¿Cómo me siento luego de un Insight?

No importa cuántos seminarios haya hecho, ni de qué nivel. No importa que ya conozca algunas dinámicas, que sepa más o menos lo que sucede cuando termina, o que incluso pueda anticipar esta sensación. Siempre me pasa lo mismo. Regreso a casa y pareciera que todo está exactamente donde lo dejé. La computadora está ahí. Los pendientes siguen esperando. Hay cosas que no ordené, mensajes que no respondí, trabajos que quedaron a medias y esa disciplina cotidiana que durante varios días tuvo permiso de irse de vacaciones. La vida me estaba esperando, intacta, para continuar exactamente desde donde la dejé. Pero yo no regresé exactamente igual. Y entonces me siento frente a la computadora tratando de concentrarme y descubro algo extraño, difícil de explicar, como si tuviera algo pegado entre el pecho y la espalda. No sé si llamarlo nostalgia, desgano, vacío, cansancio emocional o simplemente ausencia. Probablemente tenga un poquito de todo.

Porque durante cinco días mi cotidianidad fue otra. Hubo abrazos, miradas y conversaciones que probablemente nunca habría tenido en otro lugar. Hubo personas que hace apenas unos días eran completos desconocidos y que, de alguna manera inexplicable, dejaron de serlo. Personas de las que aprendí gestos, silencios, formas de mirar, maneras de reír. Personas cuya presencia empezó a convertirse, sin que me diera cuenta, en parte del paisaje de mis días. Y hoy ese paisaje desapareció. No pasó nada malo. Nadie se fue realmente. Tenemos teléfonos, chats, fotografías, números guardados y promesas sinceras de volvernos a ver. Algunos seguramente permanecerán cerca. Otros aparecerán ocasionalmente. Tal vez alguno termine siendo un amigo para muchos años y probablemente otros, aunque hoy nos resulte extraño imaginarlo, poco a poco se convertirán en un recuerdo bonito. Y eso también forma parte de la experiencia.

Porque una cosa es encontrarnos dentro del ambiente Insight y otra descubrir qué sucede con nosotros cuando regresamos a la vida. Ahí aparece una pregunta que siempre me incomoda un poquito: esos nuevos amigos que parecen tan cercanos hoy, ¿perdurarán en el tiempo? ¿Nos veremos pronto? ¿Nos llamaremos? ¿Seguiremos preguntándonos cómo estamos cuando ya no exista una dinámica que nos invite a hacerlo? ¿Seguiremos abrazándonos igual cuando el abrazo deje de ser parte del ejercicio y vuelva a ser simplemente una decisión? Probablemente sí con algunos. Probablemente no con todos. Y aunque sé que pronto volveré a ver a varios, hay una verdad mucho más sencilla: pronto no es hoy. Hoy hace falta algo. Hoy hay una escasez extraña de compartir. Hoy no están las voces, ni las miradas, ni las conversaciones espontáneas, ni ese extraño permiso colectivo que durante unos días tuvimos para acercarnos unos a otros sin demasiadas defensas.

Quizás por eso siento una especie de pequeño luto. Y digo luto con cuidado, porque nadie ha muerto y nada terrible ha ocurrido. Es simplemente el duelo natural que aparece cuando termina algo que uno no quería que terminara todavía. El mismo que sentimos cuando acaba un viaje maravilloso, cuando alguien querido se marcha después de visitarnos o cuando cerramos un libro que nos acompañó durante días y por unos segundos nos quedamos mirando la última página sin saber muy bien qué hacer después. Hay experiencias que terminan antes de que nuestras emociones hayan terminado con ellas. Tal vez eso es exactamente lo que me está pasando. Mi cuerpo está en casa. Mi agenda ya regresó. Mis responsabilidades también. Pero una parte de mí todavía está allá. Todavía está conversando, observando, abrazando. Todavía está tratando de entender algunas cosas que descubrí de mí mismo. Todavía está acomodando emociones que durante cinco días fueron movidas de lugar.

