
Hay una pregunta que todos deberíamos hacernos de vez en cuando, aunque incomode y aunque no tenga una respuesta sencilla. No es por quién vamos a votar, qué partido tiene razón o cuál institución está funcionando mejor o peor. Es una pregunta mucho más profunda: ¿qué clase de país queremos dejar a quienes vendrán después de nosotros? Porque, al final, esa es la verdadera medida de nuestra responsabilidad como generación. No consiste únicamente en resolver los problemas de hoy, sino en evitar crear problemas todavía más grandes para quienes mañana ocuparán nuestro lugar.
Con frecuencia hablamos de herencias pensando en casas, terrenos, cuentas bancarias o empresas familiares. Sin embargo, la herencia más importante nunca cabe en un testamento. Es el país que dejamos. Son las instituciones que fortalecimos o debilitamos. Es la cultura que ayudamos a construir. Es la manera en que enseñamos a convivir a nuestros hijos y nietos. Es el respeto —o la falta de respeto— con el que aprendieron a tratar a quienes piensan distinto. Todo eso permanecerá mucho después de que nosotros ya no estemos aquí.
Cada generación recibe una Costa Rica que no construyó completamente. Heredamos carreteras, escuelas, hospitales, universidades, parques nacionales, instituciones democráticas y una larga tradición de convivencia pacífica. Nada de eso apareció por casualidad. Fueron miles de personas, muchas de las cuales nunca conoceremos, las que hicieron sacrificios para que hoy disfrutemos de un país que, con todos sus problemas, sigue siendo motivo de orgullo en muchos aspectos. Ellos entendieron que construir una nación es una tarea que siempre beneficia más a quienes vienen detrás que a quienes la realizan.
La pregunta es si nosotros estamos haciendo lo mismo. ¿Estamos fortaleciendo aquello que recibimos o simplemente lo estamos consumiendo? ¿Estamos enseñando a los niños que la honestidad sigue teniendo valor, que el respeto continúa siendo importante y que la democracia merece ser defendida? ¿O les estamos mostrando, con nuestro ejemplo, que el insulto da resultados, que la mentira es aceptable cuando favorece nuestros intereses y que la convivencia puede sacrificarse con tal de ganar una discusión? Los niños aprenden mucho menos de nuestros discursos que de nuestras conductas. Ellos observan cómo tratamos al vecino, cómo hablamos de quienes piensan distinto, cómo reaccionamos cuando nos equivocamos y cómo ejercemos la ciudadanía en la vida cotidiana.
A veces sentimos que nuestros pequeños actos carecen de importancia porque los grandes problemas parecen demasiado inmensos. Pensamos que una conversación respetuosa no cambiará el país, que un gesto de honestidad pasará inadvertido o que nuestra forma de comportarnos no alterará el rumbo de Costa Rica. Pero la historia demuestra exactamente lo contrario. Los pueblos se transforman cuando millones de personas modifican sus hábitos diarios. La cultura de una nación no cambia únicamente por decisiones tomadas desde el poder. Cambia cuando las familias educan de una manera diferente, cuando las comunidades recuperan el valor del respeto y cuando los ciudadanos entienden que su comportamiento también forma parte del destino colectivo.
No sé cómo será Costa Rica dentro de veinte, treinta o cincuenta años. Nadie puede saberlo. Pero sí sé que quienes vivan entonces tendrán que enfrentar las consecuencias de muchas de las decisiones que estamos tomando hoy. Ellos heredarán nuestras instituciones, nuestras costumbres, nuestros aciertos y también nuestros errores. Por eso me parece tan importante dejar de pensar únicamente en la próxima elección y comenzar a pensar en la próxima generación. Las elecciones duran unos pocos años. La cultura que construimos puede permanecer durante décadas.
Quizá el patriotismo más auténtico consista precisamente en eso: actuar hoy pensando en personas cuyos nombres nunca conoceremos. Cuidar la democracia para que otros puedan vivir en libertad. Defender las instituciones para que otros encuentren justicia. Promover el respeto para que otros crezcan en una sociedad menos violenta. Enseñar con el ejemplo para que otros descubran que la decencia sigue siendo un camino posible. Esa es la clase de herencia que vale la pena dejar.
Cuando algún día ya no estemos aquí, nadie recordará cuántas discusiones ganamos en redes sociales, cuántas veces tuvimos la última palabra o cuántos aplausos recibimos por una frase ingeniosa. Lo que realmente permanecerá será el país que ayudamos a construir. Ojalá que quienes vengan después puedan mirar hacia atrás y descubrir que, en medio de nuestras diferencias, tuvimos la sabiduría de pensar también en ellos. Porque la mejor herencia que una generación puede dejar no es la riqueza acumulada, sino una nación un poco más decente, un poco más libre y un poco más humana de la que recibió.
Apacigua tu ser interior. Apacigüemos también nuestro país.