en las conferencias de prensa, no ocupa los primeros titulares y pocas veces se convierte en el tema principal de una discusión nacional. Sin embargo, miles de costarricenses se acuestan con ella todas las noches y se levantan con ella todas las mañanas.

Es la preocupación de hacer las cosas bien… y sentir que aun así no alcanza.

Son personas que trabajan. Que madrugan. Que cumplen horarios. Que pagan impuestos. Que procuran vivir dentro de la ley. Que no le deben nada a nadie y que, aun haciendo todo lo que la sociedad les pidió que hicieran, sienten que cada mes es una carrera para llegar al final sin que las cuentas los derroten.

No viven buscando hacerse ricos. Lo único que desean es algo mucho más sencillo: vivir con tranquilidad.

Poder comprar los alimentos sin hacer cálculos mentales en cada pasillo del supermercado. Llevar el carro al taller sin sentir que ese gasto desacomodará todo el presupuesto del mes. Comprar los útiles escolares sin recurrir a una tarjeta de crédito. Llevar a un hijo al médico sin preguntarse qué otra obligación tendrá que esperar.

La tranquilidad también tiene un costo. Y cuando ese costo se vuelve demasiado alto, la paz comienza a escaparse de los hogares.

A veces creemos que los grandes problemas de un país son únicamente los que aparecen en los debates políticos. Pero hay problemas silenciosos que desgastan mucho más. La preocupación constante por el dinero rompe matrimonios, genera ansiedad, roba horas de sueño, deteriora la salud y hace que muchas personas vivan permanentemente al borde del agotamiento.

No todas las personas que están cansadas lo están por trabajar demasiado. Muchas están cansadas de preocuparse demasiado.

Por eso, cuando hablamos del futuro de Costa Rica, no deberíamos conformarnos con cifras, estadísticas o indicadores que pocos comprenden. El verdadero éxito de un país también debería medirse por la cantidad de personas que pueden vivir con dignidad, mirar el fin de mes sin angustia y planear el futuro sin miedo.

No estoy diciendo que el Estado pueda resolver todos los problemas económicos de cada familia. Tampoco que alguien tenga garantizada una vida cómoda. El esfuerzo seguirá siendo indispensable y las responsabilidades personales nunca desaparecerán.

Pero sí creo que una sociedad sana procura que el trabajo honrado vuelva a ser suficiente para construir una vida estable. Que quien cumple con su deber tenga la posibilidad real de avanzar. Que las oportunidades no sean un privilegio reservado para unos pocos.

La paz interior no depende únicamente del dinero. Todos conocemos personas con mucho que viven atormentadas y personas con poco que conservan una admirable serenidad. Pero también es cierto que la incertidumbre permanente desgasta el alma. Y un país que aspira a vivir en paz no puede conformarse con que sus ciudadanos sobrevivan. Debe procurar que, poco a poco, puedan volver a vivir con tranquilidad.

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