Porque Insight tiene una particularidad: uno no solamente conoce personas. También se encuentra con versiones de sí mismo que la rutina había ido tapando. Y quizá eso sea lo que más extraño. Tal vez cuando digo que extraño a mis compañeros también estoy diciendo que extraño quién era yo cuando estaba con ellos. Extraño esa facilidad para detenerme. Extraño mirar a alguien durante más tiempo del socialmente necesario. Extraño preguntar “¿cómo estás?” y realmente esperar la respuesta. Extraño escuchar, abrazar, sentir que durante unas horas no había nada más importante que la persona que tenía enfrente. Y entonces aparece una pregunta bastante más incómoda: ¿por qué tendría que perder todo eso solamente porque terminó el seminario?

Quizá el verdadero desafío comienza precisamente ahora. Porque dentro de un salón resulta relativamente fácil recordar algunas cosas. Afuera están las cuentas, el teléfono, el trabajo, las preocupaciones, los compromisos, las diferencias, los egos, el tránsito, los pendientes y esa velocidad absurda con la que solemos vivir. Dentro había un espacio construido para mirarnos. Afuera tenemos que construirlo nosotros. Y ahí empieza mi verdadero Insight. No en lo que sentí durante estos cinco días, sino en cuánto de aquello soy capaz de conservar cuando nadie me está recordando que lo haga. Tal vez no necesite conservar a todas las personas para conservar lo que despertaron en mí. Tal vez algunos llegaron solamente para enseñarme algo durante cinco días. Tal vez otros llegaron para quedarse cinco años. Y quizás alguno termine caminando conmigo durante buena parte de la vida. No lo sé. Y tampoco quiero apresurarme a saberlo.

Hoy simplemente los extraño. Extraño a los que conocí mucho y a los que conocí poco. Extraño incluso aquello que me incomodó, porque también formó parte de esos días. Extraño los abrazos que busqué y algunos que probablemente no recibí como esperaba. Extraño las conversaciones completas y las que quedaron pendientes. Extraño lo que ocurrió y también un poquito lo que imaginé que podía ocurrir. Y mientras escribo esto descubro algo todavía más curioso: esta sensación que tengo entre el pecho y la espalda quizás no sea solamente tristeza. También podría ser gratitud buscando dónde acomodarse. Porque solamente podemos extrañar aquello cuya presencia significó algo. El vacío de hoy es también la medida del espacio que ocuparon estos días.

Por eso no quiero correr a llenarlo. Quiero sentirlo. Quiero permitirme este desgano extraño, esta dificultad para concentrarme, esta sensación de que algo terminó aunque todavía continúe sucediendo dentro de mí. Mañana seguramente trabajaré mejor. Los pendientes volverán a encontrar su lugar. La casa recuperará su orden. Los chats empezarán a espaciarse, como inevitablemente sucede, y la vida irá seleccionando silenciosamente cuáles relaciones sobrevivirán al entusiasmo inicial y cuáles quedarán guardadas en esa carpeta hermosa de personas que fueron importantes durante un pedacito de nuestra historia. Y estará bien. Porque quizás no vinimos a Insight a conseguir amigos para siempre. Quizás vinimos a encontrarnos. Y durante ese encuentro tuvimos el enorme privilegio de encontrarnos también unos con otros.

Hoy estoy nuevamente en casa. Solo frente a mi computadora, tratando de trabajar, mientras una parte de mí todavía escucha voces que ya no están alrededor. Y sí, los extraño. Los extraño más de lo que esperaba. Pero mientras intento comprender esta sensación también descubro que no regresé con menos porque ustedes ya no estén aquí. Regresé con más. Con pedacitos de conversaciones, miradas, abrazos, aprendizajes, molestias, risas, silencios y personas que ahora forman parte de mi historia, aunque todavía no sepamos qué tan largo será el capítulo que escribiremos juntos.

Quizás eso sea lo que queda después de un Insight: un silencio extraño después de tanto sentir, una casa que parece un poco más vacía, una vida cotidiana que tarda algunas horas en volver a quedarnos cómoda y una pregunta que permanece dando vueltas entre el pecho y la espalda: ahora que regresé a mi vida, ¿cuánto de quien fui durante estos días voy a atreverme a llevar conmigo?

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