La parte incómoda de tener un compinche

En los Seminarios Insight existe una figura que, para quien nunca ha participado en uno, podría resultar curiosa: el compinche. Durante el seminario se nos proporciona la posibilidad de encontrar —o, dependiendo de la dinámica, prácticamente recibir— a una persona que ocupará ese lugar durante el proceso. El compinche tendrá algunas tareas, participará con nosotros en determinadas interacciones y se convertirá, durante esos días, en alguien particularmente cercano dentro de la experiencia. Después, cuando el seminario termina, puede ocurrir cualquier cosa. Algunos compinches descubren que construyeron una amistad y continúan relacionándose durante meses o años; otros probablemente toman caminos diferentes y conservan únicamente el recuerdo de aquello que compartieron.

Hasta ahí podría parecer bastante sencillo. Sin embargo, hay una parte del concepto que me resulta particularmente interesante y, por qué no decirlo, también incómoda. Normalmente las relaciones humanas funcionan exactamente al revés. Uno conoce personas y, sin ningún acuerdo previo, empieza a descubrir afinidades. Conversamos con alguien en una fiesta, en el trabajo, durante un viaje o en cualquier actividad y algo sucede. Nos resulta agradable su conversación, encontramos coincidencias, nos reímos de las mismas cosas o simplemente sentimos curiosidad por conocerlo un poco más. Nadie anuncia que esa persona será nuestro amigo. Nadie establece una tarea que debamos realizar juntos. La amistad aparece primero y, si tiene suficiente fuerza, después viene el vínculo.

Con el compinche puede suceder exactamente lo contrario. Primero aparece el vínculo y después comienza la tarea de descubrir si existe afinidad. Algunas veces el compinche es simplemente la persona que estaba a nuestro lado cuando comenzó determinada dinámica. En otras ocasiones puede ser aquella que encontramos frente a nosotros cuando abrimos los ojos. Y también puede ocurrir que nos pidan escoger a alguien entre veinte o treinta personas que prácticamente no conocemos. Entonces uno observa rápidamente aquel pequeño universo de desconocidos y tiene que tomar una decisión utilizando muy poca información: una sonrisa que llamó nuestra atención, una actitud que nos produjo curiosidad, una mirada que nos pareció amable o quizá algún comentario que escuchamos unas horas antes y que, por alguna razón, se quedó dando vueltas en nuestra cabeza.

Y de pronto aquella persona que hace apenas unas horas era un completo desconocido tiene un nombre diferente dentro de nuestra experiencia: es nuestro compinche. A partir de ahí se supone que debemos acompañarnos, interactuar, escucharnos, compartir determinadas experiencias y convertirnos en una especie de referencia mutua durante una parte importante del seminario. Es extraño cuando uno lo piensa detenidamente. En la vida cotidiana podemos tardar semanas, meses e incluso años en permitir que alguien se acerque a determinados espacios de nuestra intimidad emocional; aquí, en cambio, el proceso parece comenzar con una decisión tomada en pocos segundos.

Quizá precisamente ahí comienza la parte incómoda. Porque elegir un compinche no significa necesariamente elegir a la persona con quien ya sentimos mayor afinidad. Algunas veces ni siquiera tuvimos tiempo suficiente para saber quién nos cae mejor. Estamos escogiendo, de alguna manera, una posibilidad. Una persona que todavía no conocemos, pero a quien aceptamos darle un lugar particular durante los siguientes días. Y al mismo tiempo esa persona está haciendo algo parecido con nosotros: tampoco sabe exactamente quiénes somos, qué llevamos dentro, cuáles son nuestras fortalezas, nuestras dificultades o qué tan fácil o complicado será acompañarnos.

Entonces aparece una situación poco frecuente en las relaciones humanas: dos desconocidos reciben primero la oportunidad de acompañarse y solamente después comienzan a descubrir si podrían convertirse en amigos. No existe la garantía de que ocurra. Tampoco debería existir. La afinidad no puede decretarse y la amistad no nace porque alguien la incluya entre las instrucciones de una dinámica. Pero sí aparece algo que quizá resulte todavía más interesante: la posibilidad de conocer a alguien a quien, en circunstancias normales, posiblemente nunca habríamos escogido acercarnos.

Y ahí, justamente ahí, comienza la parte verdaderamente interesante de tener un compinche.

Continuará…

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