Las tarjetas de amistad

Recientemente participé en un seminario con más de treinta personas. Después de varios días compartiendo experiencias, conversaciones, ejercicios, silencios, risas, abrazos y unas cuantas emociones difíciles de explicar fuera de aquel salón, terminé queriendo mucho a todos mis compañeros. Pero en algún momento del seminario les conté una analogía que desde hace tiempo utilizo para explicarme lo que creo que sucede cuando uno llega a un grupo nuevo. Imaginemos que cada vez que entramos a uno de esos espacios llevamos en el bolsillo una pequeña cantidad de tarjetas de amistad. No todos llevamos la misma cantidad. Algunos llegan con tres, otros con seis, quizás alguien lleva doce y habrá quien parezca haber llegado con veinte. Dependerá de la facilidad que cada persona tenga para acercarse, confiar, conversar, abrirse o permitir que alguien nuevo entre en su vida. Lo importante es que, al principio, uno siente que esas tarjetas son limitadas y comienza, casi sin darse cuenta, a decidir a quién podría entregárselas.

Entonces miramos alrededor. Observamos quién nos resulta simpático, quién parece pensar parecido a nosotros, quién tiene una energía que nos atrae, quién nos hace reír, quién nos inspira confianza o simplemente quién estaba sentado cerca cuando comenzó todo. Y empezamos a repartir nuestras tarjetas imaginarias. A veces lo hacemos muy rápido. Basta una conversación, una sonrisa o una primera impresión para pensar: «Con esta persona voy a llevarme bien». Y mentalmente le entregamos una tarjeta. A otra persona quizás la observamos desde lejos y pensamos que probablemente tendremos poco en común. A esa no le damos ninguna. No necesariamente porque nos caiga mal, sino porque todavía no encontramos una razón para acercarnos. Así comienza ese pequeño juego silencioso que hacemos los seres humanos cuando llegamos a un grupo: clasificamos, intuimos, escogemos, suponemos y empezamos a construir afinidades antes de conocer realmente a quienes tenemos enfrente.

Pero pasan las horas. Después pasan los días. Y ocurre algo maravilloso: nuestras primeras impresiones comienzan a equivocarse. De pronto terminamos conversando profundamente con alguien a quien jamás habríamos escogido durante las primeras horas. Descubrimos sensibilidad donde creíamos que había distancia, humor donde imaginábamos seriedad, profundidad detrás de alguien que parecía reservado o una historia extraordinaria escondida en una persona que durante el primer día apenas habíamos notado. Y también puede suceder lo contrario. Aquella persona a quien entregamos inmediatamente una de nuestras mejores tarjetas resulta agradable, querida e importante, pero quizá la conexión no llega a ser tan profunda como habíamos imaginado. No porque haya ocurrido nada malo, sino porque las relaciones humanas tienen la hermosa costumbre de no obedecer nuestros pronósticos.

Entonces llega un momento extraño en el que uno quisiera revisar los bolsillos. Porque ahora hay personas a quienes no les entregamos tarjeta y sentimos que la merecían desde el principio. Incluso podemos descubrir que hemos construido una amistad más cercana con alguien que nunca estuvo en nuestra selección inicial que con algunas personas a quienes escogimos durante las primeras horas. Y uno quisiera regresar al primer día, sacar más tarjetas y repartirlas de otra manera. Pero hay algo importante en todo esto: no siempre podemos hacerlo. Algunas decisiones, algunas dinámicas y algunos espacios de encuentro no dependen solamente de nosotros. A veces las tarjetas simbólicas ya fueron repartidas. A veces las circunstancias hicieron las parejas, formaron los equipos, acercaron a unos y alejaron a otros. Y quizás precisamente ahí está una parte de la enseñanza.

Porque al final del seminario ocurrió algo todavía más interesante. Ya no podía recordar con claridad a quiénes había entregado aquellas tarjetas imaginarias durante los primeros días. Después de tantas horas juntos, esa clasificación inicial había perdido importancia. Había personas con tarjeta y personas sin tarjeta que ahora ocupaban espacios igualmente valiosos. Algunos se habían convertido en compañeros cercanos; otros, en personas a quienes aprendí a querer desde cierta distancia; algunos me habían enseñado cosas sin siquiera saberlo y otros habían aparecido en momentos específicos con una palabra, una mirada o un abrazo que terminó siendo mucho más importante de lo que cualquiera de los dos habría podido imaginar.

Y entonces entendí que quizás las tarjetas solamente sirven al principio, cuando todavía necesitamos alguna manera de orientarnos entre desconocidos. Después dejan de tener sentido. Porque cuando uno realmente conoce a las personas descubre que la amistad no siempre comienza cuando entregamos una tarjeta. Algunas veces comienza mucho después. Algunas veces estaba ocurriendo mientras nosotros mirábamos hacia otro lado. Y otras veces alguien entra silenciosamente en nuestra vida sin pedir permiso, sin haber sido seleccionado y sin necesitar absolutamente ninguna tarjeta.

