El patriotismo de los pequeños gestos

Cuando pensamos en patriotismo, casi siempre imaginamos grandes acontecimientos. Visualizamos una bandera ondeando, un himno nacional, un desfile, una ceremonia oficial o un discurso cargado de emoción. Y todo eso tiene su lugar. Los símbolos nacionales son importantes porque nos recuerdan que pertenecemos a una historia común y que compartimos una responsabilidad colectiva. Sin embargo, existe una forma de patriotismo mucho más silenciosa, menos visible y, probablemente, mucho más decisiva para el futuro de un país. Es el patriotismo que se practica cuando nadie está mirando.

No hace falta ocupar un cargo público para amar a Costa Rica. Tampoco es necesario dar discursos sobre la patria o escribir constantemente acerca de ella. El amor por un país se manifiesta, sobre todo, en la manera en que vivimos cada día. Se nota cuando alguien recoge la basura que no le pertenece porque entiende que esa calle también es suya. Se nota cuando respetamos una fila aunque nadie nos esté vigilando. Se nota cuando cedemos el paso a otro conductor, cuando saludamos con cortesía, cuando tratamos con dignidad a quien nos atiende en un comercio o cuando cumplimos nuestras obligaciones sin buscar la manera de sacar ventaja.

Hay quienes hablan de patriotismo con enorme pasión, pero consideran aceptable evadir impuestos, ofrecer sobornos, incumplir contratos, aprovecharse de los bienes públicos o ignorar las normas de convivencia cuando creen que nadie los descubrirá. Resulta difícil afirmar que se ama profundamente a un país mientras, al mismo tiempo, se contribuye diariamente a deteriorarlo. La patria no es una idea abstracta que aparece únicamente en las fechas cívicas. La patria también es el parque del barrio, la escuela pública, el hospital, la carretera, la institución que nos sirve y el vecino con quien compartimos la misma comunidad. Cada vez que cuidamos esos espacios, estamos cuidando a Costa Rica. Cada vez que los despreciamos, también estamos definiendo el tipo de país que queremos dejar.

Muchas personas esperan grandes reformas para recuperar la confianza en la nación. Ojalá lleguen. Necesitamos buenas políticas públicas, instituciones fuertes y dirigentes responsables. Pero mientras todo eso ocurre, existen miles de decisiones cotidianas que dependen únicamente de nosotros. Ningún presidente puede obligarnos a ser respetuosos. Ningún diputado puede legislar la amabilidad. Ningún juez puede imponer por sentencia la honestidad. Esas virtudes nacen en la conciencia de cada ciudadano y terminan convirtiéndose en la verdadera fortaleza de una democracia.

Durante años nos sentimos orgullosos de vivir en un país donde la convivencia tenía un valor especial. No porque fuéramos mejores que otros pueblos, sino porque existía un acuerdo tácito de que ciertas formas de comportarnos hacían más agradable la vida de todos. Ese patrimonio cultural no puede conservarse únicamente mediante discursos. Se mantiene vivo cuando los adultos enseñan con el ejemplo, cuando los padres corrigen con paciencia, cuando los maestros transmiten valores además de conocimientos y cuando cada persona entiende que sus pequeñas acciones afectan la calidad de vida de toda la comunidad.

Con frecuencia creemos que nuestras decisiones individuales son demasiado pequeñas para producir algún cambio. Pensamos que una bolsa de basura arrojada en la calle no hace diferencia, que una mentira más no modifica la realidad o que un acto de cortesía es insignificante frente a los grandes problemas nacionales. Pero las sociedades no se construyen únicamente mediante grandes acontecimientos. También se construyen a partir de millones de gestos cotidianos que, acumulados durante años, terminan definiendo el carácter de un pueblo. La cultura de una nación no nace en los edificios públicos; nace en la conducta diaria de sus ciudadanos.

Tal vez ha llegado el momento de recordar que el patriotismo no comienza cuando entonamos el Himno Nacional ni termina cuando guardamos la bandera después de una celebración cívica. El patriotismo comienza mucho antes, en la forma en que tratamos a los demás, en la responsabilidad con la que cumplimos nuestros deberes y en el respeto que mostramos por aquello que pertenece a todos. La patria no empieza en Casa Presidencial ni termina en la Asamblea Legislativa. La patria comienza en la puerta de nuestra casa y continúa en cada decisión que tomamos cuando nadie nos está observando.

Si cada costarricense asumiera ese pequeño compromiso diario, probablemente descubriríamos que el país que tanto anhelamos no depende únicamente de quienes gobiernan. Depende también de millones de ciudadanos que, con actos sencillos y constantes, deciden amar a Costa Rica mucho más con sus acciones que con sus discursos.

Apacigua tu ser interior. Apacigüemos también nuestro país.

Creo que este quedó especialmente bien porque no es político, pero sí profundamente cívico. Además, deja una frase muy poderosa que puede sobrevivir al artículo: «La patria no empieza en Casa Presidencial. Comienza en la puerta de nuestra casa.» Es una de esas frases que la gente suele recordar y citar.

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