Al terminar aquellos días, cuando miraba alrededor, ya no veía a los que había escogido y a los que no. Veía a mis compañeros. A todos. Y me resultaba imposible pensar quién había recibido tarjeta durante aquellas primeras horas.

Quizás porque, sin darme cuenta, para entonces ya no quedaba ninguna en mis bolsillos.

Pero hay algo más en esta historia de las tarjetas que me parece todavía más importante, y quizás también más difícil de reconocer. Mientras nosotros estamos ocupados mirando alrededor, escogiendo personas, administrando nuestras pocas tarjetas y decidiendo a quién queremos entregárselas, fácilmente podemos caer en la ilusión de que todo el proceso depende de nosotros. Pensamos en quién nos interesa conocer, con quién sentimos afinidad, quién nos inspira confianza y a quién queremos acercarnos. Estamos tan concentrados en nuestras propias decisiones que podemos olvidar algo elemental: en ese mismo salón hay otras treinta personas haciendo exactamente lo mismo. Nosotros no somos solamente quienes entregamos tarjetas. También somos personas a quienes alguien puede estar intentando entregar una.

Y ahí las cosas cambian. Porque tal vez aquella persona a quien yo no le entregué una tarjeta, simplemente porque tenía pocas y escogí a otras, sí había escogido entregarme una de las suyas. Quizás mientras yo estaba mirando hacia otro lado, tratando de acercarme a quienes había seleccionado, alguien estaba tratando de acercarse a mí. Quizás intentó iniciar una conversación, buscó sentarse cerca, quiso compartir algo, me hizo una pregunta o encontró alguna pequeña manera de decirme, sin decirlo: «Me gustaría conocerte». Pero yo estaba demasiado ocupado repartiendo mis propias tarjetas como para darme cuenta de que alguien tenía una extendida frente a mí.

Y probablemente ahí esté uno de los puntos más delicados de esta analogía. Porque cuando no vemos la tarjeta, tampoco vemos el desaire. Desde nuestra perspectiva no ocurrió absolutamente nada. No rechazamos a nadie conscientemente, no quisimos ser indiferentes y mucho menos pretendimos lastimar. Simplemente no nos dimos cuenta. Pero del otro lado la historia puede sentirse completamente diferente. Para quien reunió el valor de acercarse, para quien decidió escogernos entre muchas otras personas, para quien quizás tenía solamente tres tarjetas y quiso entregarnos una, nuestra distracción puede sentirse como rechazo. Nuestra falta de atención puede parecer indiferencia. Nuestro silencio puede ser interpretado como una respuesta. Y sin haber querido hacer absolutamente nada, podemos terminar lastimando a alguien.

Lo curioso es que probablemente comprenderíamos perfectamente esa sensación si las posiciones estuvieran invertidas. Si fuéramos nosotros quienes caminamos hacia alguien con una de nuestras pocas tarjetas entre las manos y esa persona no la recibiera, seguramente comenzaríamos a preguntarnos qué pasó. Quizás pensaríamos que no le interesamos, que escogió a otros, que no somos suficientemente importantes para esa persona o que simplemente no quiso abrirnos un espacio. Y posiblemente nuestro personaje limitante tendría material de sobra para completar la historia con explicaciones que nadie nos dio. Porque cuando una tarjeta no es recibida, rara vez sabemos por qué. Solamente sabemos que seguimos sosteniéndola en la mano.

Y quizás por eso, además de aprender a escoger a quién entregamos nuestras tarjetas, deberíamos aprender a mirar de vez en cuando nuestras propias manos y luego levantar la mirada para observar las manos de los demás. Porque puede haber alguien cerca sosteniendo una tarjeta que lleva nuestro nombre y esperando solamente una oportunidad para entregárnosla. No significa que tengamos que convertirnos en amigos íntimos de todas las personas que quieran acercarse a nosotros, ni que estemos obligados a corresponder todos los afectos con la misma intensidad. La amistad tampoco funciona así. Pero sí podemos recibir una tarjeta. Podemos reconocerla. Podemos agradecer el gesto. Podemos hacerle saber al otro que vimos su intención y que valoramos haber sido escogidos.

Porque una cosa es no poder corresponder una amistad de la manera que alguien esperaba, y otra muy diferente es no darnos cuenta de que alguien estaba intentando ofrecérnosla.

Tal vez, entonces, el aprendizaje no sea solamente llevar más tarjetas la próxima vez. Quizás sea caminar por los grupos un poco menos preocupados por repartir las nuestras y un poco más atentos a las que otros intentan entregarnos. Porque mientras nosotros estamos escogiendo personas, también estamos siendo escogidos. Mientras buscamos a quién acercarnos, alguien puede estar buscando cómo acercarse a nosotros. Y mientras sentimos el dolor de alguna tarjeta nuestra que no fue recibida, podemos estar provocando exactamente la misma sensación en alguien cuya tarjeta nunca vimos.

Al final, las amistades no se construyen solamente con las tarjetas que entregamos.

También se construyen con aquellas que somos capaces de ver cuando alguien las extiende hacia nosotros.

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